jueves, 12 de diciembre de 2019

12/12 - Espiridión el Taumaturgo de Tremitunte


La isla de Chipre fue tanto el lugar de nacimiento de este famoso santo como el lugar donde pasó su vida en servicio a la Iglesia.

Venía de una simple familia de agricultores, y permaneció simple y humilde hasta el final de su vida. Se casó joven y tuvo hijos, pero al morir su esposa, se dedicó completamente al servicio de Dios.

A causa de su fervor, fue escogido como obispo de Tremitunte, y, aun siendo obispo, no cambió su simple estilo de vida, sino que continuó cuidando su ganado y arando la tierra él mismo. Consumía muy pocos de sus productos y daba la mayor parte de estos a los pobres.

Obró grandes milagros por el poder de Dios, haciendo que lloviera durante una sequía, levantando a muchos muertos, sanando al emperador Constancio de una grave enfermedad, viendo y oyendo ángeles, previendo eventos futuros, y escrutando los secretos del corazón humano. Convirtió a muchos a la verdadera Fe e hizo muchas otras cosas.

Estuvo presente en el Primer Concilio Ecuménico, celebrado en Nicea en el 325 d. C., y, mediante sus claras y sencillas, además de sus convincentes milagros, trajo a muchos herejes de regreso a la Ortodoxia.

Vestía tan simplemente que cierta vez, habiendo sido invitado por el Emperador a su corte, un soldado le confundió con un mendigo y le pegó un golpe. El manso y sencillo Espiridión volvió la otra mejilla. 

Glorificó a Dios con muchos milagros, y fue de gran ayuda tanto a individuos como a toda la Iglesia de Dios.

Entro a su descanso en el Señor en el 348 d. C., y sus reliquias, que obran maravillas, reposan en la isla de Corfú, donde continúan glorificando a Dios con muchos milagros.

Fuente: www.crkvenikalendar.com / Pravoslavie.cl

miércoles, 11 de diciembre de 2019

11/12 - Daniel el Estilita de Constantinopla


Este Santo era del pueblo de Maruta en la región de Samosata en Mesopotamia. Entro en el monacato a la edad de doce años.

Tras visitar a San Simeón el Estilita (ver el 1 de septiembre) y recibir su bendición, lleno de celo decidió seguir su maravilloso modo de vida. A la edad de cuarenta y dos años, guiado por la providencia, llegó a Anaplo, en los alrededores de Constantinopla, en tiempos del santo Patriarca Anatolio (ver el 3 de julio), que también fue curado por San Daniel de una muy grave dolencia y quería que viviera cerca de él.

A su llegada a Anaplo, San Daniel vivió al principio en la iglesia del Arcángel Miguel, pero, tras unos nueve años, San Simeón el Estilita se le apareció en una visión y le ordenó que imitara su lucha ascética sobre un pilar. Los restantes treinta y tres años de su vida los pasó en diferentes temporadas sobre tres pilares, uno detrás de otro. Permanecía inamovible en cualquier circunstancia meteorológica, y una vez uno de sus discípulos lo encontró cubierto de hielo después de una tormenta de invierno.

Fue consejero de emperadores. El piadoso emperador León el Grande lo amaba fervorosamente y llevaba a sus invitados reales a que lo visitaran. A instancias de San Daniel, las reliquias de San Simeón el Estilita fueron llevadas a Constantinopla desde Antioquía, y en sus días el Emperador León hizo trasladar las reliquias de los Tres Santos Niños desde Babilonia.

San Daniel también defendió a la Iglesia frente al error de los eutiquianos.

Habiendo vivido durante los reinados de los emperadores León, Zenón y Basilisco, Daniel reposó en 490, a la edad de ochenta y cuatro años.

martes, 10 de diciembre de 2019

10/12 - Los Santos Mártires Menas, Hermógenes y Eugrafo


San Menas, según el Sinaxarista, era originario de Atenas. Militar de profesión, era un hombre educado y versado en oratoria, por lo que recibía el sobrenombre de ‘Kalikelados’ («Elocuentísimo»). Eugrafo era su escriba. Ambos era de padres cristianos.

El emperador Maximiano (sucesor de Alejandro Severo), que reinó del 235 al 238, envió a San Menas a Alejandría para emplear su elocuencia con el fin de acabar con cierta disputa que se había ocasionado entre los ciudadanos. San Menas lo consiguió, pero también aprovechó su elocuencia para fortalecer a los cristianos en su fe, lo que, al llegar a oídos de Maximiano, hizo que enviara a Hermógenes, eparca hijo de paganos, para que apartara a Menas de Cristo; sin embargo, ocurrió lo contrario: Hermógenes abrazó la Fe a causa de los milagros obrados por San Menas.

Los Santos Menas, Eugrafo y Hermógenes recibieron la corona del martirio en el año 235.

10/12 - Santa Eulalia de Mérida, Virgen y Mártir


Eulalia nació en Emerita Augusta (Mérida) aproximadamente en el año 292. Algunas fuentes datan su vida vida más tarde, y ponen su martirio en el tiempo del emperador Traiano Decio (249-251). Era hija del senador romano Liberio y tanto ella como toda su familia eran cristianos.

Cuando Eulalia cumplió los doce años apareció el decreto del emperador Diocleciano prohibiendo a los cristianos dar culto a Jesucristo y mandándoles que debían adorar a los ídolos paganos. La niña sintió un gran disgusto por estas leyes tan injustas y se propuso protestar entre los delegados del gobierno.

Viendo su madre y su padre que la joven podía correr algún peligro de muerte si se atrevía a protestar contra la persecución de los gobernantes, se la llevaron a vivir al campo, en una casa situada en las orillas del arroyo Albarregas, pero ella se vino de allá y llegó a la ciudad de Mérida, según la tradición, el 10 de diciembre del año 304, tras una travesía que, según sus biógrafos, estuvo llena de intercesiones milagrosas.

Eulalia se presentó ante el gobernador Daciano y le protestó valientemente diciéndole que esas leyes que mandaban adorar ídolos y prohibían a Dios eran totalmente injustas y no podían ser obedecidas por los cristianos.

Daciano intentó al principio ofrecer regalos y hacer promesas de ayudas a la niña para que cambiara de opinión, pero al ver que ella seguía fuertemente convencida de sus ideas cristianas, le mostró todos los instrumentos de tortura con los cuales le podían hacer padecer horriblemente si no obedecía a la ley del emperador que mandaba adorar ídolos y prohibía adorar a Jesucristo. Y le dijo: "De todos estos sufrimientos te vas a librar si le ofreces este pan a los dioses, y les quemas este poquito de incienso en los altares de ellos". La jovencita lanzó lejos el pan, echó por el suelo el incienso y le dijo valientemente: "Al sólo Dios del cielo adoro; a Él únicamente le ofreceré sacrificios y le quemaré incienso. Y a nadie más".

Entonces el juez pagano mandó que la destrozaran golpeándola con varillas de hierro y que sobre sus heridas colocaran antorchas encendidas. La hermosa cabellera de Eulalia se incendió y la jovencita murió quemada y ahogada por el humo.

Dice el poeta Prudencio que al morir la santa, la gente vio una blanquísima paloma que volaba hacia el cielo, y que los verdugos salieron huyendo, llenos de pavor y de remordimiento por haber matado a una criatura inocente. La nieve cubrió el cadáver y el suelo de los alrededores, hasta que varios días después llegaron unos cristianos y le dieron honrosa sepultura al cuerpo de la joven mártir. Allí en el sitio de su sepultura se levantó un templo de honor de Santa Eulalia, y dice el poeta que él mismo vio que a ese templo llegaban muchos peregrinos a orar ante los restos de tan valiente joven y a conseguir por medio de ella muy notables favores de Dios.

El culto de Santa Eulalia se hizo tan popular que san Agustín hizo sermones en honor de esta joven santa.

Martirios

De madrugada, antes de la salida del sol, llegó a la ciudad, y, valerosa, se presentó ante el tribunal, en medio de cuyos lectores vociferó a los magistrados: "Decidme, ¿qué furia es esa que os mueve a hacer perder las almas, a adorar a los ídolos y negar al Dios criador de todas las cosas? Si buscáis cristianos, aquí me tenéis a mí: soy enemiga de vuestros dioses y estoy dispuesta a pisotearlos; con la boca y el corazón confieso al Dios verdadero. Isis, Apolo, Venus y aun el mismo Maximiliano son nada: aquéllos porque son obra de la mano de los hombres, éste porque adora a cosas hechas con las manos. No te detengas, pues, sayón; quema, corta, divide estos mis miembros; es cosa fácil romper un vaso frágil, pero mi alma no morirá, por más acerbo que sea el dolor",

Airado sobremanera el pretor al oír tales requerimientos, ordenó furioso: "Lector, apresa esta temeraria y cúbrela de suplicios para que así sepa que hay dioses patrios y que no es cosa baladí la autoridad del que manda", Pero inmediatamente, como volviendo sobre sí, dijo el pretor a Eulalia: "Mas, antes de que mueras, atrevida rapazuela, quiero convencerte de tu locura en lo que me es posible. Mira cuántos goces puedes disfrutar, qué honor puedes recibir de un matrimonio digno. Tu casa, deshecha en lágrimas, te reclama: gimiendo estará la angustiada nobleza de tus padres, puesto que vas a caer, tan tiernecita, en vísperas de esponsales y de bodas. ¿O es que no te importan las pompas doradas de un lecho ni el venerable amor de tus ancianos padres, a quienes con tu obstinada temeridad vas a quitar la vida? Mira, ahí están preparados los instrumentos del suplicio: o te cortarán la cabeza con la espada, o te despedazarán las fieras, o se te echará al fuego, y los tuyos te llorarán con grandes lamentos, mientras tú te revolverás entre tus propias cenizas. ¿Qué te cuesta, di, evitar todo esto? Con que toques tan sólo con la punta de tus dedos un poco de sal y un poquito de incienso, quedarás perdonada".

Pero Eulalia nada respondió, sino que, arrebatada de indignación, escupió al rostro del pretor, arrojó al suelo los ídolos que tenía delante de sí, y de un puntapié echó a rodar la torta sacrifical puesta sobre los incensarios.

Inmediatamente dos verdugos se aprestaron a desgarrar sus tiernos pechos y los garfios abrieron sus virginales costados hasta llegar a los huesos, mientras Eulalia tranquilamente contaba sus heridas.

Al contemplar aquella carnicería, Eulalia decía al Señor sin lágrimas ni sollozos: "He aquí que escriben tu nombre en mi cuerpo. ¡Cuán agradable es leer estas letras, que señalan, oh Cristo, tus victorias! La misma púrpura de mi sangre exprimida habla de tu santo nombre".

Y tan abstraída estaba la mártir en su oración, que el dolor atroz que debían causarle aquellos tormentos pasaba totalmente desapercibido, a pesar de que sus miembros, regados con tierna sangre, bañaban de continuo la piel con nuevos borboteos calientes.

Ante aquella intrepidez, los esbirros se dispusieron a aplicarla el último tormento; mas no se contentaron con propinarla azotes que la desgarraran fieramente la piel, que sería poco, sino que la aplicaron por todas partes, al estómago, a los flancos, hachones encendidos. Pero, así que la perfumada cabellera que se deslizaba ondulante por el cuello y se desparramaba suelta por los hombros para cubrir la pudibunda castidad y la gracia virginal de la mártir tocó el chisporroteo de las teas, la llama crepitante voló sobre su rostro, nutriéndose con la abundante cabellera, y la envolvió por completo. Y la virgen, deseosa de morir, se inclinó hacia la llamarada y la sorbió con su boca.

Y, ¡oh maravilla!, he aquí que de su boca salió, rauda, una paloma más blanca que la nieve, que, hendiendo el espacio, tomó el camino de las estrellas: era el alma de Eulalia, blanca y dulce como la leche, ágil e incontaminada. Así lo vieron estupefactos y dieron de ello testimonio el verdugo y el mismo lictor al huir aterrorizados y arrepentidos. La Virgen torció delicadamente el cuello a la salida del alma; apagóse el fuego de la hoguera, y, por fin. quedaron en paz los restos exánimes de la mártir. Todo esto acaeció un día 10 de diciembre.

El cielo cuidó en seguida de velar por el tierno cuerpo de aquella virgen y rendirle las debidas honras fúnebres, porque al punto cayó una nevada que cubrió el foro, y en él el cuerpecito de Eulalia, que yacía abandonado en la helada intemperie como para protegerlo con una grácil mantilla blanca.

Tal es la primorosa descripción que nos dejó Prudencio del martirio de Eulalia de Mérida, en admirable coincidencia con las actas que sobre estas mismas hazañas escribiera un testimonio ocular.

Sigilosamente se aprestarían los cristianos de Mérida a rescatar las preciosas reliquias de aquella intrépida niña que con su muerte acababa de dar tan espléndido testimonio de la fe. Embalsamarían delicadamente su cuerpo y le darían sepultura precisamente en aquel mismo lugar donde pasada la tremenda borrasca de la persecución, se levantó una espléndida basílica, cuyo mármol bruñido -según testimonio de Prudencio, que la vio- iluminaba con cegadores resplandores sus atrios, donde los resplandecientes techos brillaban, con áureos artesonados y los pavimentos de mármol jaspeados daban al peregrino la sensación de pasear en un prado en que se entremezclaban y combinaban las rosas con las demás flores. Y con un lirismo exultante termina el poeta su descripción: "Fuera las lágrimas dulzonas y melindrosas... Cortad, vírgenes y donceles, purpúreas amapolas, segad los encendidos azafranes: no carece de ellos el invierno fecundo, pues el aura tépida despierta los campos para llenar de flores los canastillos. Ofreced, ¡oh jóvenes!, estos presentes, que yo, en medio del corro también quiero llevar una corona en estrofas de poesía, vil y ajada, pero alegre y festiva. Así conviene venerar los huesos que yacen bajo el altar; ella mientras tanto, a los pies de Dios, ve todo esto e intercede, benévola, por nosotros".


Fuente: Wikipedia

lunes, 9 de diciembre de 2019

09/12 - Santa Leocadia, Virgen y Confesora


Según la tradición, Leocadia nació en Toletum (actual Toledo, España) en torno al siglo IV de nuestra era, y era hija de padre griego y madre hispana. Siendo joven, decidió consagrar su virginidad a Dios, y a partir de ese momento sólo llevó vestiduras negras como símbolo de austeridad y rechazo a los placeres del mundo.

Al parecer, era bien conocida por su fervor y piedad en la ciudad, porque a la llegada del pretor Daciano, quien supuestamente había sido enviado a la Península por el emperador Diocleciano para hacer cumplir el edicto de sacrificio a los dioses, fue inmediatamente delatada. Llevada ante el pretorio, se le exigió que ofreciera sacrificio a los dioses tal y como ordenaba el edicto, a lo cual se negó. Por eso, fue desnudada y azotada con 'plumbea' (látigos reforzados en los extremos con bolas de plomo) hasta que aceptase sacrificar, y, como tal cosa no ocurrió, fue arrojada al calabozo.

Parece que, después de ello, Daciano perdió interés en ella, porque partió a Mérida, dejándola allí sin dar nuevas órdenes al respecto. En la prisión, se mortificó con penitencia y trazó una cruz en la pared para orar ante ella y besarla. Algunas versiones dicen que tocó con los dedos la piedra y ésta se hundió milagrosamente bajo éstos; otras, que lo hizo rascando la pared con sus cadenas, y otras, que la dibujó usando la sangre que le manaba de las heridas como tinta.

Falleció en aquella celda a consecuencia de sus heridas, poco después de saber que una niña de Mérida, Eulalia, había sido también torturada y ejecutada (nótese que, mientras la fiesta de Santa Leocadia es el 9 de diciembre, la de Santa Eulalia de Mérida es el 10, lo que supondría que Leocadia no sobrevivió más de un día a las lesiones producidas por la tortura). Su cuerpo fue arrojado a un vertedero para que las alimañas dieran cuenta de él, pero fue enseguida rescatado por la comunidad cristiana de Toledo, que lo llevó a enterrar.

Uno de los eventos más destacables fue el prodigio conocido como “El Milagro de Santa Leocadia”, que ocurrió en tiempos de San Ildefonso. Se dice que los reyes habían solicitado un trozo del velo de la Santa para venerarlo como reliquia, y para allá se fueron con gran pompa, en la catedral de Toledo, para conseguir lo solicitado. Mandó Ildefonso abrir la tumba y, cuando se inclinaba para tocar el cuerpo de la mártir, este de repente se animó, y ante la vista de él, de los reyes y del resto de los presentes, Leocadia abrió los ojos, se levantó y entregó ella misma el trozo de velo al arzobispo, para luego volver a yacer exánime en su sepulcro.

Y finalmente, por lo que respecta a las reliquias, he de decir que éstas se guardan en algunos relicarios muy ricos en la catedral de Toledo. El que contiene la mayor parte del cuerpo de la mártir está en la catedral y algunos huesos están en relicarios menores en el tesoro de la misma.

Meldelen



09/12 - Concepción por Santa Ana de la Santísima Madre de Dios


De la madre de la Santísima Virgen María no hay referencias algunas en los Evangelios ni en los restantes escritos del Nuevo Testamento. Lo que conocemos es por la Santa Tradición. Según estas narraciones, el sacerdote Matán, residente de Belén, tuvo tres hijas: Maria, Sobi y Ana. Maria, luego de casarse en Belén, dio a luz a Isabel, madre de Juan el Bautista; Ana se caso con Joaquín de Galilea, y luego de muchos años tuvieron a la Santísima Virgen María. La tradición nos relata que los padres la consagraron al servicio del templo de Jerusalén a la edad de tres años, y ellos después de pocos años murieron.

Santa Ana era honrada desde la antigüedad; esto lo concluimos por escritos de varios Padres de la Iglesia y también de himnos eclesiásticos antiguos en honor a la madre de la Virgen Maria. También existen referencias del año 550 en el sentido de que emperador Justiniano consagró un templo en Constantinopla en su honor. Pidamos las intercesiones de Santa Ana para la salvación de nuestras almas.

Sumado a los himnos de los oficios, existen íconos y frescos de esta fiesta que los fieles veneran y besan, y que muestran a la santa pareja en un abrazo de amor dentro de su cámara nupcial. María es concebida por sus padres de la misma manera que todos nosotros somos concebidos. Pero en su caso es un acto puro de fe y de amor, en obediencia a la voluntad de Dios y como una respuesta a la oración. En este sentido su concepción es realmente “inmaculada”. Y su fruto es la mujer que por siempre es la purísima Virgen y Madre de Dios. 


Fuente: Arquidiócesis Ortodoxa Griega de Buenos Aires y Sudamérica (Patriarcado Ecuménico) / Arquidiócesis de Buenos Aires y Toda la Argentina (Patriarcado de Antioquía y Todo el Oriente)
Adaptación propia

domingo, 8 de diciembre de 2019

X Domingo de Lucas. Evangelio de la Divina Liturgia


Lc 13,10-17: Enseñaba Jesús en una sinagoga en sábado, y había allí una mujer que desde hacía dieciocho años tenía espíritu de enfermedad, y andaba encorvada y en ninguna manera se podía enderezar. Cuando Jesús la vio, la llamó y le dijo: —Mujer, eres libre de tu enfermedad. Puso las manos sobre ella, y ella se enderezó al momento y glorificaba a Dios.  Pero el alto dignatario de la sinagoga, enojado de que Jesús hubiera sanado en sábado, dijo a la gente: — Seis días hay en que se debe trabajar; en estos, pues, venid y sed sanados, y no en sábado. Entonces el Señor le respondió y dijo: — ¡Hipócrita!, ¿no desatáis vosotros vuestro buey o vuestro asno del pesebre y lo lleváis a beber en sábado?  Y a esta hija de Abraham, que Satanás había atado dieciocho años, ¿no se le debía desatar de esta ligadura en sábado?  Al decir él estas cosas, se avergonzaban todos sus adversarios; pero todo el pueblo se regocijaba por todas las cosas gloriosas hechas por él.