lunes, 22 de junio de 2020

22/06 - Eusebio, Obispo de Samosata


Tras la expulsión de Eudoxio de la sede de Antioquía, los arrianos de esa ciudad, creyendo que Melecio de Armenia apoyaría sus doctrinas, le pidieron al Emperador Constancio que lo nombraran Obispo de Antioquía mientras firmaban un documento conjunto con los ortodoxos de la ciudad acordando unánimemente dicho nombramiento; este documento fue confiado a Eusebio, Obispo de Samosata. Sin embargo, cuando se hizo evidente la Ortodoxia de Melecio, este fue proscrito, y los arrianos persuadieron a Constancio para que le reclamara el documento a Eusebio, pues ponía de manifiesto su perfidia.

Fueron enviados oficiales imperiales, pero Eusebio se negó a entregarles el documento sin el consentimiento de todos los que lo habían firmado, por lo que regresaron donde el Emperador, que volvió a enviarlos a Eusebio con amenazas. Pero Eusebio era un hombre tan celoso de la verdadera Fe, tan acérrimo enemigo de los arrianos y tan valiente que, cuando llegaron los oficiales de Constancio amenazándolo con cortarle la mano derecha si no les entregaba el documento, les tendió ambas manos. Cuando Constancio supo de esto, se llenó de sorpresa y admiración.

Esto ocurrió en 361, el último año del reinado de Constancio, a quien le sucedió Julián el Apóstata, asesinado en Persia en 363. Joviano sucedió a Julián, y a él le sucedió en 364 Valentiniano, que nombró a su hermano Valente Emperador del Oriente. Valente, que apoyaba a los arrianos, exilió a Eusebio a la Tracia en 374. La persona que llevaba el edicto de proscripción de Eusebio llegó por la noche; Eusebio le pidió que guardara silencio pues, por el contrario, la gente, sabedora de su misión, lo ahogaría. Y Eusebio, aunque era ya anciano, se fue de su casa solo y a pie en medio de la noche.

Tras el asesinato de Valente en Adrianópolis en 378 (ver San Isacio, 3 de agosto), San Eusebio regresó del exilio bajo el Emperador Graciano, y ordenó para las iglesias de Siria a varones conocidos por su virtud y su Ortodoxia. Hacia el 380, cuando entraba a un pueblo para entronizar a su obispo, a quien había consagrado, una mujer arriana lanzó una teja de barro desde un tejado y le aplastó la cabeza; mientras se encontraba moribundo, hizo jurar a los que le rodeaban que no se vengarían en absoluto.

San Gregorio el Teólogo le dirigió varias cartas (PT 37:87, 91, 126-130); sentía tanta reverencia por él que en una de dichas cartas, encomendándose a las oraciones de San Eusebio, dijo: «El hecho de que un varón tal se digne ser mi patrono también en sus oraciones  me obtendrá -estoy convencido de ello- la misma fuerza que si la hubiera obtenido de uno de los santos mártires.