sábado, 1 de noviembre de 2014

20/10 (02/11) - Santa Irene (Iria), Mártir de Portugal


Dicen que la mujer del César, no sólo tiene que ser honrada, sino también tiene que aparentarlo, y así, nuestra Santa de hoy es la patrona de la honra y de la buena reputación; y por contrapartida protectora contra las calumnias y las habladurías. Las noticias que tenemos de ella proceden de un breviario de Braga datado en el año 1494 y de otro procedente de Évora, datado en 1548. Por tanto, se trata de fuentes muy tardías.

Según éstas, Iria (versión galaicoportuguesa de Irene) fue una religiosa que vivió en el monasterio de Nabancia, actual Tomar (Portugal). Su tío, Selio, era abad del dicho monasterio de Santa María, al parecer, mixto; y por eso ella era instruida en los evangelios por un monje del monasterio llamado Remigio. Siendo todavía joven la había visto el joven Britaldo, que era hijo del señor de la ciudad, y se enamoró perdidamente de ella; pero al ser rechazado pues Iria se había consagrado a Dios, enfermó y estuvo en peligro de muerte. Ella, conociendo estos hechos por inspiración divina, acudió a visitar al enfermo y le pidió que renunciara a sus deseos, lo cual él prometió si ella no se entregaba jamás a otro hombre, jurándole que la mataría si hacía tal cosa. Pero Iria, como estaba consagrada a Cristo, así se lo dijo y al renunciar Britaldo a sus deseos, sanó de inmediato.

Como decía, el padre espiritual de Iria, el monje Remigio, se encargaba de formarla en las Sagradas Escrituras, pero un día, prendado también de ella, le propuso tener relaciones sexuales. Ella no sólo lo rechazó sino que le amonestó muy severamente, pues no era nada correcto que un monje le pidiese semejante cosa. Remigio, herido en su orgullo, preparó un veneno que dio a beber a su pupila. Ella, no desconfiando, lo bebió y al poco se le hinchó el vientre con tanta gravedad, que parecía que estuviese embarazada. Cayó muy enferma y vomitaba constantemente a causa del envenenamiento.

No contento con esto, Remigio se dedicó a difundir por la ciudad que Iria se había quedado preñada de un desconocido que había pasado casualmente por el monasterio. A pesar de que ella, llorando, lo desmentía, a la vista de sus síntomas nadie la creyó y pronto fue objeto de burlas, críticas y desprecios, siendo tenida por la más perdida de las mujeres, cuando en teoría se había consagrado a Dios.

El noble Britaldo, al enterarse de los rumores que circulaban sobre ella, los creyó y montó en cólera, dando por cierto que Iria se había acostado con otro hombre. Así que, dando cumplimiento a su amenaza, le envió a un sicario con la expresa orden de matarla. Una noche que Iria salió a llorar junto a las orillas del río Nabao, el asesino la atrapó, la degolló y arrojó su cadáver al río. El cuerpo fue arrastrado por la corriente del Nabao al Zézere y de ahí al Tajo, cerca del castrum Scallabis.

Mientras tanto, viendo su súbita desaparición, todos dieron por cierto que Iria había huido para ocultar su vergüenza en otra parte. Tan sólo su tío, el abad Selio, sintió compasión de ella y marchó a buscarla. Guiado por inspiración divina, acabó encontrando su cuerpo en circunstancias milagrosas: las aguas del Tajo se abrieron y revelaron un precioso mausoleo de mármol ubicado en el lecho del río. Cuando quiso acercarse a recuperarlo, una fuerza misteriosa se lo impidió, y al punto las aguas del Tajo volvieron a cerrarse sobre el sepulcro. Convencido de que esto era señal de la inocencia de su sobrina, volvió corriendo a Nabancia y proclamó que la joven había sido víctima de una calumnia y que había muerto injustamente. Remigio y Britaldo, arrepentidos de sus fechorías, hicieron penitencia el resto de sus días. Estos sucesos fueron acompañados de numerosos milagros y curaciones, lo que dio inicio a su veneración como Santa; y habrían sucedido en el año 653, durante el reinado del visigodo Recesvinto.

Independientemente de este relato, lo cierto es que el testimonio más antiguo del culto a la Santa es su mención en el antifonario mozárabe de la catedral de León, que data del siglo X. En el lugar donde el abad Selio halló el cuerpo, el castrum Scallabis (Scalabiz) se levantó una basílica en su honor y con el tiempo, el nombre de la ciudad fue cambiado a Santa Irene, deformándose hasta convertirse en Santarém, nombre que ostenta actualmente. La fiesta de la Santa, el 20 de octubre, no correspondería a su martirio sino al día de la dedicación de esta basílica; el Martirologio Romano toma esta fecha para conmemorarla, basándose en noticias de hagiógrafos portugueses y españoles. Aunque se entiende que las reliquias de la Santa son veneradas en la actual iglesia de San Francisco de esta ciudad, eso se contradice directamente con la tradición, que afirma que la tumba se quedó en el fondo del Tajo.

Santa Iria, protégenos de las malas lenguas, de las calumnias, de nuestros enemigos.

Meldelen