martes, 20 de octubre de 2020

“300 discursos de los ascetas de la Iglesia ortodoxa”. Jorge Maxímov (ed.)


Una vez unos ladrones vinieron ante un viejo ermitaño y le dijeron: “Nos llevaremos todo lo que hay en tu celda.” El respondió: “Llévense todo lo que necesiten, hijos míos.” Ellos tomaron casi todo lo que había en la celda y se fueron. Mas ellos dejaron una pequeña bolsa con dinero que estaba oculta. El anciano la recogió y fue en pos de ellos, gritando: “¡Hijos, han olvidado algo!” Los ladrones quedaron sorprendidos. No solamente ellos no tomaron el dinero, sino que devolvieron todo lo que habían tomado. “En verdad,” dijeron, “éste es un hombre de Dios.”


Esto sucedió en el siglo sexto después de Cristo en Palestina. San Juan Mosco lo escribió, junto con muchas otras anécdotas de los Monjes Ortodoxos que él escuchó de primera mano. El viejo monje no leyó sermones a sus mal educados visitantes. No los reprendió o los amenazó, ni tampoco sostuvo una conversación con ellos. ¿Qué fue entonces lo que causó que los ladrones cambiaran su modo de pensar y corrigieran su cometido? Ellos habían visto en él a una clase distinta de hombre: un hombre de Dios. Solamente un hombre que es rico en Dios puede ser tan libre de apegarse a las posesiones y al dinero, los que han esclavizado a la humanidad. Solamente un hombre que está enraizado en Dios puede infaliblemente conservar la paz y la generosidad al ser enfrentado con el mal manifiesto.


Pero sobre todo, los ladrones fueron tocados por el amor que el anciano les demostró. Solamente un hombre que se ha asemejado a Dios puede mostrar tal amor a los maleantes que han venido a robarlo, de tal manera que haya puesto el interés de ellos por encima del suyo propio. Esto no pudiera haber ocurrido, si la fe de los monjes se hubiese reducido a los rituales, códigos de reglas, y palabras bellas acerca de Dios, sin experiencia auténtica de la vida en Cristo.


Los ladrones conocieron a un hombre en quien la palabra de los Evangelios se había convertido en realidad. En la Iglesia Ortodoxa, tales hombres son llamados Santos Padres. A lo largo de dos milenios, esta antigua Iglesia ha luchado por conservar precisamente esa verdad recibida de los Apóstoles junto con la experiencia de vivir en comunión con Dios. De tal manera que la Iglesia Ortodoxa ha sido capaz también de dar a luz a multitud de Santos, que han sido portadores de esta experiencia de la vida celestial estando aún en la tierra.


El libro que usted tiene en sus manos ha sido recopilado con el fin de brindar al lector la oportunidad de palpar la experiencia espiritual del Oriente Cristiano. Aquí están reunidos trescientos “dichos”, proverbios o discursos de más de cincuenta santos Ortodoxos de Palestina, Siria, Egipto, Grecia, Rusia, Serbia, Montenegro y Georgia. Usted también puede encontrar en nuestra compilación los dichos de santos que vivieron en el territorio de lo que hoy es Italia, Inglaterra, Francia y Tunes. Todo esto es parte de la herencia de la Iglesia Ortodoxa.


Los primeros de estos discursos fueron escritos en la segunda mitad del primer siglo. El más reciente fue escrito en la segunda mitad del siglo veinte. Sin importar dónde vivieron, cuándo vivieron o quiénes fueron, los Santos Ortodoxos hablan de una singular realidad espiritual, y por tanto sus discursos se complementan armónicamente unos a otros.


En el siglo XIX, San Ignacio Brianchaninov hizo esta observación: “Una vez durante una clara noche de otoño miré hacia la claridad celeste, iluminada por innumerables estrellas que emitían una misma luz, entonces me dije: así son los escritos de los Santos Padres. Un día de verano miré la inmensidad del mar, cubierto con multitud de olas distintas, movidas por un solo viento hacia un mismo fin, un solo puerto, entonces me dije: así son los escritos de los Padres. Cuando oigo a un coro armonioso, en el que voces distintas cantan un mismo himno en admirable armonía, entonces me digo: igualmente son los escritos de los Padres.”


Creo que esta pequeña colección de aforismos Patrísticos será interesante y útil no solamente para los Cristianos Ortodoxos, sino también para cualquiera que aprecie lo que es genuino. Mucho de lo que está aquí reunido me ha ayudado personalmente. Me ha dado respuestas a preguntas difíciles, y me ha permitido pensar acerca de los sucesos de mi vida en una nueva manera. Así he decidido presentar a usted en este libro lo que ha sido muy querido para mí.


Diácono George Maximov.