jueves, 16 de enero de 2020

16/01 - San Quirico, obispo de Barcelona


Quírico fue obispo de Barcelona en la segunda mitad del siglo VII, aunque no se conocen con exactitud los años de su pontificado. Su nombre aparece entre los firmantes de las actas del X Concilio de Toledo del año 656. Es posible que hubiera accedido al cargo poco antes, tras el VIII Concilio de Toledo del 653. Por lo que se refiere a su muerte, se suele aceptar que ésta se produjo en torno al año 666. Esta última fecha se deduce de la posición que su sucesor Idalio ocupa en las suscripciones de las actas conciliares.

Se carteó con Ildefonso de Toledo y con Tajón de Zaragoza, intercambio epistolar del que hemos conservado dos cartas dirigidas al primero y una al segundo. Se le adjudica asimismo la paternidad de un himno en honor a Eulalia de Barcelona, composición en la que se le atribuye también la construcción de un convento junto al sepulcro de la santa.

Por lo que se refiere a las dos cartas dirigidas a Ildefonso, la primera se encuadra en el viaje que Quírico realizó a la capital del reino en el año 656 con motivo del X Concilio de Toledo. Entre los asuntos discutidos en este sínodo, se aprobó en primer lugar una fecha fija para la celebración de la fiesta de Santa María, el 18 de diciembre. En este ambiente de devoción mariana se situaría el ofrecimiento por parte de Ildefonso, a la sazón abad del monasterio de Agali, en las cercanías de Toledo, de una copia de su De uirginitate perpetua sanctae Mariae (CPL 1247) a su amigo Quírico. De vuelta a Barcelona, Quírico escribió a finales del 656 o a principios del 657 una carta de agradecimiento por el regalo recibido en la que explica el solaz que la lectura de esta obrita le ha reportado y en la que ensalza la capacidad de Ildefonso de hacer inteligible a todos, pequeños y grandes, el misterio de la Encarnación y del Nacimiento de Cristo. Hemos conservado también la respuesta del propio Ildefonso a esta misiva en la que éste hace recaer todo el mérito de su obra en Dios.

En la segunda carta, escrita entre los años 657 y 666, Quírico anima al por entonces ya obispo de Toledo a que, haciendo uso del talento recibido por obra del Espíritu Santo, continúe con sus estudios y arroje luz sobre los pasajes oscuros de las Sagradas Escrituras, pues muchos serán los que se beneficien de semejante trabajo. Esta misiva de ánimo concluye con una petición personal, pues Quírico ruega al prelado toledano que le envíe todo cuanto escriba. Como en el caso anterior, también ha llegado hasta nosotros la carta de respuesta de Ildefonso, quien confiesa que sus obligaciones le impiden consagrarse por completo al estudio de las Escrituras (cf. ILDEFONSO DE TOLEDO).

La tercera misiva que conservamos de este obispo es la que dirigió a Tajón de Zaragoza. Éste había enviado a Quírico un ejemplar de sus Sentencias, obra en la que se ofrece de forma asequible una exposición de los principales aspectos de la doctrina cristiana utilizando para ello los escritos de Isidoro de Sevilla, Agustín de Hipona y, sobre todo, Gregorio Magno. La obra había sido escrita a instancias del propio Quírico, como indica la carta prefacio que la encabeza, por lo que Tajón le había ofrecido un ejemplar para que la leyera y, por lo visto, también para que la copiara. Parece ser que Quírico dilató demasiado la devolución del manuscrito que se le había prestado, lo que supuso el requerimiento por parte de Tajón. Por fin, el obispo de Barcelona escribe una carta en la que loa el trabajo que Tajón ha llevado a cabo y lo anima a proseguirlo, al tiempo que se disculpa por el retraso en el envío del manuscrito. La carta de Quírico se incorporó a los manuscritos que transmiten las Sentencias, por lo que su fortuna ha corrido paralela a esta obra de Tajón.

Se atribuye también a Quírico la composición de un himno en honor de santa Eulalia de Barcelona: Fulget hic honor sepulcri (Chevalier 6627; cf. HIMNARIO VISIGÓTICO-MOZÁRABE). Compuesto en septenarios trocaicos cuantitativos, está formado por catorce estrofas de tres versos cada una (= 42 versos).


Fuente: www.larramendi.es

martes, 14 de enero de 2020

14/01 - San Julián, Obispo de Toledo


"Nació en la misma ciudad de Toledo, recibió el bautismo en la iglesia catedralicia de Santa María y fue educado en los claustros de dicho templo." Así nos introduce en la semblanza de San Julián el primero de sus biógrafos e inmediato sucesor en la sede metropolitana. De estirpe judía, aunque de padres ya cristianos, su nacimiento vino a ser como flor lozana y fragante que redime de espinas a la zarza en que brotó.

Muy niño, este toledano auténtico fue ofrecido por sus padres para que en calidad de oblato se educase en los claustros de la basílica metropolitana para el servicio del santuario.

Allí recibió su formación espiritual y literaria bajo la dirección del preceptor Eugenio, el más distinguido poeta de toda la época y que, después de haber regido como metropolitano la sede toledana, es hoy venerado como santo.

Durante el tiempo de permanencia en el atrio episcopal, Julián trabó estrechísima amistad con su compañero Gudila y se resalta el paralelismo de aquellas dos vidas destinadas a ocupar puestos de gran relieve en la administración eclesiástica de su tiempo. Hubo un momento en la vida de ambos en el que de mutuo acuerdo pensaron seriamente en abrazar la vida monástica, deseosos de mayor perfección, mas, después de pedir ahincadamente la iluminación celestial y el consejo de los prudentes, decidieron continuar en el orden secular, ascendiendo paulatinamente por los grados de la jerarquía.

La personalidad de Julián se abrillanta cada día más en el candelero enhiesto que era la ciudad real. Fue sobre todo desde la muerte de San Ildefonso cuando descuella y alcanza creciente celebridad en sus ministerios de diácono y presbítero. El conjunto de dotes naturales, la experiencia y maestría reveladas en el cumplimiento de los cargos desempeñados, en la recta gestión de los asuntos, en el trato social, en la digna manera de comportarse; el prestigio de sus virtudes y de su saber hicieron de Julián un dechado que Toledo entero podía admirar y que no podía ocultarse como luz bajo el celemín. Era el "varón de consumada prudencia".

A la terminación del verano del 679 su alma recibió un golpe durísimo con la muerte de su entrañable amigo, a la sazón arcediano, Gudila. A principios de enero del año siguiente moría también el metropolitano Quirico. La sede-vacante duró breves días, pues los electores unánimemente designaron para ocupar la silla de Toledo al esclarecido clérigo Julián, elegido el 16 de enero del 680 y consagrado el domingo, día 29, en el marco opulento de la basílica de Santa María por el obispo de Játiva.

Alrededor de los sesenta años debía de contar el nuevo metropolitano, cuando recayó sobre él la pesada carga del arzobispado de Toledo, que unía a las responsabilidades comunes de los otros prelados las que particularmente se relacionaban con las peculiares de ser obispo de la sede real y metropolitano de la provincia cartaginense, integrada por una veintena de diócesis sufragáneas, con cuyos prelados había de celebrar frecuentes consultas para el mejor resultado de las gestiones pastorales y civiles, someterlos a su propio tribunal, cuando la conducta de éstos así lo exigiera, y convocarles a concilio según las normas canónicas de la iglesia hispana.

Era tal la amplitud de funciones y de ejercicio de la Jurisdicción, que es fácil suponer la actividad del nuevo metropolitano.

En los comienzos del pontificado, un hambre horrenda fustigó a España. Las muertes por inanición se multiplicaban por doquier. Con tal motivo Julián hubo de desvivirse para remediar a los necesitados en grado tal, que las fuentes visigóticas, que apenas aluden en ningún momento a la beneficencia, reservan para el metropolitano de Toledo unas frases llenas del mayor encomio: "No podía ver que nadie estuviera necesitado sin lanzarse inmediatamente en su socorro, y fue tan extraordinaria su caridad, que jamás negaba cosa alguna al que se le acercaba; con tal modo de proceder buscaba hacerse grato a Dios y útil a los hombres".

Un asunto de enorme trascendencia política se produjo cuando apenas llevaba ocho meses ocupando la sede toledana. Traidoramente se había suministrado un narcótico al rey Wamba y durante el sopor producido por el bebedizo, el conde Ervigio, taimado autor de la felonía, hizo llamar al metropolitano a la residencia real y en ella le mostró un documento firmado por el monarca, a quien todos los ajenos a la conjura consideraban gravemente enfermo y sin sentido. En este documento, que el arzobispo vio refrendado por la suscripción real, el rey manifestaba vehementes deseos de morir con la profesión y hábito de penitente público. Engañado con tamaña falacia, procedió Julián a tonsurar al inconsciente monarca, reduciéndole al estado penitencial, por lo que quedaba incapacitado, si recuperaba la salud, para continuar ocupando el trono.

La añagaza de Ervigio para adueñarse del cetro visigótico hizo de San Julián un cómplice inconsciente, pues debe descartarse toda voluntariedad en la farsa, ya que, posteriormente a ella, a la pluma ágil del metropolitano de Toledo se debe la mejor apología del depuesto monarca.

Por el bien de la paz, el gran ideal de la iglesia hispana, se aceptó el hecho consumado y el arzobispo se vio compelido por la fuerza de las circunstancias a acatar la elección de Ervigio, reconocido como rey por quienes en la legislación vigente eran los legítimos electores.

Otro incidente serio se produjo con ocasión de haberse recibido en España para la adhesión del episcopado peninsular las actas del concilio tercero de Constantinopla, sexto de los ecuménicos. A la expresa aceptación de los obispos españoles, Julián, fogoso teólogo, adicionó un escrito donde se encontraron expresiones que en la curia pontificia parecieron malsonantes, sobre todo en aquella época en la que cualquier impropiedad de léxico podía acarrear tolvaneras de polémica, Al conocer el metropolitano la sospecha de heterodoxia, surgida en Roma sobre la pureza de su fe, tuvo una reacción enérgica; redactó otro escrito, avalado con testimonios de la Sagrada Escritura y de los Santos Padres, y lo remitió al Romano Pontífice con sensibles muestras de enojo, deslizando en él palabras duras para los contradictores. Esta nueva explicación, impecable desde el punto de vista teológico, satisfizo plenamente y traducida al griego se hizo llegar hasta el palacio imperial de Bizancio y tanto aquí como en la corte pontificia del papa Agatón mereció los más cumplidos elogios.

Fue durante su episcopado cuando la sede toledana alcanzó su más alto nivel en la jerarquía eclesiástica nacional. Celebrábase en los primeros días de enero del 681 el XII Concilio de Toledo. Tuvo carácter de asamblea nacional de todos los obispos del reino y en él se reunieron treinta y nueve prelados. El hecho de que Toledo fuera la sede metropolitana de la corte y el sistema en uso de la intervención real en el nombramiento de los cargos eclesiásticos inspiró la idea de que, para la mayor rapidez en la terminación de las sedes vacantes, los restantes metropolitanos cedieran en favor del de Toledo sus derechos de examen y confirmación de los obispos electos, quienes únicamente quedaban obligados a presentarse ante su respectivo arzobispo en el plazo de tres meses posteriores a su consagración. Esto, que canónicamente fue una norma de gobierno, acrecentó extraordinariamente la figura jerárquica del metropolitano de Toledo. A partir de "tan singular prerrogativa" —así se la designa en los textos conciliares—, el arzobispo de Toledo adquiere una indiscutible preeminencia sobre todos los prelados del reino. El será el primero en estampar su firma en las actas de los concilios y en presidir las sesiones sin guardar para nada el orden acostumbrado de antigüedad en la sede; en los casos de urgencia es él quien resuelve; muy en breve será su provincia la primera en reunirse para dar la norma a las demás sobre la citada adhesión al concilio, ecuménico de Constantinopla, mandando los demás metropolitanos sus representantes al sínodo de Toledo. En pocas palabras, tenemos la primacía de la iglesia toledana surgida canónicamente en los tiempos en que el metropolitano Julián vive el primer año de pontificado. La densa biografía de este insigne prelado, el más preclaro sin duda entre los celebérrimos que ocuparon la sede a lo largo del siglo VII, es difícil de condensar en una breve semblanza.

Hay, sin embargo, un aspecto, el de su producción literaria, que no puede ser pasado por alto. En la nota bibliográfica se elencan las obras llegadas hasta nosotros. En ellas se atiende a las necesidades presentes y todas manifiestan un clima de madurez, un perfilado estilo literario y una agudeza de pensamiento, que coronan el ciclo intelectual iniciado con San Isidoro a principios de la centuria.

El domingo, 6 de marzo del 690, fallecía San Julián a los diez años, un mes y siete días de haber ocupado la silla toledana. Su cuerpo, como el de sus antecesores, recibió sepultura en la basílica martirial de Santa Leocadia, junto al venerado cuerpo de la Santa.

Quien le trató íntimamente durante la vida y le sucedió a su muerte, nos ha dejado el más cumplido panegírico de sus virtudes episcopales.

Fue —escribe— limosnero con exceso, si en ello puede darse exceso, acudiendo prontamente al socorro de los desgraciados y poniéndose en el lugar de los débiles oprimidos.

"En sus intervenciones era discreto, y valiente en la resolución de los negocios intrincados; justo en dirimir los juicios, estuvo siempre inclinado a la aminoración de la pena, y dispuesto siempre a salir por los fueros de la justicia".

"Uníanse a estas dotes el laudable dominio de sí durante los debates, la fluidez de su palabra y la admirable devoción sentida por la exactitud en el rezo de las divinas alabanzas, estando siempre pronto para salir al paso de la más leve duda surgida sobre ello.

"Cuidadoso en extremo de la iluminación de los templos, se mostró eximio en vindicar el derecho de las basílicas, alerta en el gobierno de los súbditos y preparado siempre para escuchar a los humildes".

"Si en el ejercicio de tan alto cargo quiso rodearse de la magnificencia digna de su autoridad, privadamente estaba dotado de una humildad evangélica y sobresalía por la probidad integral de sus costumbres".

"Fue tal su misericordia que jamás hubo angustiado a quien no procurase aliviar, y era tan caritativo que nunca negó lo que por caridad se le pedía.

"De esta forma trabajó por hacerse agradable a Dios en todo y útil a los hombres, consiguiendo siempre agradar a Aquél y, en cuanto le fue posible, satisfacer a éstos por Dios.

"Y si en los dotes naturales no fue inferior a ninguno de sus nobles predecesores, tampoco les fue desigual por la abundancia de sus dignos merecimientos".

Tan bella apología que, como una estela laudatoria de su preclara existencia ha llegado hasta nosotros, se centra en torno a las tres grandes virtudes episcopales: celo, justicia y caridad, en las que sobresalió en grado preeminente, aunque la posteridad le estime más por la herencia recibida de su insigne magisterio doctrinal.

J. FRANCISCO RIVERA


domingo, 12 de enero de 2020

12/01 - San Victorián (Victoriano), Confesor


Victorián o Victoriano, santo de origen italiano, compañero y discípulo de San Benito, santo patrón de Europa y del monaquismo occidental. Victorián murió como abad del Monasterio de San Martín de Asán después del año 551, año en que ordenó al obispo de Osca Vicente (557-576), como diácono, y Victorián fue testigo del testamento donde el futuro obispo legó sus bienes al monasterio.

Probable seguidor de San Benito en las primeras fundaciones eremíticas de éste en Subiaco, pronto marchó a Francia con otros compañeros para propagar las enseñanzas monacales benedictinas, donde alcanzó fama de santidad y de notorio sanador. Huyendo de dicha fama, cruzó los Pirineos y se refugió en la agreste Sierra de Guara, donde desde muchos años antes vivían varios cenobitas, cristianos que huían del mundo para encontrar la perfección espiritual en la soledad, cobijados entre las abundantes cuevas cársticas características del mencionado macizo calizo de Guara.

Así, Victorián habitó su pequeño cenobio, (hoy conocido como La Espelunca, situado en una pequeña cueva, dedicado al santo provenzal San Ginés de Arles). Pero las gentes del lugar, atraídos por su saber, cultura y fortaleza espiritual, quisieron que bajara de la Peña para estar más accesible al pueblo, y le ofrecieron una pequeña propiedad en Arasarre (Isarre, Santa Eulalia la Mayor, actualmente un despoblado -desde el siglo XVIII- en el barranco de Vadiello, un afluente del río Guatizalema), en la vertiente sur de la Sierra de Guara.

Su fama, cimentada por su adscripción a las enseñanzas de San Benito, se extendió tanto que fue elegido abad por los monjes del principal y más antiguo monasterio de la región, de origen y rito visigodo y foco monástico de toda la región oscense, el Monasterio de San Martín de Asán. Allí reformó el rito proponiendo una regla para sus monjes que, desafortunadamente, no ha llegado hasta nosotros. Murió con edad avanzada (circa 561). San Venancio lo cita en sus Carmina miscellanea, comentando sus virtudes y milagros en un epitafio unos 30-40 años después de su muerte.

Su monasterio, antes de la invasión árabe, se convirtió con la regla de San Victorián en un verdadero seminario episcopal de la Diócesis de Huesca y de la Provincia Eclesiástica Tarraconense: los obispos oscenses como el mencionado Vicente (557-576) o Audeberto (683, 693) fueron antes monjes o abades de Asán, así como los obispos San Gaudioso de Tarazona (527-541), Aquilino de Narbona, Tranquilino de Tarragona y Eufrónimo de Zamora.

Las reliquias de San Victorián recibieron culto en su Monasterio de San Martín de Asán, que tras la Invasión musulmana de la Península Ibérica, y sobre todo, tras el impulso reconquistador del Condado de Aragón, fue casi desmantelado y trasladó su primacía (y las santas reliquias) al Castillo-Monasterio de Montearagón, junto a Huesca y al Real Monasterio de San Victorián de Sobrarbe, que recogió la tradición victoriana. El culto fue impulsado por los primeros condes y reyes de Aragón y Sobrarbe, hasta el punto de acompañar sus reliquias al campo de batalla. En el siglo XI aparecen los primeros documentos que citan el Real Monasterio de San Victorián. El rey Sancho Ramírez en 1077 dona a este Monasterio todos los beneficios que en Ribagorza contaba el Monasterio de Obarra, más de 60 km² de propiedades, con granjas en el Turbón o la villa y castillo de Graus.


Fuente: Wikipedia

Domingo después de Epifanía. Lecturas de la Divina Liturgia


Ef 4,7-13: Hermanos, sin embargo, cada uno de nosotros ha recibido su propio don, en la medida que Cristo los ha distribuido. Por eso dice la Escritura: "Cuando subió a lo alto, llevó consigo a los cautivos y repartió dones a los hombres". Pero si decimos que subió, significa que primero descendió a las regiones inferiores de la tierra. El que descendió es el mismo que subió más allá de los cielos, para colmar todo el universo. El comunicó a unos el don de ser Apóstoles, a otros Profetas, a otros predicadores del Evangelio, a otros pastores o maestros. Así organizó a los santos para la obra del ministerio, en orden a la edificación del Cuerpo de Cristo, hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, al estado de Hombre Perfecto y a la madurez que corresponde a la plenitud de Cristo.

Mt 4,12-17: En aquel tiempo, cuando Jesús oyó que Juan había sido entregado, se retiró a Galilea. Y dejando Nazaret, vino a residir en Cafarnaúm junto al mar, en el término de Zabulón y Neftalí; para que se cumpliese el oráculo del Profeta Isaías: ¡Tierra de Zabulón, tierra de Neftalí, camino del mar allende el Jordán, Galilea de los gentiles! El pueblo que habitaba en tinieblas ha visto una gran luz; a los que habitaban en paraje de sombras de muerte una luz les ha amanecido. Desde entonces comenzó Jesús a predicar y decir: “Arrepiéntanse, porque el Reino de los Cielos se ha acercado”.

martes, 7 de enero de 2020

Oficios del resto del mes de enero de 2020 en la Catedral de Madrid


SÁBADO 11/01
Vísperas del Domingo ………………...........….……….. 18:30

DOMINGO   12/01
DOM. DESPUÉS DE LA SANTA TEOFANÍA; S. Tatiana gran mártir; S. Saba arzob. de Serbia taum.
Maitines ….…………………...………….……………. 09:30
Liturgia ….…..….....….……...…………...…………… 10:45

SÁBADO 18/01
Vísperas del Domingo ………………………………..... 18:30

DOMINGO 19/01
XII DE LUCAS; TEOFANÍA DEL SEÑOR (viejo cal.); S. Macario de Egipto; S. Marcos de Éfeso
Maitines …………...………………………………….. 09:30
Liturgia ……...……...………………………………… 10:45
Gran Santificaciόn de las Aguas ……………….................................. 12:00

VIERNES 24/01
Sacramento del Óleo Santo …………..………..……. 19:00  

SÁBADO 25/01
Vísperas del Domingo …………...…......………….….. 18:30

DOMINGO 26/01
DOM. XV DE LUCAS; SS. Jenofonte y Amonas taum.
Maitines ………....………………...………………….. 09:30
Liturgia ……….…...………………………………….. 10:45

JUEVES 30/01
SS. TRES JERARCAS (Basilio Magno, Gregorio el Teólogo; Juan Crisóstomo)
Liturgia ………...…...………………………..……….. 10:15

ADEMÁS, DIVINA LITURGIA EN UCRANIANO CADA DOMINGO A LAS 13:00

lunes, 6 de enero de 2020

07/01 - Sinaxis de San Juan Bautista


Hoy celebramos la Sinaxis en honor del sacratísimo Precursor, que ministró en el Misterio del Divino Bautismo de nuestro Señor Jesucristo. Descanso de las labores. Se permite el pescado.

Lecturas de la Divina Liturgia

Hch 19,1-8: Mientras Apolos se hallaba en Corinto, Pablo atravesó la región montañosa y llegó a Éfeso. Encontró allí a varios creyentes, a quienes preguntó: –¿Recibisteis el Espíritu Santo cuando os hicisteis creyentes? Ellos contestaron: –Ni siquiera habíamos oído hablar del Espíritu Santo. –Pues ¿qué bautismo recibisteis? –les preguntó Pablo. Le respondieron: –El bautismo de Juan. –Sí –les dijo Pablo–, Juan bautizaba a los que se convertían a Dios, pero les decía que creyeran en el que vendría después de él, es decir, en Jesús. Habiendo oído esto, fueron bautizados en el nombre del Señor Jesús; y cuando Pablo les impuso las manos vino sobre ellos el Espíritu Santo, y hablaban en otras lenguasg y comunicaban mensajes proféticos. Eran en total como unos doce hombres. Durante tres meses, Pablo estuvo acudiendo a la sinagoga, donde anunciaba el mensaje sin ningún temor, y hablaba y trataba de convencer a la gente acerca del reino de Dios.

Jn 1,29-34: Al día siguiente, Juan vio a Jesús que se acercaba a él, y dijo: “¡Mirad, ese es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo! A él me refería yo cuando dije: ‘Después de mí viene uno que es más importante que yo, porque existía antes que yo.’ Yo mismo no sabía quién era él, pero he venido bautizando con agua precisamente para que el pueblo de Israel le conozca.” Juan también declaró: “He visto al Espíritu Santo bajar del cielo como una paloma, y reposar sobre él. Yo aún no sabía quién era él, pero el que me envió a bautizar con agua me dijo: ‘Aquel sobre quien veas que el Espíritu baja y reposa, es el que bautiza con Espíritu Santo.’ Yo ya le he visto, y soy testigo de que es el Hijo de Dios.”