viernes, 26 de febrero de 2021

26/02 - Porfirio, Obispo de Gaza


Porfirio nació en Tesalónica hacia el 347. A los 25 años dejó su ciudad y su familia y se fue de monje a Egipto, donde se consagró a Dios en un monasterio del desierto de Esquela. Cinco años más tarde pasó a Palestina y se fue a vivir a una cueva cerca del río Jordán. Pero allí la humedad lo hizo enfermar de reumatismo y cinco años después se fue a vivir a Jerusalén, donde cada día visitaba el Santo Sepulcro, el Huerto de los Olivos, el Cenáculo y otros lugares relacionados con Jesucristo. Visitaba los Santos Lugares apoyándose en un bastón, pues estaba sumamente débil.


Por aquella época, llegó a Jerusalén un peregrino asiático, llamado Marcos, que un día sería el biógrafo de Porfirio. Marcos, muy edificado por la devota asiduidad con que Porfirio visitaba el sitio de la Resurrección del Señor y otras estaciones, le ofreció un día ayudarle al ver que el santo tenía gran dificultad en subir la escalinata de una iglesia, y él no acepto diciendo que debía sufrir un poco por el Señor. Por débil que estuviera, Porfirio no omitió jamás su visita de los Santos Lugares, ni la comunión diaria.


Su única preocupación era que no había vendido todavía la herencia de su padre para repartir el producto entre los pobres. Confió esta misión a Marcos, quien partió con rumbo a Tesalónica para regresar tres meses después, cargado de dinero y objetos de gran valor.


Según su hagiografía, fue curado de su reumatismo en una de sus visitas al Santo Sepulcro. Marcos pudo apenas reconocer a Porfirio, porque, entre tanto, había mejorado prodigiosamente. Su rostro, antes pálido, estaba ahora fresco y rosado.


Las palabras y el ejemplo del siervo de Dios impresionaron tanto a Marcos que decidió quedarse a vivir con él.


Porfirio, que había distribuido toda su herencia entre los pobres, se vio obligado a trabajar para ganarse la vida. Aprendió a fabricar zapatos y a trabajar el cuero, en tanto que Marcos, un hábil escribano, se hizo famoso copiando libros. Marcos quería que Porfirio viviese de lo que él ganaba, pero este dijo: «Que no coma el que no trabaja». Porfirio continuó su vida de trabajo y penitencia hasta los cuarenta años de edad.


Porfirio fue ordenado sacerdote en 392 por Juan II, obispo de Jerusalén, quien confió a su cuidado la reliquia de la cruz. El santo no cambió nada en su austera forma de vida; se alimentaba exclusivamente de raíces y pan ordinario, y generalmente no comía antes de la caída del sol. Hasta su muerte, continuó en este género de vida. El año 393 fue elegido obispo de Gaza tras la muerte del obispo Eneas. El obispo de Cesárea escribió al de Jerusalén, pidiéndole que enviase a Porfirio, pues quería consultarle sobre unos pasajes difíciles de la Sagrada Escritura. El obispo de Jerusalén ordenó a Porfirio que volviese a los ocho días.


Porfirio sufrió mucho al verse elevado a una dignidad a la que no se sentía llamado, y los ciudadanos de Gaza le consolaron. Juntos emprendieron el viaje a dicha ciudad, adonde llegaron el miércoles por la noche. El viaje había sido fatigoso, pues los paganos de los pueblos de los alrededores, al enterarse de la noticia de la llegada del nuevo obispo, habían destrozado y obstruido los caminos, hasta dejarlos casi intransitables.


Aquel año hubo una gran sequía, que los paganos atribuyeron a la llegada del obispo cristiano, ya que, según ellos, el dios Mamas había profetizado que Porfirio atraería muchas calamidades sobre la ciudad. Había en Gaza un famoso templo de ese dios. El emperador Teodosio había mandado clausurarlo, pero no había querido demolerlo, pues era muy hermoso. El gobernador había dado permiso de abrirlo nuevamente. Como la sequía continuase dos meses después de la llegada de Porfirio, los paganos se reunieron en el templo a implorar la protección del dios Mamas. Los cristianos, después de un día de ayuno y una noche de oración, se dirigieron en procesión a la iglesia de San Timoteo extra muros, cantando himnos. A su vuelta encontraron cerradas las puertas de la ciudad. Entonces Porfirio y su grey pidieron a Dios con renovado fervor que enviase la lluvia; las nubes empezaron a acumularse, y pronto cayó una lluvia tan abundante, que los paganos abrieron las puertas de la ciudad y se unieron a los cristianos, gritando: «Cristo es el único Dios verdadero, el único capaz de acabar con la sequía». Este hecho y la curación milagrosa de una mujer produjeron numerosas conversiones. Viendo esto, los paganos que quedaban empezaron a hacer la guerra a los cristianos, excluyéndoles del comercio y los oficios públicos y molestándoles por todas las maneras posibles. Para proteger a su grey, Porfirio envió a su discípulo Marcos a ver al emperador y más tarde acudió él mismo a Constantinopla, acompañado del obispo Juan.


Gracias a la intercesión de San Juan Crisóstomo y de la emperatriz Eudoxia, Arcadio accedió a las súplicas de Porfirio y aun le otorgó el permiso de destruir los templos paganos que había en Gaza. Para ello, el emperador publicó un edicto y encargó de su ejecución a un patricio llamado Cinegio. Cuando los dos obispos desembarcaron en Palestina, cerca de Gaza, los cristianos salieron a su encuentro cantando himnos. Al pasar la procesión por la plaza de Tetrámfodos, en la que había una estatua de Venus que, según la tradición pagana, aconsejaba a las jóvenes en la elección de sus maridos, el ídolo cayó del pedestal y se hizo pedazos. Diez días después, llegó Cinegio con un fuerte contingente de soldados a ejecutar el edicto del emperador. Así desaparecieron ocho templos paganos, entre ellos el de Mamas, devorados por las llamas. Después los soldados registraron las casas y los patios, destruyeron o arrojaron a las cloacas las estatuas de los ídolos y quemaron todos los libros de magia. Muchos paganos pidieron el bautismo; pero otros, furiosos, se levantaron en armas, y Porfirio escapó milagrosamente con vida. Donde antes se levantaba el templo de Mamas se construyó una iglesia en forma de cruz; la emperatriz Eudoxia envió desde Constantinopla columnas y mármoles, y la nueva iglesia se llamó «Eudoxiana». El día en que se empezó a construir, Porfirio, acompañado del clero y los cristianos de la ciudad, fue en procesión desde la iglesia de Erin, cantando el "Venid, aclamemos al Señor" y otros salmos, a los que el pueblo respondía con el «Aleluya». Todos pusieron manos a la obra, acarreando piedras y otros materiales y excavando los cimientos, bajo la dirección del famoso arquitecto Rufino. La construcción, que comenzó el año 403, duró cinco años. Porfirio consagró la iglesia el día de Pascua del año 408. Con esa ocasión, distribuyó grandes limosnas a los pobres, cosa en la que se mostraba siempre muy generoso. El santo obispo pasó el resto de su vida en el celoso cumplimiento de sus deberes pastorales y, a su muerte, la idolatría había desaparecido casi completamente de la ciudad sin recurrir a la violencia.


Los últimos años de su vida los pasó instruyendo a sus sacerdotes y visitando los pueblos predicando el Evangelio. Murió el 26 de febrero de 420 a los 73 años.


El culto de San Porfirio nació inmediatamente en la región de Gaza, a lo cual contribuyó la biografía escrita por su discípulo Marcos.