jueves, 28 de febrero de 2019

HOMILÍA CATEQUÉTICA EN EL COMIENZO DE LA SANTA Y GRAN CUARESMA 2019


+ BARTOLOMÉ
Por la misericordia de Dios, Arzobispo de Constantinopla-Nueva Roma 
y Patriarca Ecuménico
A la plenitud de la iglesia
Que la Gracia y la Paz de nuestro Señor y Salvador Jesucristo estén con vosotros
junto con nuestra Oración, Bendición y Perdón. 

Con la gracia de Dios, el dador de todos los dones, una vez más hemos llegado a la Santa y Gran Cuaresma, el escenario de la lucha ascética, para purificarnos con la ayuda del Señor a través de la oración, el ayuno y la humildad, así como para prepararnos, nosotros mismos,para una experiencia espiritual de la venerable pasión y lacelebración de la espléndida resurrección de Cristo Salvador.


En un mundo de confusión múltiple, la experiencia ascética de la ortodoxia constituye un activo espiritual invaluable, una fuente inagotable de conocimiento divino y sabiduría humana. El bendito fenómeno de la ascesis, cuyo espíritu invade toda nuestra forma de vida, ya que "el ascetismo es el cristianismo en su totalidad", no es el privilegio de unos pocos o elegidos, sino un "evento eclesial", un bien comunitario, una bendición compartida y la vocación común para todos los fieles sin excepción. Las luchas ascéticas, por supuesto, no son un fin en sí mismas; el principio de que "la ascesis existe por el bien de la ascesis" no es válido. El propósito de la ascesis es la trascendencia de la propia voluntad y la "mente de la carne", la transferencia del centro de la vida del deseo individual y el "derecho" hacia el amor que "no busca lo suyo", de acuerdo con el pasaje de las Escrituras: "Que nadie busque su propio bien, sino el bien del otro" (1 Cor. 10.24).

Tal es el espíritu que prevalece a lo largo del extensoviaje histórico de la ortodoxia. En el Nuevo Miterikon, encontramos una excelente descripción de este espíritu para renunciar a “nuestro propio” en nombre del amor: “Algunos ermitaños de Scetis se acercaron a AmmaSarah, quien les ofreció un contenedor con provisiones básicas. Los monjes apartaron la buena comida y consumieron la mala. El justo Sarah les dijo: 'Vosotros sois verdaderamente monjes de Scetis' " Esta sensibilidad y el uso sacrificial de la libertad es ajeno al espíritu de nuestra era, que identifica la libertad con afirmaciones individuales y reclamos de derechos. El hombre “autónomo” contemporáneo nunca habría consumido la mala comida, sino solo el bueno, convencido de que de esta manera expresa, al tiempo que emplea de manera auténtica y responsable, la libertad individual.

Aquí es donde reside el valor supremo del concepto ortodoxo de la libertad humana. Es una libertad que no exige sino que comparte, no insiste sino que se sacrifica. El creyente ortodoxo sabe que la autonomía y la autosuficiencia no liberan a la humanidad de las ataduras del ego, de la autorrealización y la justificación propia. La libertad "por la cual Cristo nos ha liberado" (Gál. 5.1) moviliza nuestra capacidad creativa y se cumple como rechazo del encierro, como amor incondicional y comunión de vida.

El espíritu ascético ortodoxo no conoce la división y el dualismo; no rechaza la vida, sino que la transforma. La visión dualista y la negación del mundo no es un concepto cristiano. El ascetismo genuino es luminoso y caritativo. Una característica de la autoconciencia ortodoxa es que el período de ayuno está permeado por la alegría de la Cruz y la Resurrección. Además, la lucha ascética de los cristianos ortodoxos, al igual que nuestra espiritualidad y la vida litúrgica en general, comunica la fragancia y el resplandor de la Resurrección. La Cruz se encuentra en el corazón de la piedad ortodoxa, pero no es el último punto de referencia en la vida de la Iglesia. En cambio, la esencia de la vida espiritual ortodoxa es el gozo inefable de la Resurrección, hacia la cual la Cruz constituye el camino. En consecuencia, durante el período de Gran Cuaresma, la quintaesencia de la experiencia de los cristianos ortodoxos es siempre el anhelo de la "resurrección común".

Orad, entonces, amados hermanos y hermanas en el Señor, para que podamos ser considerados dignos, con la gracia y el apoyo de lo alto, a través de las intercesiones de la Madre de Dios y de todos los santos, para que podamos correr la carrera de la Sagrada y Gran Cuaresma de una manera apropiada y alegre ante Cristo, ejercitando alegremente, en obediencia al gobierno de la tradición de la iglesia, la "lucha común" del ayuno que extingue las pasiones, orando constantemente, ayudando a los que sufren y a los necesitados, perdonándonos unos a otros y "dando gracias por todas las cosas" (Tes. 5.18), para que podamos venerar con un corazón devoto la "Pasión Santa, Salvadora e Impresionante", así como la Resurrección vivificante de nuestro Señor, Dios y el Salvador Jesucristo, a quien pertenecen la gloria, el poder y la acción de gracias por los siglos de los siglos. Amén.

Santa y Gran Cuaresma 2019
 Bartolomé de Constantinopla
Suplicante ferviente por todos ante Dios.

¡Por muchos años, Señor!


Felicitamos desde nuestro blog de noticias a Su Toda Santidad Bartolomé I, Arzobispo de Constantinopla-Nueva Roma y Patriarca Ecuménico, que en en este día 28/29 de febrero celebra su cumpleaños, y le pedimos a Dios que le conceda muchos años más de vida llenos de abundantes frutos espirituales.

29/02 - Justo Juan Casiano el Confesor


(Nota: Si no es año bisiesto, los himnos de San Juan Casiano se transfieren al 28/02).

Este Santo nació hacia el año 350 y era, según algunos, originario de Roma; según otros, de Dacia Póntica (la actual Dobrogea, en Rumanía). Era un hombre erudito que primeramente sirvió en el ejército. Después abandonó la vida militar y se hizo monje en Belén con su amigo y compañero en el ascetismo Germano de Dacia Póntica, cuya memoria también se celebra hoy.

Oyendo de la fama de los grandes Padres de Escete, ambos se fueron a Egipto hacia el año 390; sus encuentros con los famosos monjes de Escete están recogidos en las ‘Conferencias’ de San Juan.

En el año 403 los amigos se fueron a Constantinopla, donde Casiano fue ordenado diácono por San Juan Crisóstomo; sespués del exilio de este, los Santos Casiano y Germano se dirigieron a Roma con cartas para el Papa Inocencio I en defensa del exiliado Arzobispo de Constantinopla. Allí San Casiano fue ordenado presbítero y enviado a Marsella, donde fundó el famoso monasterio de San Víctor.

San Juan Casiano reposó en paz hacia el año 433.

La última de sus obras fue ‘De la Encarnación del Señor, contra Nestorio’, escrita en el año 430 a petición de León, Arcediano del Papa Celestino. En ella Casiano fue el primero en mostrar la relación espiritual entre el pelagianismo, que enseñaba que Cristo era un mero hombre que sin la ayuda de Dios había evitado el pecado y que era posible para el hombre vencer al pecado por sus propios esfuerzos, y el nestorianismo, que enseñaba que Cristo era un mero hombre usado como instrumento por el Hijo de Dios pero no Dios encarnado; de hecho, cuando Nestorio se convirtió en Patriarca de Constantinopla en el año 428, hizo mucho hincapié en perseguir a los herejes, exceptuados los pelagianos, a quienes recibió en la comunión y por quienes intercedió ante el Emperador y el Papa Celestino.

Otro error, opuesto al pelagianismo pero igualmente peligroso, era el que sostenía que el hombre estaba tan corrompido tras la caída que no podía hacer nada por su salvación y que Dios simplemente predestinaba a algunos hombres a la salvación y a otros a la condenación. San Juan Casiano refutó esta blasfemia en la decimotercera de sus ‘Conferencias’ con el Abad Queremón, que expone ampliamente, con elocuencia y abundantes citas de las Sagradas Escrituras la doctrina ortodoxa del equilibrio entre la gracia de Dios y los esfuerzos del hombre.

San Benito de Nursia, en el capítulo 73 de su Regla, coloca las ‘Instituciones’ y las ‘Conferencias’ de San Juan Casiano en el primer lugar entre los escritos de los Padres monásticos, y ordena que sean leídas en sus monasterios; de hecho, la Regla de San Benito es en gran parte deudora de las ‘Instituciones’ de San Juan Casiano. San Juan Clímaco también lo alaba mucho en la sección 105 del Escalón 4 de su ‘Santa Escala’ (sobre la obediencia).

28/02 - Basilio el Confesor


Los Santos Procopio y Basilio, compañeros en el ascetismo, vivieron hacia la mitad del siglo VIII, durante el reinado de León el Isáurico (717-741), de quien sufrieron mucho por su veneración de los santos iconos. Acabaron su vida en la disciplina ascética.

miércoles, 27 de febrero de 2019

27/02 - San Leandro, Obispo de Sevilla


Leandro vio la luz en una familia de abolengo greco romano. En Cartagena de la Andalucía española. Y por los años de 535 a 540. Hermano de tres santos —San Isidoro, su sucesor en la silla Hispalense; San Fulgencio, obispo de Ecija, y Santa Florentina, virgen— santo también fue él, con su festividad litúrgica el 27 de febrero.

La carrera de su santidad se reduce a los siguientes tramos: abrazó en buena hora la vida monástica. Y su condición de monje le abrió las puertas para ejercer una preponderante influencia en la Península, sobre todo por lo que respecta al porvenir religioso de España.

La Providencia enredó así las cosas: sus padres emigraron de Cartagena a Sevilla. Nombrado obispo metropolitano de aquella ciudad, creó una escuela —ya se había dedicado a la enseñanza cuando monje— destinada a propagar la fe ortodoxa y que sirviera, a la vez, de estímulo para el estudio de todas las artes y de todas las ciencias conocidas. El mismo llevó muy entre manos los quehaceres escolares. Entre los alumnos de esta escuela se contaron los dos hijos del rey Leovigildo, Hermenegildo Y Recaredo. El ascendiente de todo buen maestro sobre el discípulo supo aprovecharlo San Leandro para mantener en la fe católica al primogénito del rey, con magnífico ejemplo y harto provecho para los católicos españoles. Hermenegildo, atraído a las lides de la fe nicena por el trato de San Leandro y los consejos de su buena esposa Ingunde, supo despreciar la herejía arriana. Leovigildo asentó la capital del reino visigodo en Toledo y asoció a su hijo en el reino, asignándole la Bética, con residencia en Sevilla. La persecución arriana —y con ella la guerra civil— estalló bien pronto contra el catolicismo. Leovigildo, en sus aires de grandeza y unificador, estimó la herejía arriana como vínculo de unión y grandeza. Todo fue llevado a sangre y fuego; la violencia de la prisión o del exilio se servirá en bandeja a los recalcitrantes. A Leandro se le obligará a abandonar su iglesia metropolitana y la patria madre.

Pero antes del destierro, cuando Leovigildo, desnaturalizado padre, asediaba al joven rey, su hijo Hermenegildo, que resistía en Sevilla la impugnación de la herejía arriana, Leandro marchó a Constantinopla a implorar socorro del emperador bizantino. En Bizancio conoció el monje obispo a otro monje —a la sazón apocrisario del papa Pelagio II en aquellas tierras— destinado a la suprema magistratura de la Iglesia: Gregorio, el magistrado romano y monje, con el que trabó una íntima amistad que unirá sus vidas en criterio y afecto hasta el fin y que Leandro sabrá explotar para el bien de España. Gregorio el Grande escribirá las Morales (exposición del libro de Job), que tanta repercusión tendrán en la ascética moral del medievo, animado por Leandro. La correspondencia gregoriana que se nos ha conservado demuestra la fuerte y perenne amistad de estos dos santos (Cf. Epíst. 1,41; 5,49; 9,121). Elevado a la Cátedra de Pedro, Gregorio se apresura a enviar a su amigo Leandro el palio arzobispal, con unas letras que revelan la alta estima que tenía de su virtud: "Os envío el palio que debe servir para las misas solemnes. Al mismo tiempo debería prescribiros las normas de vivir santamente; pero mis palabras se ven reducidas al silencio por vuestras virtuosas acciones". Es tradición que el Papa donó al arzobispo de Sevilla una venerada imagen de Nuestra Señora de Guadalupe.

Leandro regresó de Constantinopla cuando amainaba la persecución suscitada por Leovigildo. Vio el final de este rey y los buenos consejos que dio a su hijo Recaredo, sin duda influenciado por el príncipe mártir.

Una nueva era amaneció para España cuando Recaredo se sentó en el trono. Leandro pudo volver a su diócesis sevillana y el nuevo rey, vencidos los francos, convocó el histórico III Concilio de Toledo, en el año de gracia de 589. Recaredo abjura la herejía arriana: hace profesión de fe, enteramente conforme con el símbolo niceno; declara que el pueblo visigodo —unido de godos y suevos— se unifique en la fe verdadera y manda que todos sus súbditos sean instruidos en la ortodoxia de la fe católica. El alma de aquel concilio era Leandro. Y ésta es su mayor gloria. En medio de aquellas intrigas visigóticas, supo intrigar santamente en la corte real, con el exuberante fruto de la conversión de su rey. Al santo obispo de Sevilla se le debe, corno causa oculta pero eficiente, la conversión en masa del reino visigodo y la iniciación del desarrollo en España de una vida religiosa muy activa que se traslucirá en la institución de parroquias rurales y en la fundación de no pocos monasterios. La Iglesia española alcanzó, en los celebérrimos concilios de Toledo —iniciados prácticamente en este tercero— una importancia de primerísimo orden. La legislación visigótica, desde entonces, fue totalmente impregnada de cristianismo. Esta es la obra de San Leandro. Con razón podía gloriarse y exteriorizar su gozo en la clausura del concilio con estas palabras: "La novedad misma de la presente fiesta indica que es la más solemne de todas... Nueva es la conversión de tantas gentes, y si en las demás festividades que la Iglesia celebra nos regocijamos por los bienes ya adquiridos, aquí, por el tesoro inestimable que acabamos de recoger. Nuevos pueblos han nacido de repente para la Iglesia: los que antes nos atribulaban con su rudeza, ahora nos consuelan con su fe. Ocasión de nuestro gozo actual fue la calamidad pasada. Gemíamos cuando nos oprimían y afrentaban; pero aquellos gemidos lograron que los que antes eran peso para nuestros hombros se hayan trocado por su conversión en corona nuestra... Alégrate y regocíjate, Iglesia de Dios; alégrate y levántate formando un solo cuerpo con Cristo; vístete de fortaleza, llénate de júbilo, porque tus tristezas se han convertido en gozo, y en paños de alegría tus hábitos de dolor. He aquí que, olvidada de tu esterilidad y pobreza, en un solo parto engendraste pueblos innumerables para tu Cristo. Tú no predicas sino la unión de las naciones, no aspiras sino a la unidad de los pueblos y no siembras más que los bienes de la paz y de la caridad. Alégrate, pues, en el Señor, porque no has sido defraudada en tus deseos, puesto que aquellos que concebiste, después de tanto tiempo de gemidos y oración continua, ahora, pasado el hielo del invierno y la dureza del frío y la austeridad de la nieve, repentinamente los has dado a luz en gozo, como fruto delicioso de los campos, como flores alegres de primavera y risueños sarmientos de vides".

Poco después de este acontecimiento, de los más grandes en la historia del cristianismo español —la conversión de los visigodos fue real y sincera—, fue elevado al Pontificado en 590, Gregorio el Magno. El Papa y amigo felicitó efusivamente a Leandro.

El metropolitano de Sevilla consagró el resto de su vida a edificar a su pueblo con la práctica de la virtud —luz que ilumina— y el trabajo de sus escritos —sal que condimenta—. Entre sus obras escritas —todas perdidas, a excepción de algunos fragmentos de su discurso en el III Concilio de Toledo y la que ahora indicamos— se destaca por el encanto y doctrina evangélica que contiene la carta que dirigió a su hermana Florentina. Es un bello tratadito sobre el desprecio del mundo y la entrega a Dios de las vírgenes consagradas. Influyó sobremanera en la posteridad para el género de vida monástico femenino. Comúnmente se llama a esta carta la regla de San Leandro.

Los últimos años de su vida, retirado de la política, fueron fecundos en obras santas, dignas del mejor obispo: penitencias, ayunos, estudio de las Sagradas Escrituras, obligaciones pastorales. Afligido por la enfermedad de la gota —la misma enfermedad que sufría por entonces su amigo Gregorio el Magno— supo recibirla como un favor del cielo y como una gracia muy grande para expiar sus faltas,

Moría probablemente el mismo año que Recaredo, en 601, dejando fama de verdadero hombre de estado y de obispo digno del apelativo de su amigo, grande.

JUAN MANUEL SANCHEZ GÓMEZ


Fuente: www.mercaba.org

27/02 - Procopio el Confesor de Decápolis


Los Santos Procopio y Basilio, compañeros en el ascetismo, vivieron hacia la mitad del siglo VIII, durante el reinado de León el Isáurico (717-741), de quien sufrieron mucho por su veneración de los santos iconos. Acabaron su vida en la disciplina ascética.

martes, 26 de febrero de 2019

CATECHETICAL HOMILY at the Opening of Holy and Great Lent 2019


CATECHETICAL HOMILY
At the Opening of Holy and Great Lent
+ BARTHOLOMEW
By God’s mercy Archbishop of Constantinople-New Rome and Ecumenical Patriarch
To the Plenitude of the Church
May the Grace and Peace of our Lord and Savior Jesus Christ be with you together with our Prayer, Blessing and Forgiveness
With the grace of God, the giver of all gifts, we have once again arrived at Holy and Great Lent, the arena of ascetical struggle, in order to purify ourselves with the Lord’s assistance through prayer, fasting and humility, as well as to prepare ourselves for a spiritual experience of the venerable Passion and the celebration of the splendid Resurrection of Christ the Savior.
In a world of manifold confusion, the ascetic experience of Orthodoxy constitutes an invaluable spiritual asset, an inexhaustible source of divine knowledge and human wisdom. The blessed phenomenon of ascesis, whose spirit pervades our entire way of life – for “asceticism is Christianity in its entirety” – is not the privilege of the few or chosen, but an “ecclesial event,” a communal good, a shared blessing and the common vocation for all faithful without exception. The ascetical struggles, of course, are not an end in themselves; the principle that “ascesis exists for the sake of ascesis” is not valid. The purpose of ascesis is the transcendence of one’s own will and the “mind of the flesh,” the transferal of the center of life from individual desire and the “right,” toward love that “does not seek its own,” in accordance with the scriptural passage: “Let no one seek his own good, but the good of the other.” (1 Cor. 10.24)
Such is the spirit that prevails throughout the long historical journey of Orthodoxy. In the New Miterikon, we encounter an excellent description of this ethos to renounce “our own” in the name of love: “Some hermits from Scetis once approached Amma Sarah, who offered them a container with basic provisions. The elders set aside the good food and consumed the bad. The righteous Sarah said to them: ‘You are truly monks from Scetis’”[1]This sensitivity and sacrificial use of freedom is foreign to the spirit of our age, which identifies freedom with individual assertions and claims for rights. Contemporary “autonomous” man would never have consumed the bad food, but only the good, convinced that in this way he expresses – while authentically and responsibly employing – individual freedom.
This is where the supreme value of the Orthodox concept of human freedom lies. It is a freedom that does not demand but shares, does not insist but sacrifices. The Orthodox believer knows that autonomy and self-sufficiency do not liberate humanity from the shackles of the ego, of self-realization and self-justification. The freedom “for which Christ has set us free” (Gal. 5.1) mobilizes our creative capacity and is fulfilled as rejection of self-enclosure, as unconditional love and communion of life.
The Orthodox ascetical ethos does not know division and dualism; it does not reject life, but rather transforms it. The dualistic vision and denial of the world is not a Christian concept. Genuine asceticism is luminous and charitable. It is a characteristic of Orthodox self-conscience that the period of fasting is permeated by the joy of the Cross and the Resurrection. Moreover, the ascetic struggle of Orthodox Christians – much like our spirituality and liturgical life in general – communicates the fragrance and radiance of the Resurrection. The Cross is found at the heart of Orthodox piety, but it is not the final point of reference in the life of the Church. Instead, the essence of Orthodox spiritual life is the ineffable joy of the Resurrection, toward which the Cross constitutes the way. Accordingly, during the period of Great Lent, the quintessence of experience for Orthodox Christians is always the yearning for the “common resurrection.”
Pray, then, precious brothers and sisters in the Lord, that we may be deemed worthy, with the grace and support from above, through the intercessions of the Theotokos, as first among the saints, and of all the saints, that we may run the race of Holy and Great Lent in a way that is fitting and joyous before Christ, joyfully exercising, in obedience to the rule of church tradition, the “common struggle” of fasting that extinguishes the passions, constantly praying, helping the suffering and needful, forgiving one another and “giving thanks for all things” (Thess. 5.18), in order that we might venerate with a devout heart the “Holy, Saving and Awesome Passion” as well as the life-giving Resurrection of our Lord, God and Savior Jesus Christ, to whom belong glory, power and thanksgiving to the endless ages. Amen.
Holy and Great Lent 2019
✠ Bartholomew of Constantinople
Fervent supplicant for all before God

[1]P.V. Paschos (ed.), New Miterikon (Athens: Akritas Publications, 1990), 31.

ΛΟΓΟΣ ΚΑΤΗΧΗΤΗΡΙΟΣ ΕΠΙ Τῌ ΕΝΑΡΞΕΙ ΤΗΣ ΑΓΙΑΣ ΚΑΙ ΜΕΓΑΛΗΣ ΤΕΣΣΑΡΑΚΟΣΤΗΣ 2019


Ἀριθμ. Πρωτ. 96

ΛΟΓΟΣ ΚΑΤΗΧΗΤΗΡΙΟΣ
ΕΠΙ Τῌ ΕΝΑΡΞΕΙ
ΤΗΣ ΑΓΙΑΣ ΚΑΙ ΜΕΓΑΛΗΣ ΤΕΣΣΑΡΑΚΟΣΤΗΣ
+ Β Α Ρ Θ Ο Λ Ο Μ Α Ι Ο Σ
ΕΛΕῼ ΘΕΟΥ
ΑΡΧΙΕΠΙΣΚΟΠΟΣ ΚΩΝΣΤΑΝΤΙΝΟΥΠΟΛΕΩΣ - ΝΕΑΣ ΡΩΜΗΣ
ΚΑΙ ΟΙΚΟΥΜΕΝΙΚΟΣ ΠΑΤΡΙΑΡΧΗΣ
ΠΑΝΤΙ Τῼ ΠΛΗΡΩΜΑΤΙ ΤΗΣ ΕΚΚΛΗΣΙΑΣ,
ΧΑΡΙΣ ΕΙΗ ΚΑΙ ΕΙΡΗΝΗ
ΠΑΡΑ ΤΟΥ ΣΩΤΗΡΟΣ ΚΑΙ ΚΥΡΙΟΥ ΗΜΩΝ ΙΗΣΟΥ ΧΡΙΣΤΟΥ,
ΠΑΡ᾿ HΜΩΝ ΔΕ ΕΥΧΗ, ΕΥΛΟΓΙΑ ΚΑΙ ΣΥΓΧΩΡΗΣΙΣ
* * *

Χάριτι τοῦ πανδώρου Θεοῦἐφθάσαμεν καί ἐφέτος εἰς τήνἉγίαν καί Μεγάλην Τεσσαρακοστήνεἰς τό στάδιον τῶνἀσκητικῶν ἀγώνωνδιά νά καθάρωμεν ἑαυτούςσυνεργοῦντοςτοῦ Κυρίουἐν προσευχῇἐν νηστείᾳ καί ταπεινώσεικαί νάεὐτρεπισθῶμεν πρός ἔνθεον βίωσιν τῶν σεπτῶν Παθῶν καίἑορτασμόν τῆς λαμπροφόρου Ἐγέρσεως τοῦ Σωτῆρος Χριστοῦ

Μέσα εἰς ἕνα κόσμον πολλαπλῶν συγχύσεων ἀσκητικήπεῖρα τῆς Ὀρθοδοξίας ἀποτελεῖ τιμαλφέστατον πνευματικόνκεφάλαιονἀνεξάντλητον πηγήν θεογνωσίας καίἀνθρωπογνωσίας εὐλογημένη ἄσκησιςτό πνεῦμα τῆςὁποίας διαποτίζει σύνολον τόν καθ᾿ ἡμᾶς τρόπον τοῦ βίου, - «Ἀσκητισμός εἶναι ὁλόκληρος  Χριστιανισμός»-, δέν ἀποτελεῖπρονόμιον τῶν ὀλίγων  τῶν ἐκλεκτῶνἀλλά «ἐκκλησιαστικόνγεγονός», κοινόν ἀγαθόν, κοινήν εὐλογίανκαί κοινήν κλῆσινδιά πάντας ἀνεξαιρέτως τούς πιστούςΟἱ ἀσκητικοί ἀγῶνες δέν εἶναι, βεβαίως, αὐτοσκοπός, δέν ἰσχύει ἡ ἀρχή «ἡ ἄσκησις διά τήν ἄσκησιν». Ὁ στόχος εἶναι ἡ ὑπέρβασις τοῦ ἰδίου θελήματος καί τοῦ «φρονήματος τῆς σαρκός», ἡ μετάθεσις τοῦ κέντρου τῆς ζωῆς ἀπό τήν ἀτομικήν ἐπιθυμίαν καί τό «δικαίωμα» εἰς τήν «οὐ ζητοῦσαν τά ἑαυτῆς» ἀγάπην, κατά τό βιβλικόν, «μηδείς τό ἑαυτοῦ ζητείτω, ἀλλά τό τοῦ ἑτέρου ἕκαστος».

Αὐτό τό πνεῦμα κυριαρχεῖ καθ᾿ ὅλην τήν μακράν ἱστορικήν πορείαν τῆς Ὀρθοδοξίας. Εἰς τό Νέον Μητερικόνσυναντῶμεν μίαν ὑπέροχον  περιγραφήν  αὐτοῦ τοῦ ἤθους τῆς παραιτήσεως ἀπό τό «ἐμόν» ἐν ὀνόματι τῆς ἀγάπης: «Παρέβαλόν ποτε σκητιῶται τῇ ὁσίᾳ Σάρρᾳ, ἡ δέ παρέθηκεν αὐτοῖς κανίσκιον μετά χρειῶν˙ οἱ δέ γέροντες ἀφέντες τά καλά, ἔφαγον τά σαπρά. Εἶπε δέ αὐτοῖς ἡ τιμία Σάρρα˙  ‘ὄντως ἐν ἀληθείᾳ, σκητιῶταί ἐστε’». Αὐτή ἡ κατανόησις καί ἡ θυσιαστική χρῆσις τῆς ἐλευθερίας εἶναι ξένη πρός τό πνεῦμα τῆς ἐποχῆς μας, τό ὁποῖον ταυτίζει τήν ἐλευθερίαν μέ ἀτομικάς διεκδικήσεις καί δικαιωματισμόν. Ὁ σύγχρονος «αὐτόνομος» ἄνθρωπος δέν θά ἔτρωγε τούς σαπρούς καρπούς, ἀλλά τούς καλούς, καί θά ἦτο βέβαιος ὅτι τοιουτοτρόπως ἐκφράζει καί χρησιμοποιεῖ αὐθεντικῶς καί ὑπευθύνως τήν ἐλευθερίαν του.

Εἰς τό σημεῖον αὐτό εὑρίσκεται ἡ ὑψίστη ἀξία τῆς ὀρθοδόξου θεωρήσεως τῆς ἐλευθερίας διά τόν σύγχρονον ἄνθρωπον. Πρόκειται περί μιᾶς ἐλευθερίας, ἡ ὁποία δέν ἀπαιτεῖ ἀλλά μοιράζεται, δέν διεκδικεῖ ἀλλά θυσιάζεται. Ὁ ὀρθόδοξος πιστός γνωρίζει ὅτι ἡ αὐτονομία καί αὐτάρκεια δέν ἀπελευθερώνουν τόν ἄνθρωπον ἀπό τόν κλοιόν τοῦ ἐγώ, τῆς αὐτοπραγματώσεως καί τῆς αὐτοδικαιώσεως. Ἡ ἐλευθερία, «ᾗ Χριστός ἡμᾶς ἠλευθέρωσεν», ἐνεργοποιεῖ τάς δημιουργικάς δυνάμεις τοῦ ἀνθρώπου, πραγματώνεται ὡς ἄρνησις τοῦ αὐτοεγκλεισμοῦ, ὡς ἀπροϋπόθετος ἀγάπη καί κοινωνία τῆς ζωῆς.

Τό ὀρθόδοξον ἀσκητικόν ἦθος δέν γνωρίζει διχασμούς καί δυϊσμούς, δέν ἀπορρίπτει τήν ζωήν, ἀλλά τήν μεταμορφώνει. Ἡ δυϊστική θεώρησις καί ἀπόρριψις τοῦ κόσμου δέν εἶναι χριστιανική. Ὁ γνήσιος ἀσκητισμός εἶναι φωτεινός καί φιλάνθρωπος. Εἶναι χαρακτηριστικόν τῆς ὀρθοδόξου αὐτοσυνειδησίας, ὅτι ἡ περίοδος τῆς νηστείας εἶναι διαποτισμένη ἀπό σταυροαναστάσιμον χαράν. Καί οἱ ἀσκητικοί ἀγῶνες τῶν ὀρθοδόξων, ὅπως καί συνολικῶς ἡ καθ᾿ ἡμᾶς πνευματικότης καί ἡ λειτουργική ζωή, ἀναδίδουν τό ἄρωμα καί τό φῶς τῆς Ἀναστάσεως. Ὁ Σταυρός εὑρίσκεται εἰς τό κέντρον τῆς ὀρθοδόξου εὐσεβείας, δέν εἶναι ὅμως τό τελικόν σημεῖον ἀναφορᾶς τῆς ζωῆς τῆς Ἐκκλησίας. Αὐτό εἶναι ἡ ἀνεκλάλητος χαρά τῆς Ἀναστάσεως, ὁδόν πρός τήν ὁποίαν ἀποτελεῖ ὁ Σταυρός. Κατά ταῦτα, καί εἰς τήν περίοδον τῆς Μεγάλης Τεσσαρακοστῆς, ἡ βιωματική πεμπτουσία τῶν Ὀρθοδόξων παραμένει ὁ πόθος τῆς «κοινῆς ἀναστάσεως».

Εὔχεσθε καί προσεύχεσθε, τιμιώτατοι ἀδελφοί καί τέκνα ἐν Κυρίῳ, νά ἀξιωθῶμεν, ἄνωθεν ἐπινεύσει καί ἀρωγῇ, πρεσβείαις δέ τῆς Ἁγιοπρώτου Θεοτόκου καί πάντων τῶν Ἁγίων, νά διατρέξωμεν χριστοπρεπῶς καί χριστοτερπῶς τόν δόλιχον τῆς Ἁγίας καί Μεγάλης Τεσσαρακοστῆς, ἀσκοῦντες μετ᾿ εὐφροσύνης, ἐν ὑπακοῇ πρός τόν κανόνα τῆς ἐκκλησιαστικῆς παραδόσεως, τό «κοινόν ἄθλημα» τῆς παθοκτόνου νηστείας, προσκαρτεροῦντες τῇ προσευχῇ, βοηθοῦντες τοῖς πάσχουσι καί τοῖς ἐν ἀνάγκαις, συγχωροῦντες ἀλλήλοις καί «ἐν παντί εὐχαριστοῦντες», διά νά προσκυνήσωμεν εὐσεβοφρόνως τά «Ἅγια καί Σωτήρια καί Φρικτά Πάθη» καί τήν ζωηφόρον Ἀνάστασιν τοῦ Κυρίου καί Θεοῦ καί Σωτῆρος ἡμῶν Ἰησοῦ Χριστοῦ, ᾯ ἡ δόξα καί τό κράτος καί ἡ εὐχαριστία εἰς τούς ἀπεράντους αἰῶνας. Ἀμήν.

Ἁγία καί Μεγάλη Τεσσαρακοστή ,βιθ´
 Κωνσταντινουπόλεως
διάπυρος πρός Θεόν εὐχέτης πάντων ὑμῶν

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Ἀναγνωσθήτω ἐπ᾿ ἐκκλησίας κατά τήν Κυριακήν τῆς Τυρινῆς, ι΄ Μαρτίου, ἀμέσως μετά τό Ἱερόν Εὐαγγέλιον.