miércoles, 17 de marzo de 2021

18/03 - Cirilo, Patriarca de Jerusalén


A mediados del siglo IV tenemos a Cirilo gobernando la sede de Jerusalén. Sobre cómo llegó a ser Patriarca jerosolimitano hay dos versiones. Una dice que, siendo seglar, sustituyó a Máximo, que había sido depuesto por Acacio, obispo de Cesarea; la segunda, que avala San Jerónimodice que Acacio le nombró patriarca de Jerusalén a condición de renegar públicamente de la ordenación sacerdotal que le había conferido Máximo por inválida. 


En la Pascua de 351 ocurrió un prodigio en la ciudad de Jerusalén: una cruz luminosa apareció en el cielo y fue vista por todos. Una carta de Cirilo al emperador Constancio habla de ello. Este relato ha configurado su iconografía, pues es frecuente verle contemplando esa cruz brillante en el cielo.


Tuvo Cirilo que luchar contra la herejía arriana, que propugnaba la no naturaleza divina de Cristo y su no consustancialidad con el Padre, llegando a negar que Jesús fuera Dios. Muchos prelados defendían esta doctrina, y el mismo emperador era adepto a ella. Duro con la herejía, fue suave con los que la practicaban y atento a los ortodoxos que podían caer en ella [1]. En 358 tuvo que enfrentarse a Acacio, que se oponía a que Jerusalén fuese independiente de Cesarea, como había dictaminado el concilio de Nicea en su canon VII, donde llama "trono apostólico" a la sede jerosolimitana. Acacio reunió un sínodo con obispos que le apoyaban, al que Cirilo se negó a acudir y en el que Acacio le acusó de robar bienes de la Iglesia, porque Cirilo había vendido, para socorrer a los pobres, una rica vestidura bordada en oro, que habría sido regalada por el emperador San Constantino a la iglesia jerosolimitana para ser usada por el obispo en los bautismos solemnes [2]. El sínodo decretó la expulsión de Cirilo del partriarcado, ni siquiera pudo apelar a Antioquía, con tribunal eclesiástico superior, por haber muerto el patriarca Leoncio y haber un caos total. La tradición dice que el obispo de Tarso, de nombre Silvano, le acogió aunque era arriano, y desobedeciendo a Acacio.


Al año siguiente, en 359, fue repuesto Cirilo a su sede, por el sínodo reunido en Seleucia para tratar varios temas, como el asunto provocado a la muerte de Leoncio de Antioquía, cuando se había depuesto a Ecio, su sucesor, y el que vino luego, Eudoxio, era peor aún. Aunque muchos de los obispos eran arrianos, no eran partidarios de Acacio, así que anularon su decreto de expulsión y depusieron a Eudoxio de Antioquía. Pero poco duró. En 360, Acacio logró influir en el emperador Constancio para que convocara un concilio en Constantinopla para establecer la herejía arriana como fe de la Iglesia [3]. Se depuso a Cirilo de Jerusalén y a Silvano de Tarso, a la par que se entronizaba a Eudoxio en Antioquía otra vez; todo por la fuerza y autoridad del emperador. Tuvo que llegar la muerte de este en 361 para que Cirilo regresara en paz a Jerusalén.


Y llegó el tiempo de Juliano, el apóstata. Emperador cristiano primeramente, que luego abandonaría la fe, para regresar al paganismo [4]. Se le ocurrió a Juliano, para ganar la sumisión de los judíos, reconstruir el templo de Jerusalén. Los judíos se entusiasmaron con la noticia y comenzaron a trabajar en ello, mientras que los cristianos pidieron a Cirilo que interviniera ante aquello. Este respondió: "esta obra, lejos de tener éxito, mostrará a los hombres que es imposible resistir la voluntad de Dios". Y ocurrió un gran incendio en el que murieron muchos. Según las tradiciones laudatorias de Cirilo, comenzaron incendios, terremotos y huracanes, se vieron cruces en el cielo y sobre las ropas de los judíos.


Juliano juró vengarse de Cirilo al volver de la campaña contra los persas, pero no pudo hacerlo, pues murió antes, en 363. Pero no quedó en paz Cirilo, no, pues en el 367, el emperador Valente, inclinado hacia los arrianos, le destituyó de la sede, para ser repuesto en 378 por Graciano, que enfadado por la corrupción de los clérigos, restituyó a los patriarcas católicos, castigando a los arrianos y convocó el Concilio de Antioquía en 379, al que envió a San Gregorio de Nisa para reformar las iglesias locales, pero poco pudo hacer. En el 381 Gregorio y Cirilo están en el Concilio de Constantinopla, donde este condenó definitivamente la herejía arriana y se reformula el Credo de Nicea para evitar cualquier error doctrinal en adelante. Los obispos y patriarcas le alabaron y le aplaudieron su defensa de la fe ortodoxa que tanto le había hecho sufrir y escribieron una alabanza suya al papa San Dámaso.


Finalmente, Cirilo murió en 386, a los setenta años.


Se conservan muchos escritos suyos, y otros claramente apócrifos y posteriores pero que se apoyan en su persona para darles importancia. Sus "catequesis" son lo mejor que tenemos suyo, y versan sobre la doctrina cristiana, comentarios a los ritos para celebrar los sacramentos del bautismo y la confirmación, cartas o fragmentos, etc. Son escritos no de su mano, sino copiados mientras predicaba y corregidos posteriormente por él. Son obras que nos traen de primera mano la liturgia de la Iglesia de estos primeros siglos. Un tesoro de la Iglesia, aún en vigencia, es su consejo sobre la comunión en la mano: "Haced de vuestra mano izquierda un trono en el que se apoye la mano derecha para recibir al Rey Celestial". Otro escrito, sobre la liturgia de la Anástasis es muy importante.  


Y terminamos con una bella enseñanza sobre la Iglesia: 


La Iglesia se llama católica o universal porque está esparcida por todo el orbe de la tierra, del uno al otro confín, y porque de un modo universal y sin defecto enseña todas las virtudes de la fe que los hombres deben conocer, ya se trate de las cosa visibles o invisibles, de las celestiales o las terrenas; también porque induce al verdadero culto a toda clase de hombres, a los gobernantes y a los simples ciudadanos, a los instruidos o a los ignorantes; y, finalmente, porque cura y sana toda clase de pecados sin excepción, tanto los internos como los externos; ella posee todo género de virtudes, cualesquiera que sea su nombre, en hechos y palabras y en cualquier clase de dones espirituales”.


NOTAS


[1] En principio Cirilo fue simpatizante de los arrianos, para luego serlo de los semi-arrianos, o sea, de aquellos que no negaban la naturaleza divina de Cristo, pero la hacían "semejante", aunque no la misma. Finalmente, condenó ambas doctrinas y destacó por ser un martillo contra el arrianismo.


[2] Acusaciones como estas padecieron también San AmbrosioSan Agustín, San Gregorio MagnoSan Exuperio de TolosaSan Juan Crisóstomo San Ethelwold de Winchester.


[3] En la dedicación de la famosa iglesia de Santa Sofía, Eudoxio comenzó su sermón con estas palabras: "El Padre es irreligioso, el Hijo es religioso". Ante el asombro de todos, dijo luego: "El Padre no adora a nadie, ¡y el Hijo adora al Padre!", recalcando la inferioridad del Hijo con respecto al Padre.


[4] Conocida es la anécdota que dice que, estando Juliano adorando a los dioses, fue llevado ante Maris, obispo de Calcedonia, a la sazón, ciego, que le había reprendido su apostasía. Juliano le dijo "¿Acaso tu dios galileo te ha devuelto la vista?". A lo que respondió Maris: "Doy gracias a mi Dios por la ceguera que me salva de ver el rostro de un apóstata".