viernes, 27 de noviembre de 2020

28/11 - Esteban el Nuevo


El Justo Esteban nació en Constantinopla en el año 715, hijo de padres piadosos llamados Juan y Ana. Su madre había rezado a menudo a la Santísima Deípara en su iglesia de las Blanquernas para que se le concediera tener descendencia, y un día recibió una revelación de nuestra Señora en la cual esta le aseguraba que concebiría el hijo tan deseado. Cuando Ana quedó encinta, le pidió al recién elegido Patriarca Germán (ver el 12 de mayo) que bendijera al bebé que se encontraba en su seno, y este dijo: «Que Dios lo bendiga por las oraciones del Protomártir Esteban»; en ese momento Ana vio una llama salir de la boca del santo Patriarca. Cuando el bebé nació, su madre lo llamó Esteban, según la profecía de San Germán.


Esteban luchó en el ascetismo desde su juventud en Bitinia, en el Monasterio de San Auxencio, que estaba situado en un lugar elevado llamado Monte Auxencio (ver el 14 de febrero). A causa de sus duros esfuerzos y su gran bondad, fue elegido por los ermitaños del Monte Auxencio para que se convirtiera en su guía. La fama de su lucha ascética llegó a oídos de todos, y la fragancia de su virtud hizo que muchos se sintieran atraídos a él.


Durante el reinado de Constantino V (741-775), Esteban demostró su amor por la Ortodoxia al contender por la Fe. Este Constantino es llamado «Coprónimo» (es decir, «Nombre de Heces») porque manchó las aguas en el vientre de su madre, dando una muestra clara del tipo de impiedad que abrazaría más tarde. Además de ser un fiero iconoclasta, Constantino ordenó una persecución inmisericorde contra el monaquismo.


En 754 Constantino convocó un concilio que anatematizó los santos iconos. Al rechazar San Esteban dicho concilio, el Emperador levantó falsas acusaciones contra él y lo exilió, pero allí San Esteban obró numerosas curaciones con santos iconos y apartó a muchos de la iconoclasia. Cuando el Santo fue conducido de nuevo ante el Emperador, le mostró una moneda y le preguntó de quién era la imagen que aparecía en ella, a lo que el tirano respondió: «Mía»; el Santo volvió a preguntar: «Si alguien pisoteara esta imagen, ¿sería digno de castigo?», y los que estaban alrededor respondieron que sí, momento en que el Santo gimió por su ceguera y les dijo que, si pensaban que deshonrar la imagen de un rey corruptible era digno de castigo, consideraran el tormento que recibirían los que pisoteaban la imagen del Maestro Cristo y de la Madre de Dios. Luego tiró la moneda al suelo y la pisoteó, por lo que fue condenado a pasar once meses atado y en prisión.


Posteriormente San Esteban fue arrastrado por el suelo y lapidado, como el Protomártir homónimo, por lo que fue llamado «Esteban el Nuevo». Finalmente fue golpeado con un palo de madera en la sien y le rompieron la cabeza; así entregó su espíritu al Señor en el año 767.