domingo, 28 de febrero de 2021

01/03 - La Santa y Justa Mártir Eudocia la Samaritana


Eudocia era una samaritana que vivía en Heliópolis en la época de Trajano (98-117). Con sus vestidos sencillos y su gran belleza, había conseguido innumerables amantes e inmensas riquezas, pero por casualidad escuchó al monje Germán en la casa de enfrente antes de ir a dormir y quedó impresionada. Eudoxia se levantó y se fue a su balcón para oírle. Al terminar de escucharle, se metió en la cama y se pasó la noche llorando. Al día siguiente por la mañana, fue a tocar a la puerta de su vecino rogándole que le dejara ver al que cantaba.


Habló de ello con el monje y con un sacerdote de Heliópolis y se convirtió al cristianismo, dando todas sus cosas a los pobres y llevando una vida de penitencia y oración. Eudocia le preguntó sí podía ser salvada en el Juicio Final y Germán la instruyó a que permaneciera en su alcoba durante una semana orando; al final de la semana, tuvo una visión del arcángel Miguel luchando con el Diablo por la posesión de su alma y Dios le perdonó sus pecados. Fue bautizada por Teodoto, obispo de Heliópolis, otorgó la libertad a todos sus esclavos, ofreció toda su riqueza a la Iglesia y se encerró en un monasterio femenino unido al de Germán que mandó a construir cerca de Baalbek a los treinta años.


Filostrato, un antiguo amante suyo, que con hábiles maniobras había logrado hablar con ella para inducirla a volver al pecado, se suicidó ante ella por su negativa, pero Eudocia lo resucitó y lo convirtió. El prefecto Aureliano mandó arrestarla y sus soldados quedaron inmóviles por tres días, hasta que un gran reptil los mató a casi todos con su aliento pestilente.


El hijo de Aureliano se hizo cargo de la empresa, pero se cayó de su caballo y murió. El rey quedó consternado y decidió enviar a su tribuno, Babila, para pedirle ayuda a la santa. Eudocia respondió con una carta y, al tocarlo con esta, el joven se levantó de nuevo. Aureliano se convirtió y con él toda su familia y sus magistrados: su hija Gelasia ingresó al monasterio de Eudocia y su hijo resucitado se convirtió en diácono y luego en obispo de Heliópolis. Diógenes, el exprometido de Gelasia, mandó arrestar a Eudocia; antes de ser arrastrada fuera de su monasterio, logró llevar consigo un fragmento de la Eucaristía.


Fue interrogada extensamente sobre su fe y sus intenciones, pero se mantuvo firme en su fe. Cuando estaban a punto de someterla a tormentos, la partícula de la Eucaristía cayó sobre Eudocia, que fue arrojada por los paganos al fuego, y fragmentos del fuego quemaron a los verdugos y a los espectadores. Por la intervención de Eudocia, todos resucitaron; incluso una matrona que murió en ese momento resucitó y también un niño asesinado por un reptil. Muchas personas se convirtieron al cristianismo a la vista de muchos milagros, y entre ellos Diógenes. Después de su muerte definitiva, Diógenes fue sucedido por Vicente, un hombre extremadamente cruel con los cristianos, que mandó a decapitar a Eudocia al negarse a adorar a los ídolos; el martirio ocurrió sin más incidentes en el año 107.

¡Por muchos años, Señor!


Felicitamos desde nuestra página a Su Toda Santidad Bartolomé I, Arzobispo de Constantinopla-Nueva Roma y Patriarca Ecuménico, que el 29 de febrero (o el 28 si no es año bisiesto) celebra su cumpleaños, y le pedimos a Dios que le conceda muchos años más de vida llenos de abundantes frutos espirituales.

sábado, 27 de febrero de 2021

Domingo del Hijo Pródigo. Lecturas de la Divina Liturgia


1 Cor 6,12-20: Hermanos, todo me es lícito, pero no todo me aprovecha. Todo me es lícito, pero no me dejaré dominar por nada. El alimento es para el vientre y el vientre para el alimento; pero Dios destruirá una cosa y la otra. El cuerpo no es para la fornicación, sino para el Señor; y el Señor, para el cuerpo. Y Dios resucitó al Señor y nos resucitará también a nosotros con su poder. ¿No sabéis que vuestros cuerpos son miembros de Cristo? ¿Y voy a tomar los miembros de Cristo para hacerlos miembros de una prostituta? De ningún modo. ¿O no sabéis que unirse a una prostituta es hacerse un cuerpo con ella? Porque dice: «Serán los dos una sola carne». En cambio, el que se une al Señor es un espíritu con él. Huid de la inmoralidad. Cualquier pecado que cometa el hombre queda fuera de su cuerpo. Pero el que fornica peca contra su propio cuerpo. ¿Acaso no sabéis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, que habita en vosotros y habéis recibido de Dios? Y no os pertenecéis, pues habéis sido comprados a buen precio. Por tanto, ¡glorificad a Dios con vuestro cuerpo!


Lc 15,11-32: Dijo el Señor: «Un hombre tenía dos hijos; el menor de ellos dijo a su padre: “Padre, dame la parte que me toca de la fortuna”. El padre les repartió los bienes. No muchos días después, el hijo menor, juntando todo lo suyo, se marchó a un país lejano, y allí derrochó su fortuna viviendo perdidamente. Cuando lo había gastado todo, vino por aquella tierra un hambre terrible, y empezó él a pasar necesidad. Fue entonces y se contrató con uno de los ciudadanos de aquel país que lo mandó a sus campos a apacentar cerdos. Deseaba saciarse de las algarrobas que comían los cerdos, pero nadie le daba nada. Recapacitando entonces, se dijo: “Cuántos jornaleros de mi padre tienen abundancia de pan, mientras yo aquí me muero de hambre. Me levantaré, me pondré en camino adonde está mi padre, y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo: trátame como a uno de tus jornaleros”. Se levantó y vino adonde estaba su padre; cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se le conmovieron las entrañas; y, echando a correr, se le echó al cuello y lo cubrió de besos. Su hijo le dijo: “Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo”. Pero el padre dijo a sus criados: “Sacad enseguida la mejor túnica y vestídsela; ponedle un anillo en la mano y sandalias en los pies; traed el ternero cebado y sacrificadlo; comamos y celebremos un banquete, porque este hijo mío estaba muerto y ha revivido; estaba perdido y lo hemos encontrado”. Y empezaron a celebrar el banquete. Su hijo mayor estaba en el campo. Cuando al volver se acercaba a la casa, oyó la música y la danza, y llamando a uno de los criados, le preguntó qué era aquello. Este le contestó: “Ha vuelto tu hermano; y tu padre ha sacrificado el ternero cebado, porque lo ha recobrado con salud”. Él se indignó y no quería entrar, pero su padre salió e intentaba persuadirlo. Entonces él respondió a su padre: “Mira: en tantos años como te sirvo, sin desobedecer nunca una orden tuya, a mí nunca me has dado un cabrito para tener un banquete con mis amigos; en cambio, cuando ha venido ese hijo tuyo que se ha comido tus bienes con malas mujeres, le matas el ternero cebado”. Él le dijo: “Hijo, tú estás siempre conmigo, y todo lo mío es tuyo; pero era preciso celebrar un banquete y alegrarse, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido; estaba perdido y lo hemos encontrado”».

29/02 - Justo Juan Casiano el Confesor


(Nota: Si no es año bisiesto, los himnos de San Juan Casiano se transfieren al 28/02).

Los santos Juan Casiano y su compañero Germán se encuentran entre los «santos peregrinos» que viajaron mucho durante su vida y que conocían las realidades de las regiones oriental y occidental del mundo cristiano de los siglos IV y V.


Juan Casiano y Germán eran amigos desde la infancia. Los años de su nacimiento y lugares no se conocen con certeza, pero pueden estar alrededor del año 360 en Escitia, una provincia en el norte de la península balcánica entre el Danubio y el Mar Negro, conocida hoy como Dobuja, que es la parte más oriental de Rumanía. Aunque no se hace mención de este lugar en los escritos de San Juan Casiano, esta hipótesis proviene de una mención de Genadio de Marsella, un discípulo de San Juan. En su “De viris Illustribus” 62, el obispo galo habla de la ascendencia escita («natione Schytha») de Juan. La hipótesis es aceptada, tanto en la Iglesia católica como en la ortodoxa, aunque hay algunos eruditos que entienden el gentilicio «schytha» como una referencia al Desierto Escete de Egipto, donde durante un tiempo, vivían los monjes del desierto, o tal vez una alusión a Escitópolis (Palestina). Algunas otras hipótesis sobre los orígenes de los dos santos están de más aquí, incluyendo la Provenza o incluso Siria. En cualquier caso, algunas menciones en las obras de Casiano sugieren el nacimiento en una familia rica, y una educación clásica; el latín era su lengua materna.


San Juan menciona en su libro “Collationes” que él y Germán eran hermanos «no por nacimiento, sino por el espíritu» (Coll. 16,1). Entre los años 378-380, los dos, junto con una hermana de Casiano, hicieron una peregrinación a Belén. Esta última se mantuvo durante el resto de su vida en un monasterio de monjas, pero los dos amigos permanecieron solos durante un tiempo en una celda cerca de la Iglesia del Sepulcro Santo. Durante este tiempo oyeron hablar de los ascetas en Egipto, por lo que decidieron visitar las comunidades monásticas allí existentes.


Después de tres años en Palestina, viajaron hasta el desierto de Escete y Nitria situados al oeste del delta del Nilo (probablemente desde el 384 al 394) y visitaron a numerosos monjes, con los que tenían «entrevistas», más tarde descritas en Collationes. En este tiempo, el desierto de Escete se dividió entre los monjes «antropomorfista», los adeptos de la interpretación literal de la Escritura y los «origenistas», que preferían la alegoría y aceptaban algunas otras teorías de un Padre de la Iglesia recientemente fallecido, tal como la teoría de apokastasis, o incluso la preexistencia de las almas. La disputa entre las dos partes consistía en el hecho de si la contemplación de Dios podía ser vista como un acto material, o sea, con otras palabras, si los ascetas podían ver a Dios, ¿Dios era material «a imagen y semejanza del hombre»?, o incluso, ¿el acto de la contemplación se debía al hombre o por la gracia divina?


Las ideas ascéticas y teológicas promovidas por San Juan Casiano en sus trabajos sugieren que estos dos monjes escitas conocían a algunos monjes «origenistas», probablemente a Evagrio del Ponto entre ellos, con quienes compartían la idea de los siete pecados capitales (de hecho ocho, según Casiano) y la triple vida ascética consistente en la purificación (purgatio o catarsis), iluminación (illuminatio o theoria) y la deificación (unitio o theosis), respectivamente.


La lucha entre estas dos visiones ascéticas terminó unos quince años después de la llegada de Juan y de Germán. En el año 399 los «antropomorfistas» ayudados por el patriarca Teófilo de Alejandría, comenzaron una guerra contra los «origenistas» que huyeron a otros lugares. Junto a los más conocidos «origenistas», los llamados «Hermanos Largos», Juan y Germán salieron de Egipto y marcharon a Constantinopla, donde apelaron al arzobispo San Juan Crisóstomo para conseguir su protección. Mientras tanto, Casiano fue ordenado diácono y Germán de sacerdote y se convirtieron en miembros del clero de la capital. Hay una hipótesis que afirma que Casiano tomó el nombre de Juan sólo en este momento y que lo hizo en honor de su protector. De todas formas los ataques de Teófilo fueron más allá contra los «origenistas» y San Juan Crisóstomo fue condenado y depuesto después, en el consejo de la Encina en el año 404. Una de las acusaciones fue el hecho de que también aceptaba las enseñanzas origenistas.


El latinoparlante Casiano dejó al cabo de un año Constantinopla para ir, junto con Germán, a Roma donde trataron de encontrar apoyo para Juan Crisóstomo, suplicando su causa ante el Papa Inocencio I. A partir de este momento, ya no hay ninguna otra mención sobre Germán, por lo que es probable que muriese en este período de tiempo. Otra posibilidad es que Germán se fuera junto con Casiano al monasterio de Marsella, o incluso que regresara a casa en Escitia.


Durante la época romana, Casiano se reunió con el futuro Papa, San León Magno, con quien contrajo una amistad que duró toda la vida. Después de una nueva marcha a Oriente, en Antioquía y Palestina (donde probablemente fue ordenado sacerdote, aunque otras fuentes dicen que fue después de su regreso de Roma), recibió la propuesta de establecerse en las Galias y fundar allí un monasterio conforme a las normas vistas en Egipto. Esto sucedió alrededor del año 415, cuando llegó a Marsella y fundó la abadía de San Víctor, un complejo de monasterios de monjes y monjas. La iglesia del monasterio fue construida sobre la tumba de un mártir del siglo III, San Víctor.


En cualquier caso, Casiano no llevó por primera vez la vida monástica a las Galias, pues el ascetismo ya existía en la Provenza a través de la abadía de Menerfes, fundada por Castor obispo de Apt; y la de Lerins, encabezada por el obispo Honorato. Pero el mérito especial de San Juan Casiano es que llevó la disciplina monástica egipcia a Occidente y su monasterio sirvió como modelo para el desarrollo monástico posterior en el cristianismo occidental. Los logros y los escritos de san Juan Casiano influenciaron a San Benito, que llevó a su regla monástica algunos de los principales principios ascéticos y recomendó la lectura del corpus de los escritos de Casiano.


Los escritos de San Juan Casiano


En Marsella, San Juan Casiano comenzó a escribir sus obras más conocidas. Alrededor del 417-418, publicó, a petición de Castor, obispo de Apt y del futuro Papa León I, las Instituciones monásticas (De institutio coenobitorum et de octo principalium vitiorum remediis libri XII). Este trabajo trata sobre la organización de las comunidades monásticas, discutiendo sobre la ropa, la oración y las reglas de la vida monástica (los 4 primeros libros) y sobre la moralidad y los ocho vicios y su curación (gula, lujuria, avaricia, arrogancia, ira, envidia, akedia y jactancia (en los libros 5 al 12).


Algunos años más tarde (después del 420, pero no más tarde del 426) Casiano escribió sus «entrevistas», también conocidas como «Conferencias», o «Collationes» (que significa en latín, comidas de vísperas: Collationes Patrum in scetica eremo), dedicadas al archidiácono León, al obispo de Frejus y al monje Eladio, y que trata sobre «la formación del hombre interior y la perfección del corazón», siendo de esta forma la segunda parte de su obra, mientras que la primera era la formación “corporal”. Este segundo libro fue terminado entre el 426 y el 429 (libros 18 a 24) e iba dirigido especialmente a los monjes ermitaños.


Finalmente, en el año 430 San Juan escribió su tercer libro, «Sobre la Encarnación del Señor» (De incarnation Domini contra Nestorium libri VII), a petición del archidiácono León, el futuro Papa León el Grande. Su texto puede ser visto como un texto preparatorio del Tercer Concilio Ecuménico, que trata de la doctrina de Nestorio y la mención sobre el título de Madre de Dios dado a la Virgen María. Todos los escritos de Juan Casiano están en latín, pero posteriormente fueron traducidas al griego para el uso de los monjes, algo que fue un gran privilegio y honor, no muy generalizado en la Iglesia antigua.


Las enseñanzas de San Juan Casiano


Las enseñanzas más importantes de San Juan Casiano consisten en su visión acerca de la triple purificación ascética, iluminación y divinización, que posteriormente, en la teología católica se ha considerado de estas tres formas. En el primer nivel, la lucha del monje contra los pecados más «materiales» y contra la voluntad a través de su vida ascética. Más tarde, durante la iluminación, practicando la santidad revelada en el Evangelio a través de la enseñanza recibida de Dios en el Sermón de la Montaña, con base en el ejercicio del amor. La etapa final de la unificación con Dios (theosis) es rara vez recibida por un monje y se describe después de la unión del matrimonio del Canticum. Esta etapa es acompañada generalmente con el refugio del monje en la soledad.


Otra enseñanza notable de Juan Casiano implica la soteriología. Se opuso a Pelagio, quien creía que el ser humano recibe la salvación por medio de su propia lucha, sin la ayuda divina, pero también estaba en desacuerdo con San Agustín, quien destacó la importancia del pecado original y declaró la necesidad absoluta de la gracia divina en el inicio de una vida santa. Casiano adoptó un punto de vista intermedio, que fue considerado posteriormente como «semi-pelagianismo», por haber mencionado en algunas de sus conferencias que los primeros pasos para la salvación están en poder de la persona, sin necesidad de la ayuda de Dios (Conferencias: Libro 3: con AbbaPafnucio, libro 5 con Abba Serapión y libro 13 con Abba Chaeremon).


Veneración de los Santos Juan Casiano y Germán


San Juan Casiano murió en Marsella en el año 435 y fue enterrado en la iglesia del Monasterio de San Víctor que él construyó. Sus reliquias se conservan hasta hoy en una capilla subterránea del monasterio, mientras que el cráneo y la mano derecha están en un relicario en la iglesia principal. Sobre San Germán no hay más datos después de que los dos amigos llegaron a Roma en el 403. La santidad de Juan Casiano fue reconocida generalmente en la Iglesia desde los comienzos. En el 470, cuando Genadio compuso su “De viris Illustribus”, nombró a Juan Casiano como «sanctus Casianus», un título usado por muchos Papas al hablar de él, como San Gregorio Magno, en una carta dirigida a la abadesa Respecta de Marsella (PL LXXII, col. 866), o Benedicto XIV, quien escribió que no se admite ninguna duda acerca de su santidad (De canonizatione sanctorum II, 29). También está incluido en el Martirologio Galicano y en el Martirologio Romano el 23 de julio. Las Iglesias bizantinas generalmente los conmemoran el 29 de febrero del año bisiesto, o el 28, en el resto de años.


Troparion del Santo


¡La imagen de Dios se ha conservado verdaderamente en ti, ¡oh Padre!, para que tomaras la cruz y siguieras a Cristo. De este modo nos enseñaste a hacer caso omiso de la carne, que fallece, para que a su vez, cuidemos el alma, ya que es inmortal. Por lo tanto tu espíritu, venerable Juan Casiano, se regocija con los ángeles!


Mitrut Popoiu



Fuente: preguntasantoral

Adaptación propia

28/02 - Basilio el Confesor


San Basilio y su compañero Procopio de la Decápolis de Isaura (celebrado ayer) fueron monjes que sufrieron durante el reinado del emperador iconoclasta León Isáurico (717-741), quien luego de obligar al bautismo de todos los judíos y montanistas del Imperio, emitió una serie de edictos contra el culto de las imágenes que fue llamada la "reforma iconoclasta".


Esta prohibición de una costumbre que sin duda había dado lugar a todo tipo de abusos obtuvo el rechazo de la gran mayoría de los teólogos y casi todos los monjes, quienes se opusieron a estas medidas con firmeza.


Cuando comenzó la persecución contra los opositores, nuestros santos fueron sometidos brutalmente a diversas  torturas y encerrados en la cárcel por al menos seis años, sin embargo su fe nunca desfalleció.


Los santos confesores Basilio y Procopio fueron liberados tras la muerte del Emperador, siguieron su vida monástica, instruyendo a muchos en la fe ortodoxia y la vida virtuosa.



Fuente: catholic.net

viernes, 26 de febrero de 2021

27/02 - Procopio el Confesor de Decápolis


San Basilio (celebrado mañana) y su compañero Procopio de la Decápolis de Isaura fueron monjes que sufrieron durante el reinado del emperador iconoclasta León Isáurico (717-741), quien luego de obligar al bautismo de todos los judíos y montanistas del Imperio, emitió una serie de edictos contra el culto de las imágenes que fue llamada la "reforma iconoclasta".


Esta prohibición de una costumbre que sin duda había dado lugar a todo tipo de abusos obtuvo el rechazo de la gran mayoría de los teólogos y casi todos los monjes, quienes se opusieron a estas medidas con firmeza.


Cuando comenzó la persecución contra los opositores, nuestros santos fueron sometidos brutalmente a diversas  torturas y encerrados en la cárcel por al menos seis años, sin embargo su fe nunca desfalleció.


Los santos confesores Basilio y Procopio fueron liberados tras la muerte del Emperador, siguieron su vida monástica, instruyendo a muchos en la fe ortodoxia y la vida virtuosa.



Fuente: catholic.net

27/02 - San Leandro, Obispo de Sevilla


Leandro vio la luz en una familia de abolengo greco romano. En Cartagena de la Andalucía española. Y por los años de 535 a 540. Hermano de tres santos —San Isidoro, su sucesor en la silla Hispalense; San Fulgencio, obispo de Ecija, y Santa Florentina, virgen— santo también fue él, con su festividad litúrgica el 27 de febrero.

La carrera de su santidad se reduce a los siguientes tramos: abrazó en buena hora la vida monástica. Y su condición de monje le abrió las puertas para ejercer una preponderante influencia en la Península, sobre todo por lo que respecta al porvenir religioso de España.

La Providencia enredó así las cosas: sus padres emigraron de Cartagena a Sevilla. Nombrado obispo metropolitano de aquella ciudad, creó una escuela —ya se había dedicado a la enseñanza cuando monje— destinada a propagar la fe ortodoxa y que sirviera, a la vez, de estímulo para el estudio de todas las artes y de todas las ciencias conocidas. El mismo llevó muy entre manos los quehaceres escolares. Entre los alumnos de esta escuela se contaron los dos hijos del rey Leovigildo, Hermenegildo Y Recaredo. El ascendiente de todo buen maestro sobre el discípulo supo aprovecharlo San Leandro para mantener en la fe católica al primogénito del rey, con magnífico ejemplo y harto provecho para los católicos españoles. Hermenegildo, atraído a las lides de la fe nicena por el trato de San Leandro y los consejos de su buena esposa Ingunde, supo despreciar la herejía arriana. Leovigildo asentó la capital del reino visigodo en Toledo y asoció a su hijo en el reino, asignándole la Bética, con residencia en Sevilla. La persecución arriana —y con ella la guerra civil— estalló bien pronto contra el catolicismo. Leovigildo, en sus aires de grandeza y unificador, estimó la herejía arriana como vínculo de unión y grandeza. Todo fue llevado a sangre y fuego; la violencia de la prisión o del exilio se servirá en bandeja a los recalcitrantes. A Leandro se le obligará a abandonar su iglesia metropolitana y la patria madre.

Pero antes del destierro, cuando Leovigildo, desnaturalizado padre, asediaba al joven rey, su hijo Hermenegildo, que resistía en Sevilla la impugnación de la herejía arriana, Leandro marchó a Constantinopla a implorar socorro del emperador bizantino. En Bizancio conoció el monje obispo a otro monje —a la sazón apocrisario del papa Pelagio II en aquellas tierras— destinado a la suprema magistratura de la Iglesia: Gregorio, el magistrado romano y monje, con el que trabó una íntima amistad que unirá sus vidas en criterio y afecto hasta el fin y que Leandro sabrá explotar para el bien de España. Gregorio el Grande escribirá las Morales (exposición del libro de Job), que tanta repercusión tendrán en la ascética moral del medievo, animado por Leandro. La correspondencia gregoriana que se nos ha conservado demuestra la fuerte y perenne amistad de estos dos santos (Cf. Epíst. 1,41; 5,49; 9,121). Elevado a la Cátedra de Pedro, Gregorio se apresura a enviar a su amigo Leandro el palio arzobispal, con unas letras que revelan la alta estima que tenía de su virtud: "Os envío el palio que debe servir para las misas solemnes. Al mismo tiempo debería prescribiros las normas de vivir santamente; pero mis palabras se ven reducidas al silencio por vuestras virtuosas acciones". Es tradición que el Papa donó al arzobispo de Sevilla una venerada imagen de Nuestra Señora de Guadalupe.

Leandro regresó de Constantinopla cuando amainaba la persecución suscitada por Leovigildo. Vio el final de este rey y los buenos consejos que dio a su hijo Recaredo, sin duda influenciado por el príncipe mártir.

Una nueva era amaneció para España cuando Recaredo se sentó en el trono. Leandro pudo volver a su diócesis sevillana y el nuevo rey, vencidos los francos, convocó el histórico III Concilio de Toledo, en el año de gracia de 589. Recaredo abjura la herejía arriana: hace profesión de fe, enteramente conforme con el símbolo niceno; declara que el pueblo visigodo —unido de godos y suevos— se unifique en la fe verdadera y manda que todos sus súbditos sean instruidos en la ortodoxia de la fe católica. El alma de aquel concilio era Leandro. Y ésta es su mayor gloria. En medio de aquellas intrigas visigóticas, supo intrigar santamente en la corte real, con el exuberante fruto de la conversión de su rey. Al santo obispo de Sevilla se le debe, corno causa oculta pero eficiente, la conversión en masa del reino visigodo y la iniciación del desarrollo en España de una vida religiosa muy activa que se traslucirá en la institución de parroquias rurales y en la fundación de no pocos monasterios. La Iglesia española alcanzó, en los celebérrimos concilios de Toledo —iniciados prácticamente en este tercero— una importancia de primerísimo orden. La legislación visigótica, desde entonces, fue totalmente impregnada de cristianismo. Esta es la obra de San Leandro. Con razón podía gloriarse y exteriorizar su gozo en la clausura del concilio con estas palabras: "La novedad misma de la presente fiesta indica que es la más solemne de todas... Nueva es la conversión de tantas gentes, y si en las demás festividades que la Iglesia celebra nos regocijamos por los bienes ya adquiridos, aquí, por el tesoro inestimable que acabamos de recoger. Nuevos pueblos han nacido de repente para la Iglesia: los que antes nos atribulaban con su rudeza, ahora nos consuelan con su fe. Ocasión de nuestro gozo actual fue la calamidad pasada. Gemíamos cuando nos oprimían y afrentaban; pero aquellos gemidos lograron que los que antes eran peso para nuestros hombros se hayan trocado por su conversión en corona nuestra... Alégrate y regocíjate, Iglesia de Dios; alégrate y levántate formando un solo cuerpo con Cristo; vístete de fortaleza, llénate de júbilo, porque tus tristezas se han convertido en gozo, y en paños de alegría tus hábitos de dolor. He aquí que, olvidada de tu esterilidad y pobreza, en un solo parto engendraste pueblos innumerables para tu Cristo. Tú no predicas sino la unión de las naciones, no aspiras sino a la unidad de los pueblos y no siembras más que los bienes de la paz y de la caridad. Alégrate, pues, en el Señor, porque no has sido defraudada en tus deseos, puesto que aquellos que concebiste, después de tanto tiempo de gemidos y oración continua, ahora, pasado el hielo del invierno y la dureza del frío y la austeridad de la nieve, repentinamente los has dado a luz en gozo, como fruto delicioso de los campos, como flores alegres de primavera y risueños sarmientos de vides".

Poco después de este acontecimiento, de los más grandes en la historia del cristianismo español —la conversión de los visigodos fue real y sincera—, fue elevado al Pontificado en 590, Gregorio el Magno. El Papa y amigo felicitó efusivamente a Leandro.

El metropolitano de Sevilla consagró el resto de su vida a edificar a su pueblo con la práctica de la virtud —luz que ilumina— y el trabajo de sus escritos —sal que condimenta—. Entre sus obras escritas —todas perdidas, a excepción de algunos fragmentos de su discurso en el III Concilio de Toledo y la que ahora indicamos— se destaca por el encanto y doctrina evangélica que contiene la carta que dirigió a su hermana Florentina. Es un bello tratadito sobre el desprecio del mundo y la entrega a Dios de las vírgenes consagradas. Influyó sobremanera en la posteridad para el género de vida monástico femenino. Comúnmente se llama a esta carta la regla de San Leandro.

Los últimos años de su vida, retirado de la política, fueron fecundos en obras santas, dignas del mejor obispo: penitencias, ayunos, estudio de las Sagradas Escrituras, obligaciones pastorales. Afligido por la enfermedad de la gota —la misma enfermedad que sufría por entonces su amigo Gregorio el Magno— supo recibirla como un favor del cielo y como una gracia muy grande para expiar sus faltas,

Moría probablemente el mismo año que Recaredo, en 601, dejando fama de verdadero hombre de estado y de obispo digno del apelativo de su amigo, grande.

JUAN MANUEL SANCHEZ GÓMEZ


Fuente: www.mercaba.org