miércoles, 16 de diciembre de 2020

16/12 - Modesto, Arzobispo de Jerusalén


Su nombre significa: «el que observa la justa medida», «el que se mantiene en los límites de lo justo»; ‘medus’: medida). Este santo se hizo especialmente benemérito de la Iglesia por haber restaurado los templos de los Santos Lugares de Jerusalén después del terrible destrozo que hicieron allí los persas.


En el año 600 el rey persa Cosroes, pagano y enemigo de la religión, invadió la Tierra Santa de Palestina y, ayudado por los judíos y samaritanos, fue destruyendo sistemáticamente todo lo que encontró de cristiano por allí: templos, casas religiosas, altares, etc. Mandó matar a millares de cristianos en Jerusalén, a muchos otros los vendió como esclavos y al resto los fue desterrando sin piedad. Al Arzobispo de Jerusalén, San Zacarías, también lo envió al destierro.


Y fue entonces cuando Dios suscitó a un hombre dotado de especialísimas cualidades para reconstruir los sitios sagrados que habían sido destruidos. Fue Modesto, superior de uno de los conventos de Tierra Santa. Después de varios años en que los habitantes de Palestina tuvieron que soportar el régimen de terror de los persas, los excesos del ejército del rey Cosroes y los desmanes de los judíos que aprovecharon la situación para destruir cuanto templo cristiano pudieron, de pronto apareció el emperador Heráclito con su ejército y fue derrotando a los persas y alejándolos de esas tierras. Aprovechando esa situación ventajosa, Modesto se dedicó con todas sus fuerzas a reconstruir los templos destruidos o quemados por los paganos y a recoger ayudas de todas partes ayudado por sus monjes. Lo primero que reconstruyó fue la Basílica de la Resurrección («el Santo Sepulcro»), luego Gesemaní o el Huerto de los Olivos, la Casa de la Última Cena o Cenáculo, y muchos más. Pedía ayudas por todas partes, y poco a poco iba reconstruyendo cada templo, pero teniendo cuidado de que se conservara la antigua forma que tenía antes de la destrucción de los persas. Las gentes contribuían con mucha generosidad, y así el Arzobispo de Alejandría en Egipto le envió mil cargas de harina para los obreros, mil trabajadores, mil láminas de hierro y mil bestias de carga. Y algo parecido hicieron los otros.


Cuando el emperador Heráclito de Constantinopla logró derrotar a Cosroes y quitarle la santa cruz que este había robado de Jerusalén, el mismo emperador quiso presidir la procesión que devolvía la cruz de Cristo a la ciudad santa, pero, al llegar a aquellas tierras, se encontró con una destrucción tan total y terrible de todo lo que fuera sagrado que no pudo menos que echarse a llorar.


Como el Arzobispo San Zacarías había muerto en el destierro, al emperador le pareció que el que mejor podía ejercer ese cargo era Modesto, y lo nombró Arzobispo de Jerusalén. Fue una elección muy oportuna, porque así nuestro santo tuvo facilidad para dedicarse a reconstruir los centenares de templos, capillas y demás lugares santos destruidos por los bárbaros. 


Modesto continuó incansable su labor de reconstruir templos, recoger ayudas e inspeccionar los trabajos en los diversos sitios. Pero un día, mientas llevaba un valioso cargamento de ayudas para la restauración de los santos lugares, fue envenenado por unos perversos para poder robarle los tesoros que llevaba, y así murió víctima de su gran trabajo de reconstrucción.