sábado, 27 de abril de 2019

‘¡Hasta siempre, San Isidoro!’


Entre otras cosas, 2019 siempre quedará en mi memoria como el año en que cerró definitivamente sus puertas la Casa de Espiritualidad San Isidoro de Sevilla, en El Castillo de las Guardas (de la que fui responsable y Lector), que pronto será puesta a la venta para hacer frente a su imparable deterioro, causado por la falta de alguien que la habite y le dé vida.

Mi historia está ligada a San Isidoro - o, como lo llamábamos simplemente los de la familia ortodoxa hispánica, «El Castillo», aunque el Padre Pablo prefiriera «El Monasterio» o incluso «La Cáliba» (¿de dónde sacaría ese palabro?)- desde la primera vez que fuimos a visitar la casa para su compra, un domingo de noviembre de 2011, con el Metropolita Hilarión, Mons Miguel de Ginebra, la plana mayor de la IOH (recién incorporada a la ROCOR) y otros hermanos. Por eso, aunque en los papeles oficiales San Isidoro era «un espacio para la oración, el estudio y la difusión de la fe cristiana ortodoxa», para mí siempre será mucho más de lo que puede contenerse en esa somera definición de manual.

Para mí San Isidoro es el largo retiro del primer verano, cuando, además de rezar las Horas Canónicas -y alguna que otra anticanónica- con el Padre Pablo, tomábamos café al declinar la tarde en el Patio de San Ricardo y charlábamos de lo divino y de lo humano, de los tiempos felices de Inglaterra y de la IERE, del Hno. Ray y del P. Juan María, de ortodoxias y heterodoxias. Es la Misa hispanomozárabe que poco de mozárabe tenía. Es el viaje del domingo a Sevilla para atender San Serafín haciendo noche en el «pisito de soltero» de al lado de la Oficina Diocesana (me siguen enamorando Santa Helena y, sobre todo, «la Cripta»). También las duchas mínimas en un baño que nunca llegó a funcionar bien y las noches de calor sofocante y tránsito incesante de mosquitos en la habitación que desde entonces fue siempre «la mía», pero ya se sabe que «sarna con gusto no pica».

San Isidoro son los encuentros fraternos a los que, además de ortodoxos, asistieron latinos, anglicanos, «veteros», musulmanes y hasta budistas. Son los talleres de oración con iconos del Padre Miguel. Son los acatistos a San Nectario y mis primeros pinitos en el canto bizantino, antes de entrar en el coro de la Catedral, que culminarían en los cursos básicos de los últimos años en que tanteamos troparios y contacios. Son los almuerzos con las ricas viandas que traía la Presbítera María de Jerez y las señoras rusas de Sevilla. Son los paseos al mediodía -aun a riesgo de que nos diera una lipotimia- por La Reserva.

San Isidoro son las visitas del querido Fran antes de que la maldita enfermedad lo consumiera. Son los momentos de buen humor de sobremesa con el Metropolita Policarpo. Son las deliciosas charlas sobre monaquismo con el Padre Demetrio, y hasta el DVD de ‘La isla’ (Ostrov) que se resistía a ser leído por nuestro viejo reproductor (cosas de la obsolescencia programada).

Es llegar desde Madrid y encontrarte una hogaza de pan casero en la puerta depositada allí con cariño por un buen samaritano, sabedor de nuestro viaje, que pretendía quedar en el anonimato (aunque yo sé que se trata de un vasco -también él un pedazo de pan- que vive en Huelva). Es rezar la Oración de Jesús en chándal y sandalias en el porche flanqueado por Bruno cual ángel guardián (una foto memorable inmortalizó el momento). Son las gallinas y el pavo que vil bicho se comió.

Son horas de trabajo adecentando la capilla con iconos regalados por el bueno de Jesús y los restos de mi oratorio de Aluche y nutriendo la biblioteca -¡y la ‘pioteca’!- con aportaciones de todos. Es la caja de caudales a la entrada en la que solo yo metía dinero. Es cenar con Luis Juan y Juana y charlar hasta las tantas de la noche antes de hacer las Oraciones. Son Cristian y Ricardo matándose a currar, reparando averías y arrancando jaramagos. Es rezar a los difuntos en el Jardín de San Ireneo (cuyo cartel ya borrado sigue enganchado a la pared). Y son tantos y tantos momentos felices que las lágrimas me impiden expresar.

No voy a caer en la tentación fácil de considerar un fracaso el cierre de San Isidoro: no puede serlo algo que tan buen poso deja. Si las llamas causadas por la negligencia de su primer habitante fallido -un monje siríaco francés- no lograron borrar San Isidoro de la faz de la tierra, tampoco su venta va a hacer que se esfume del recuerdo este trocito de mi vida que ocupa ya para siempre un lugar en mi corazón y en el de todos los que disfrutaron de él a lo largo de los años.

¡Hasta siempre, San Isidoro!

Lector Francisco José Pino Rodríguez, abril de 2019

Este artículo está dedicado con eterno afecto y gratitud al Padre Pablo, al Padre Miguel y a tantos otros que soñaron con crear un oasis de paz y amor al pie de la Sierra Norte de Sevilla.