miércoles, 16 de diciembre de 2020

17/12 - Daniel el Profeta y Ananías, Azarías y Misael, los Tres Jóvenes


El Profeta Daniel y los Tres Jóvenes eran descendientes de la tribu real de Judá. En el año 599 antes de Cristo, durante el reinado de Joaquín, llamado también Jeconías (1 Crón 3,16 y 2 Crón 36,8), mientras eran niños, estos justos fueron llevados cautivos a Babilonia junto con los demás judíos por Nabucodonosor. Este los separó del resto de los cautivos para que lo sirvieran y les cambió el nombre: Daniel fue llamado Baltasar; Ananías, Sidrac; Misael, Misac; y Azarías, Abdénago. Fueron educados en la corte real y se les enseñó la sabiduría de los caldeos; con el paso de los años, superaron a todos los sabios de esa nación (Dan 1).


Daniel, siendo un muchacho, interpretó la imagen misteriosa vista por Nabucodonosor en un sueño, en la que aparecía una estatua hecha de varios metales que era derribada por una piedra sacada de una montaña sin intervención humana. Esta visión simboliza claramente  mediante la montaña la altura de la santidad de la Virgen y el poder del Espíritu Santo que la cubrió con su sombra. La piedra simboliza a Cristo, nacido de ella sin simiente, que mediante su venida como Teántropo derribaría y destruiría todos los reinos del mundo, representados por la estatua, y resucitaría a los que creyeran en él en su Reino Celestial, que es eterno (Dan 2,31-45). Así pues, la visión mostraba proféticamente el tiempo de la manifestación de Cristo en el Jordán, su predicación del Evangelio, su Pasión salvífica y el fin del culto de la Ley Mosaica (Dan 9,14-27). De manera especialmente excelente se profetizaba la segunda venida de Cristo, presentando mediante palabras y vivos colores el temible trono que será establecido, el Juez Eterno que se sentará sobre él, el río de fuego que brotará ante él, la llamada a rendir cuentas ante el trono, los libros abiertos donde están escritas las obras de cada uno, los millares de millares que le sirven y las decenas de milares que están en su presencia (Dan 7,9-10).


Daniel, cuyo nombre significa «Dios es Juez», fue llamado «predilecto» por los Ángeles que aparecieron (Dan 9,23), pued desdeñó con valentía todo deseo corporal, incluso el pan necesario para alimentarse. También fue llamado así porque, en su ansia por la liberación de su pueblo y su deseo de conocer su futura condición, no cesó de suplicar a Dios, ayunando y doblando su rodilla tres veces al día. A causa de esta oración fue arrojado al foso de los leones tras haber sido acusado por sus enemigos como transgresor del decreto emitido mediante la proclamación real de que nadie podía adorar ni pedir nada a Dios ni a los hombres durante treinta días, sino solo al Rey. Pero, paralizando las fauces de los leones por el poder divino, y apareciéndose entre ellos como si fuera un pastor de ovejas, Daniel les mostró a los impíos el poder de la Divinidad (Dan 6,1-23).


En cuanto a los Tres Jóvenes, Ananías («Yah es Gracioso»), Misael («¿Quién es lo que Dios?») y Azarías («Yah es Guardián»), al negarse a adorar la imagen de Nabucodonosor, fueron arrojados al horno ardiente. Fueron preservados indemnes entre las llamas -incluso su pelo permaneció intacto- por el descenso del Ángel del Señor; es decir, el Hijo de Dios. Caminando por el horno como si estuvieran en medio del rocío, cantaron el himno universal de alabanza a Dios que se encuentra en las Odas VII y VIII del Salterio. Saliendo del horno sin que ni siquiera sus ropas olieran a fuego (Dan 3), los Jóvenes prefiguraron el parto sin corrupción de la Virgen, ya que esta, al recibir el fuego de la Divinidad en su seno, no se quemó, sino que permaneció virgen como antes del alumbramiento.


Así pues, la Iglesia celebra a los Tres Jóvenes y a Daniel en este día, el Domingo de los Antepasados y el Domingo anterior a la Natividad de Cristo, pues prefiguraron y proclamaron su Encarnación. Además, eran de la tribu de Judá, de la que surgió Cristo según la carne.


Los Tres Jóvenes completaron su vida cargados de años; en cuanto al Profeta Daniel, vivió hasta el reinado de Ciro, Rey de Persia, a quien le pidió que su nación pudiera regresar a Jerusalén y que el Templo volviera a ser levantado, y este se lo concedió. Reposó en paz habiendo vivido unos ochenta y ocho años. Su libro profético, que está dividido en doce capítulos, se cuenta el cuarto entre los Profetas Mayores.