miércoles, 18 de mayo de 2016

“Juan XXIII y las Iglesias Ortodoxas". Andrés Avelino Esteban y Romero


Nos hemos ceñido al mundo ortodoxo por varios y válidos motivos, que dan a su actitud y reacciones ante el movimiento unionista promovido por las llamadas de Juan XXIII, una especial significación y valor.

En primer lugar, por la innegable proximidad eclesial existente entre la Ortodoxia y Roma, reconocida constantemente por las más altas representaciones de una y otra Iglesia. Esta proximidad acentuada, si no tendría fuerza de consecuencias para enjuiciar las posibilidades de otros grupos cristianos más distantes de Roma que lo está la Ortodoxia, sí tiene valor para ponderar las dificultades y resistencias, ya que si los que tienen más puntos de contacto y comunión aún mantienen vivos los obstáculos más profundos a través de la historia de la separación y desunión cristianas, no será ilógico suponer que otras comunidades con diferencias y oposiciones no sólo más numerosas, sino también mucho más profundas, en la doctrina y en la vida eclesial, han de ofrecer muchas menos posibilidades de acercamiento.

En segundo término, por el especial momento unionista interno que vive la Ortodoxia. El padre Guillou, O. P., se hace eco en el último número de "Vers l'Unité Chretienne" de esta realidad de las Iglesias Ortodoxas, de todo el mundo ortodoxo en un momento de prometedora vitalización de su conciencia ecuménica, no sólo ya en un plano que podríamos llamar doméstico por referirse a las mismas Iglesias Orientales, sino porque lleva consigo la perspectiva inmediata de un diálogo directo con el mundo católico. Recoge a este propósito el citado P. Guillou una valiosa serie de testimonios de los mismos ortodoxos en los cuales se reconoce y ratifica esta realidad prometedora, concretada de un modo directo en la Sede Patriarcal Ecuménica, ante la cual se abre, en el sentir de los escritores y publicaciones de más autoridad, una nueva época histórica. Abogan estos testimonios por la reunión de toda la Ortodoxia en torno al Trono Ecuménico, si no para hacer del mismo el centro ideal, sí, al menos, su verdadera cabeza. Aducen, en urgencia de esta aspiración, el doble hecho de cómo el Catolicismo se une fuertemente en torno a la colina vaticana y el mismo Protestantismo se afana ansiosamente por crear una situación de mutuos reconocimientos que le preste una fuerte consistencia. Es justo reconocer, como subraya el P. Guillou, que ha sido la perspectiva del anunciado Concilio Católico la que ha acelerado este movimiento hacia el universalismo y la toma de conciencia ecuménica que caracteriza a la Ortodoxia en este momento. «La Ortodoxia se ha dado cuenta que la Iglesia Católica se interesa formalmente por ella. No se trata ya de una iniciativa de este o aouel teólogo, sino de la Iglesia Católica toda ella». («Vers l'Unité Chretienne», juillet-aout 1960, 37).

Tal vez pueda parecer, a primera vista, que este aglutinamiento interno de la Ortodoxia pueda resultar un reforzamiento exterior frente a la Iglesia Católica. Sin negar totalmente que el prestigio de la Sede Ecuménica pueda darle en algunos aspectos cierta mayor exigencia frente a Roma, lo que es un bien en sí mismo, no puede producir, en resumidas cuentas, sino un resultado en favor del bien. Y así lo esperamos, siempre estando Dios y su gracia por medio, en el problema de la reunión de las Iglesias cristianas.

Por último, este volumen forma parte de una obra de mayor extensión, a la que corresponde el título general de «Cristianos desunidos y esfuerzos unionistas»; y en ella figurarán otros voliimenes dedicados a Anglicanos y Reformados, así como a la actitud del Magisterio ante el problema.