viernes, 16 de abril de 2021

17/04 - Santos Elías, Pablo e Isidoro de Córdoba


Si fue cruel la persecución que padecieron los cristianos de Córdoba en el reinado de Abderramán II, fue mas sangrienta sin comparación en el de su hijo Mohamed I, que le sucedió en el Trono: príncipe verdaderamente cruel que descubrió desde luego el odio mortal, que había mamado con la leche contra los fieles inocentes. En el mismo día de su coronación mandó despedir de su palacio a todos los cristianos que sirvieron a su padre, privándoles de los sueldos que gozaban a título de criados de la Casa Real, y puso en sus empleos a personas infieles, poseídas de sus diabólicas intenciones; pero no satisfecho con esto, dio orden para que se demoliesen las iglesias que se habían edificado después que entraran los Moros en España, y cargó a los cristianos insoportables tributos, los que se cobraban con tanta violencia, que mas parecía robarles sus bienes, que exigirles las reales contribuciones. De aquí resultó, que no pudiendo algunos fieles débiles sufrir el yugo de aquella dura opresión que apenas les dejaba respirar, compraron la libertad a costa de hacerse esclavos del demonio, acomodándose a la ley, y a las ridículas supersticiones de los Agarenos; pero a pesar de tan enormes excesos no faltaron en Córdoba ilustres varones de todos los estados y de todas las condiciones, que salieron al campo de batalla, a hacer frente al enemigo con aquel valor y con aquella fortaleza que es propia de los héroes del cristianismo.


Uno de estos esforzados militares de Jesucristo fue Elías, célebre sacerdote natural de la Provincia Lusitana, hoy Portugal, varón verdaderamente respetable no sólo por sus canas, sino por la justificación de su conducta , al que se unieron para tan gloriosa empresa dos ilustres jóvenes mozárabes, esto es, cristianos mezclados con los árabes, llamados Pablo e Isidoro, ambos oriundos de la misma Córdoba, los que encendidos en los más vivos deseos de aspirar a la cumbre de la más alta perfección , se habían consagrado a Dios en uno de los monasterios de aquella ciudad, donde su vida inocente servía de ejemplo a todos los religiosos. Aunque los tres eran diferentes en la edad, y en la profesión, con todo, unidos en la fe y en los piadosos sentimientos, determinaron de común acuerdo hacer una pública confesión de Jesucristo ante el tribunal de los infieles, condenando a un mismo tiempo la abominable ley de Mahoma, cuyo delito tenían por irremisible los Agarenos.


San Eulogio, que escribió las Actas de estos dos ilustres mártires en el libro tercero de su Memorial, no nos dice la causa que les movió para una resolución tan generosa, o bien porque en aquel documento sólo recopiló los gloriosos triunfos de los que padecieron por la fe en Córdoba; o bien porque su ánimo era escribir más despacio las Actas despues que cesase el furor de la tempestad, cuyo tiempo no tuvo por haber fallecido en ella; o bien porque siendo el mayor elogio de un cristiano el martirio, le pareció suficiente, que con este testimonio se daba el más auténtico testimonio de todos cuantos pudiese recomendar la vida de los maestros de la religión cristiana.


Sea el motivo el que fuese, es lo cierto que Elías, Pablo, e Isidoro pusieron en ejecución su nobilísimo pensamiento, a pesar de las rigurosas prohibiciones mahometanas: confesaron públicamente a Jesucristo, declararon contra el falso Mahoma, y contra las ridículas patrañas de su ley, haciendo ver a los árabes que perecían irremisiblemente , dejándose conducir por las necedades de su Alcorán. No necesitaban los moros de una confesión tan solemne para proceder contra los cristianos, a quienes miraban como enemigos capitales de su secta, y graduando aquel celoso acto por uno de los delitos más enormes, se arrojaron llenos de furor sobre los tres héroes; y sin dar tiempo para que se formasen los procesos judiciales acostumbrados en semejantes casos, los decapitaron precipitadamente en el día 17 de Abril del año 856. No satisfechos los bárbaros con este castigo, clavaron en tres palos los cuerpos de los tres mártires a la vista de la ciudad, para aterrar a los fieles con aquel afrentoso espectaculo, y pasados algunos días los arrojaron al río Guadalquivir, con el perverso intento de que en tiempo alguno pudieran los fieles tributarles la veneración debida.



Fuente: catolia.com