martes, 2 de febrero de 2016

02/02 - Presentación de nuestro Señor Jesucristo en el Templo. Lecturas de la Divina Liturgia


Heb 7,7-17: Hermanos, no cabe duda que el inferior recibe la bendición del superior. Y aquí ciertamente, reciben el diezmo hombres mortales; Pero allí, uno de quien se asegura que vive. Y, en cierto modo, hasta el mismo Leví, que percibe los diezmos, los pagó por medio de Abraham, pues ya estaba en las entrañas de su padre cuando Melquisedec le salió al encuentro. Pues bien, si la perfección estuviera en poder del sacerdocio levítico --pues sobre él descansa la Ley dada al pueblo--, ¿qué necesidad había ya de que surgiera otro sacerdote a semejanza de Melquisedec, y no “a semejanza de Aarón”? Porque, cambiado el sacerdocio, necesariamente se cambia la Ley, pues aquel de quien se dicen estas cosas, pertenecía a otra tribu, de la cual nadie sirvió al altar. Y es bien manifiesto que nuestro Señor procedía de Judá, y a esa tribu para nada se refirió Moisés al hablar del sacerdocio. Todo esto es mucho más evidente aún si surge otro sacerdote a semejanza de Melquisedec, que lo sea, no por ley de prescripción carnal, sino según la fuerza de una vida indestructible. De hecho, está atestiguado: Tú eres sacerdote para siempre, a semejanza de Melquisedec.

Lc 2,22-40: En aquel tiempo, los padres de Jesús lo llevaron a Jerusalén para presentarlo al Señor, como está escrito en la Ley del Señor: Todo varón primogénito será consagrado al Señor; y para ofrecer en sacrificio un par de tórtolas o dos pichones, conforme a lo que se dice en la Ley del Señor. Había en Jerusalén un hombre llamado Simeón; este hombre era justo y piadoso, y esperaba la consolación de Israel; y el Espíritu Santo estaba en él. Le había sido revelado por el Espíritu Santo que no vería la muerte antes de haber visto al Cristo del Señor. Movido por el Espíritu, vino al Templo; y cuando los padres del niño Jesús lo introdujeron para cumplir lo que la Ley prescribía, él lo tomó en brazos y bendijo a Dios diciendo: «Ahora, Señor, despides a tu siervo en paz, según tu palabra; porque han visto mis ojos tu salvación, la que has preparado delante de todos los pueblos, luz para alumbrar a los gentiles y gloria de tu pueblo Israel.» José y la madre del Niño estaban admirados de lo que se decía de Él. Simeón les bendijo y dijo a María, su madre: «He aquí que Éste está puesto para caída y levantamiento de muchos en Israel, y para señal de contradicción y a ti, una espada te atravesará el alma a fin de descubrir las intenciones de muchos corazones.» Había también una profetiza, Ana, hija de Fanuel, de la tribu de Aser, de edad avanzada; después de casarse había vivido siete años con su marido, y permaneció viuda hasta los ochenta y cuatro años; no se apartaba del Templo, sirviendo a Dios noche y día en ayunos y oraciones. Ésta se presentó en aquella misma hora, y alababa a Dios y hablaba del Niño a todos los que esperaban la redención en Jerusalén. Así que cumplieron todas las cosas según la Ley del Señor y volvieron a Galilea, a su ciudad de Nazaret. El Niño crecía y se fortalecía, llenándose de sabiduría; y la gracia de Dios estaba sobre Él.