martes, 20 de abril de 2021

21/04 - Alejandra la Mártir


Según una passio armenia, conectada con el ciclo de la tradición de San Jorge, esta figura que tratamos, Alejandra, fue esposa de Diocleciano y por lo tanto emperatriz de Roma. En la tradición de Santa Susana la vemos animando a la joven a perseverar en su decisión de no contraer matrimonio con Galerio, heredero del Augusto.


Se encontraba el soldado Jorge siendo torturado por órdenes y en presencia de Diocleciano. Girándose hacia su esposa Alejandra, que contemplaba en silencio la macabra escena, le dijo: “¡Oh esposa mía! Es tanta la rabia que siento al ver que no puedo con éste, que voy a morir de despecho.” Ella le respondió: “No me extrañaría nada, ¡oh tirano cruel! ¿No te dije infinidad de veces que dejaras de perseguir a los cristianos? ¿No te he advertido insistentemente que estas personas cuentan con la protección de su dios? Pues ahora te digo todavía más; presta atención a mis palabras: yo quiero hacerme cristiana.” Diocleciano exclamó: “¡Oh dolor! ¿Qué es lo que oigo? Pero, ¿es que también a ti te han seducido?”. A continuación, Alejandra hizo una defensa apasionada de los cristianos, reprendiéndole duramente por las acciones que estaba llevando contra ellos.


Diocleciano, indignadísimo, sin atender a su dignidad ni a su rango, mandó colgarla por los cabellos de una viga y que fuera azotada sin piedad hasta la muerte. En medio del tormento, mirando a Jorge, Alejandra gritó: “¡Oh Jorge, luz de la verdad! ¿Qué va a ser de mí? Pues voy a morir y no estoy bautizada.” Díjole el soldado: “No te preocupes por esto. La sangre que estás derramando tiene en este caso el mismo valor que el bautismo y equivale a una corona de gloria.” Al poco rato, y sin dejar de rezar mientras pudo, murió. En otra versión, sin embargo, Diocleciano la hace ejecutar a golpe de espada, siendo el 18 de abril de 303, el primer año de la persecución. Días después, fueron ejecutados los cristianos Apolo, Ísaco y Codrato, probablemente esclavos o funcionarios al servicio de Alejandra, quienes pese a su posición sufrieron igualmente el hambre y la decapitación.


Otra versión, más popular en la tradición ortodoxa, dice que Diocleciano optó por darle una muerte más digna a su esposa, que estuviera de acuerdo a su rango y linaje. Ordenó que unos soldados la llevaran al lugar donde debía ser decapitada. Mientras iba hacia allá, en un cierto momento la emperatriz, se giró hacia sus centinelas y les dijo: “Dejad que me recueste un momento en este muro, por piedad, pues estoy agotada.” Los soldados, respetuosos, la dejaron hacer, y en el mismo momento en que Alejandra se recostaba en el muro, se le fue la vida al instante, sin más.


Lo cierto es que sí existe un grupo de mártires, llamados Alejandra, Apolo, Ísaco o Isacio y Codrato o Crotato, en Nicomedia, que son mencionados por un grupo relevante de fuentes hagiográficas, entre Martirologios, Sinaxarios y Menologios occidentales y orientales, y que son venerados el 21 o 22 de abril, justo un día antes que San Jorge.


Santa Alejandra sigue siendo muy venerada y representada en el mundo ortodoxo, en parte porque participa de la inmensa popularidad del mártir al cual viene asociada, el Gran Mártir Jorge, uno de los mártires antiguos más populares de todos los tiempos.


En los iconos aparece siempre como una santa reina o emperatriz, a menudo vestida con atributos y vestuario propios de una emperatriz bizantina. Suele portar la cruz del martirio y, a veces, una espada, aludiendo a su género de muerte.


Meldelen



Fuente: preguntasantoral

Adaptación propia

21/04 - El Santo Hieromártir Genaro (Jenaro) y sus Compañeros


San Genaro, patrón de Nápoles, es famoso por el milagro que generalmente ocurre cada año desde hace siglos, el día de su fiesta en la Iglesia Romana, el 19 de septiembre. Su sangre, se licua ante la presencia de todos los testigos que deseen asistir.


Nápoles y Benevento (donde fue obispo) se disputan el nacimiento de San Genaro.


Durante la persecución de Diocleciano, fueron detenidos en Pozzuoli, por orden del gobernador de Campania, Sosso, diácono de Miseno, Próculo, diácono de Pozzuoli, y los laicos Euticio y Acucio. El delito era haber públicamente confesado su fe.


Cuando San Genaro tuvo noticias de que su amigo Sosso y sus compañeros habían caído en manos de los perseguidores, decidió ir a visitarlos y a darles consuelo y aliento en la prisión. Como era de esperarse, sus visitas no pasaron inadvertidas y los carceleros dieron cuenta a sus superiores de que un hombre de Benevento iba con frecuencia a hablar con los cristianos. El gobernador mandó que le aprehendieran y lo llevaran a su presencia. El obispo Jenaro, Festo, su diácono y Desiderio, un lector de su iglesia, fueron detenidos dos días más tarde y conducidos a Nola, donde se hallaba el gobernador.


Los tres soportaron con entereza los interrogatorios y las torturas a que fueron sometidos. Poco tiempo después el gobernador se trasladó a Pozzuoli y los tres confesores, cargados con pesadas cadenas, fueron forzados a caminar delante de su carro. En Pozzuoli fueron arrojados a la misma prisión en que se hallaban sus cuatro amigos. Estos últimos habían sido echados a las fieras un día antes de la llegada de San Jenaro y sus dos compañeros, pero las bestias no los atacaron. Condenaron entonces a todo el grupo a ser echados a las fieras. Los siete condenados fueron conducidos a la arena del anfiteatro y, para decepción del público, las fieras hambrientas y provocadas no hicieron otra cosa que rugir mansamente, sin acercarse siquiera a sus presuntas víctimas.


El pueblo, arrastrado y cegado por las pasiones que se alimentan de la violencia, imputó a la magia la mansedumbre de las fieras ante los cristianos y a gritos pedía que los mataran. Ahí mismo los siete confesores fueron condenados a morir decapitados. La sentencia se ejecutó cerca de Pozzuoli, y en el mismo sitio fueron enterrados.


Los cristianos de Nápoles obtuvieron las reliquias de San Genaro que, en el siglo quinto, fueron trasladadas desde la pequeña iglesia de San Genaro, vecina a la Solfatara, donde se hallaban sepultadas. Durante las guerras de los normandos, los restos del santo fueron llevados a Benevento y, poco después, al monasterio del Monte Vergine, pero en 1497, se trasladaron con toda solemnidad a Nápoles que, desde entonces, honra y venera a San Genaro como su patrono principal.


No hay registros sobre el culto a San Genaro anteriores al año 431, pero es significativo que ya en esa época el sacerdote Uranio habla sobre el obispo Jenaro en términos que indican claramente que le consideraba como a un santo reconocido. Los frescos pintados en el siglo V en la "catacumba de san Genaro", en Nápoles, lo representan con una aureola.



Fuente: aciprensa

“Sobre los hombres ilustres”. Genadio de Marsella


Compuesto en una fecha crítica para la política romana occidental, hacia finales del siglo V, y siguiendo el modelo literario de Jerónimo de Estridón, el De viris illustribus de Genadio de Marsella es una fuente ineludible para los estudios patrísticos y teológicos. Este texto ha cirtculado asociado al homónimo de Jerónimo y ha gozado de una enorme difusión, como permite observar la tradición manuscrita.

 

A lo largo de una serie de breves noticas acerca de la producción letrada de hombres de Iglesia, algunos célebres y otros solo conocidos a través de esta obra, Genadio pone de manifiesto su interés por el ethos monástico, así como sus preocupaciones dogmáticas, y se permite expresar simpatías y desagrados, que contribuyen a situarlo en el mapa doctrinal del mundo romano tardío.


FICHA TÉCNICA


Preparado por: Sottocorno, Estefanía 

Publicado por: Editorial Ciudad Nueva

Primera edición: 19/04/2021

ISBN: 978-84-9715-493-2

Páginas: 176

Formato: 15X23

Peso: 370 gr.

lunes, 19 de abril de 2021

20/04 - Teodoro «Triquino»


Es uno de los grandes santos del monaquismo oriental de los primeros siglos del Cristianismo; sin embargo, de san Teodoro Triquino no tenemos datos que lo recuerden, sino sólo que vivió en el siglo V. Siendo joven en Constantinopla, se sintió atraido por la vida austera y densamente espiritual de los monjes de Oriente, que en la senda del egipcio san Antonio el Grande (250-356) dejaban cada vez más los eremitorios del desierto para vivir en comunidad de oración hospedados en monasterios estables.


Los sinaxarios y menologios bizantinos reportan que era de vida austera, y dedicaba gran tiempo a la oración; dejó el mundo y se retiró a un monasterio situado al pie del monte San Asencio, en Calcedonia, sobre el Bósforo, que luego tomo el título de su sobrenombre «Triquinas». Este apelativo, que significa «peludo», le fue dado a Teodoro a causa de la túnica de largos pelos que constituía su única vestimenta. En breve tiempo su santidad le obtuvo el don de expulsar demonios y obrar milagros.


Después de su muerte, ocurrida en una fecha imposible de establecer, su tumba devino lugar de peregrinación, sobre todo porque del sepulcro se destilaba un ungüento milagroso que tenía el poder de curar enfermedades. Los sinaxarios bizantinos lo colocan el 20 de abril.



Fuente: El Testigo Fiel

20/04 - Zaqueo el Apóstol de Cesarea


Recaudador de impuestos judío que aparece en el Evangelio de San Lucas (capítulo XIX, 1-10). Zaqueo era uno de los recaudadores jefes con sede en el oasis de Jericó, cuyos palmerales y huertos producían abundantes frutos sujetos a la vigilancia y a la competencia del fisco. Judío de nacimiento, Zaqueo era cordialmente odiado por sus compatriotas a causa de su profesión, que lo colocaba entre los pecadores públicos.


Hombre de baja estatura, para ver pasar a Jesús por Jericó tuvo que encaramarse a un sicómoro, y allí le sorprendió la benévola mirada del Maestro, que le dijo: "Baja en seguida, Zaqueo, porque hoy necesito parar en tu casa". La sorpresa del publicano, que en lugar de ásperas palabras oyó aquella singular invitación, está indicada en el relato evangélico por la prisa con que bajó de su árbol y por su alegría.


El hecho produjo la irritación de la muchedumbre, que acusó a Jesús de entrar en casa de un pecador. Pero ni Jesús ni Zaqueo hicieron caso de la calumnia y Zaqueo, en el umbral de su casa, antes de sentarse a la mesa, declaró su gratitud a Jesús: "He aquí, Señor, que doy la mitad de mis bienes a los pobres, y si alguna vez defraudé a alguien, le devolveré el cuádruplo".


A la generosidad de Jesús, que al proponerse hospedarse en casa de Zaqueo desdeñó los prejuicios de la gente que evitaba todo contacto con los pecadores públicos, correspondió Zaqueo con una generosidad verdaderamente heroica para quien su mismo oficio había hecho avaro e implacable, abriendo su corazón a un impulso de caridad auténticamente evangélica.


Tras su conversión, Zaqueo trabajó como colaborador de los Apóstoles y se convirtió rn el primer obispo de Cesarea de Palestina.



Fuente: biografiasyvidas.com

Adaptación propia

“Introducción a la teología litúrgica a la luz de la tradición de la Iglesia ortodoxa”. Alexander Schmemann


La celebración de la fe en la Iglesia pone de manifiesto aquello que es central en su vida y en su pensamiento. Por eso, resulta imprescindible conocer el origen y las fuentes litúrgicas, la evolución de la ordenación general de la celebración cristiana y las influencias que en cada época la han enriquecido o distorsionado.


Alexander Schmemann ofrece esta original introducción de forma histórico-genética y crítica, centrándose sobre todo en el primer milenio cristiano, para ayudar a entender la forma normativa de celebrar.


Desde la perspectiva de la tradición cristiana de la Ortodoxia, el autor plantea una teología del tiempo basada en los tres ciclos principales de la celebración cristiana: el diario, el semanal y el anual. El acercamiento histórico se prueba al conectarse y juzgarse desde su fundamento eclesiológico y eucarístico, pues en la celebración de la eucaristía es donde se realiza la Iglesia y donde los cristianos encuentran la fuente y el culmen de su existencia.


Respirar con el pulmón del Oriente cristiano en temas tan centrales aporta un imprescindible equilibrio y supone un valioso enriquecimiento para la tradición teológica y litúrgica de Occidente.


Alexander Schmemann (1921-1983) fue profesor de teología litúrgica en el Seminario teológico ortodoxo de Saint Vladimir, en Nueva York. Está considerado uno de los principales referentes de la Iglesia ortodoxa en la segunda mitad del siglo XX.


FICHA TÉCNICA


Ediciones Sígueme

Verdad e Imagen, 216

ISBN: 978-84-301-2067-3

Páginas: 256

Formato: Rústica, 13,5 x 21 cm.

Fecha de edición: febrero 2021. Edición: 1ª

Título original: Introduction to Liturgical Theology (1966)

Traducido por Francisco Javier Molina de la Torre del original inglés



Fuente: Sígueme

19/04 - El Santo Hieromártir Pafnucio


Según determinados sinaxarios, todo lo que sabemos de San Pafnucio se recoge de los himnos que se cantan hoy, ya que no se nos ha dejado ninguna biografía. A partir de éstos, vemos que él era un obispo o sacerdote de Jerusalén, que por su fe en Cristo disputó con "animales salvajes", luego fue arrojado al fuego (sin ser afectado), y finalmente fue decapitado por la espada.


El patriarca Germano I de Constantinopla (c. 634-c. 733) compuso un Canon en su honor, donde nos informa que las reliquias del santo Pafnucio fueron glorificadas por milagros, expulsando demonios y distribuyendo abundantes milagros de curación. El Patriarca también implora los ruegos del Santo, para que "por sus intercesiones, podamos ser liberados del yugo de la venganza de Ismael" (Oda 7) y "se nos conceda la victoria, Oh Maestro, contra los bárbaros" (Oda 8). En la Oda 9 hay una petición para que el Hieromártir traiga la paz al rebaño de Cristo.


Algunos consideran que este Santo es el mismo Santo Pafnucio celebrado el 25 de septiembre, que fue martirizado por crucifixión, pero esto no es probable. Otros lo asocian con el Pafnucio que fue discípulo de San Antonio el Grande y obispo de la Alta Tebaida, quien también fue Confesor durante la persecución del Emperador Maximiano, pero esto también parece improbable. El Santo de hoy parece ser un Santo único, que fue especialmente venerado por sus reliquias milagrosas, que parecen haber sido descubiertas de manera milagrosa y fueron una fuente de milagros.



Fuente: laortodoxiaeslaverdad.blogspot.com

sábado, 17 de abril de 2021

Domingo de Santa María Egipcíaca. Lecturas de la Divina Liturgia


Heb 9,11-14: Cristo, en cambio, ha venido como Sumo Sacerdote de los bienes futuros. El, a través de una Morada más excelente y perfecta que la antigua –no construida por manos humanas, es decir, no de este mundo creado– entró de una vez por todas en el Santuario, no por la sangre de chivos y terneros, sino por su propia sangre, obteniéndonos así una redención eterna. Porque si la sangre de chivos y toros y la ceniza de ternera, con que se rocía a los que están contaminados por el pecado, los santifica, obteniéndoles la pureza externa, ¡cuánto más la sangre de Cristo, que por otra del Espíritu eterno se ofreció sin mancha a Dios, purificará nuestra conciencia de las obras que llevan a la muerte, para permitirnos tributar culto al Dios viviente!

Mc 10,32-45: Mientras iban de camino para subir a Jerusalén, Jesús se adelantaba a sus discípulos; ellos estaban asombrados y los que lo seguían tenían miedo. Entonces reunió nuevamente a los Doce y comenzó a decirles lo que le iba a suceder: «Ahora subimos a Jerusalén; allí el Hijo del hombre será entregado a los sumos sacerdotes y a los escribas. Lo condenarán a muerte y lo entregarán a los paganos: ellos se burlarán de él, lo escupirán, lo azotarán y lo matarán. Y tres días después, resucitará». Santiago y Juan, los hijos de Zebedeo, se acercaron a Jesús y le dijeron: «Maestro, queremos que nos concedas lo que te vamos a pedir». El les respondió: «¿Qué quieren que haga por ustedes?». Ellos le dijeron: «Concédenos sentarnos uno a tu derecha y el otro a tu izquierda, cuando estés en tu gloria». Jesús le dijo: «No saben lo que piden. ¿Pueden beber el cáliz que yo beberé y recibir el bautismo que yo recibiré?». «Podemos», le respondieron. Entonces Jesús agregó: «Ustedes beberán el cáliz que yo beberé y recibirán el mismo bautismo que yo. En cuanto a sentarse a mi derecha o a mi izquierda, no me toca a mí concederlo, sino que esos puestos son para quienes han sido destinados». Los otros diez, que habían oído a Santiago y a Juan, se indignaron contra ellos. Jesús los llamó y les dijo: «Ustedes saben que aquellos a quienes se considera gobernantes, dominan a las naciones como si fueran sus dueños, y los poderosos les hacen sentir su autoridad. Entre ustedes no debe suceder así. Al contrario, el que quiera ser grande, que se haga servidor de ustedes; y el que quiera ser el primero, que se haga servidor de todos. Porque el mismo Hijo del hombre no vino para ser servido, sino para servir y dar su vida en rescate por una multitud».

18/04 - San Perfecto, Presbítero


Fue el primero de los mártires cristianos que ocasionó la persecución de Abd al-Rahman II, el emir de Al-Andalus, hijo y sucesor de Al-Hakam I, en el año 850. San Eulogio, contemporáneo suyo, comienza con el relato de su martirio el Memorial de los mártires.

Hijo de padres cristianos y nacido en Córdoba, conocedor del idioma árabe, aparece vinculado a la Iglesia de san Acisclo donde se formó y se ordenó de sacerdote, cuando es pleno el dominio musulmán.

En el año 850 se abre una etapa de mayor rigor e intransigencia musulmana que rompe la convivencia hasta el momento equilibrada entre las poblaciones monoteístas de la ciudad. El presbítero Perfecto encabeza la lista de los mártires cordobeses del siglo IX.

En los comienzos del 850 le rodea un malintencionado grupo de musulmanes; le preguntan su parecer acerca de Cristo y de Mahoma. Perfecto expresó con claridad su fe en Jesucristo: Jesucristo es el Señor, sus seguidores están en la verdad, y llegarán a la salvación; la Ley de Cristo es del Cielo y dada por el mismo Dios. «En cuanto a lo que los católicos piensan de vuestro profeta, no me atrevo a exponerlo, ya que no dudo que con ello os molestaréis y descargaréis sobre mí vuestro furor». Pero, ante su insistencia y con la promesa de impunidad, con la misma claridad expone lo que pensaba sobre quien ellos tenían como profeta: Mahoma es el hombre del demonio, hechicero, adúltero, engañador, maldito de Dios, instrumento de Satanás, venido del infierno para ruina y condenación de las gentes. Han quedado sus interlocutores atónitos, perplejos y enfurecidos. ¿Cómo podrán soportar que se llame al profeta Mahoma mentiroso y a su doctrina abominación? ¿Aceptarán oír que quienes le siguen van a la perdición, tienen ciego el entendimiento y su modo de vivir es una vergüenza?

Le llaman traidor, le llevan al cadí y entra en la cárcel.

Allá, junto al Guadalquivir, el 18 de abril del 850, en el sitio que se llamó «Campo de la Verdad» por los muchos mártires que se coronaron, fue degollado por odio a la fe que profesaba.

Luego se enterró su cadáver en la iglesia de san Acisclo y sus restos se trasladaron más tarde –en el 1124– a la iglesia de San Pedro.

Su muerte ejemplar alentó a los acorralados y miedosos cristianos. Desde este martirio, habrá quienes se acerquen voluntariamente a los jueces.



Fuente: Alfa y Omega

viernes, 16 de abril de 2021

17/04 - Santos Elías, Pablo e Isidoro de Córdoba


Si fue cruel la persecución que padecieron los cristianos de Córdoba en el reinado de Abderramán II, fue mas sangrienta sin comparación en el de su hijo Mohamed I, que le sucedió en el Trono: príncipe verdaderamente cruel que descubrió desde luego el odio mortal, que había mamado con la leche contra los fieles inocentes. En el mismo día de su coronación mandó despedir de su palacio a todos los cristianos que sirvieron a su padre, privándoles de los sueldos que gozaban a título de criados de la Casa Real, y puso en sus empleos a personas infieles, poseídas de sus diabólicas intenciones; pero no satisfecho con esto, dio orden para que se demoliesen las iglesias que se habían edificado después que entraran los Moros en España, y cargó a los cristianos insoportables tributos, los que se cobraban con tanta violencia, que mas parecía robarles sus bienes, que exigirles las reales contribuciones. De aquí resultó, que no pudiendo algunos fieles débiles sufrir el yugo de aquella dura opresión que apenas les dejaba respirar, compraron la libertad a costa de hacerse esclavos del demonio, acomodándose a la ley, y a las ridículas supersticiones de los Agarenos; pero a pesar de tan enormes excesos no faltaron en Córdoba ilustres varones de todos los estados y de todas las condiciones, que salieron al campo de batalla, a hacer frente al enemigo con aquel valor y con aquella fortaleza que es propia de los héroes del cristianismo.


Uno de estos esforzados militares de Jesucristo fue Elías, célebre sacerdote natural de la Provincia Lusitana, hoy Portugal, varón verdaderamente respetable no sólo por sus canas, sino por la justificación de su conducta , al que se unieron para tan gloriosa empresa dos ilustres jóvenes mozárabes, esto es, cristianos mezclados con los árabes, llamados Pablo e Isidoro, ambos oriundos de la misma Córdoba, los que encendidos en los más vivos deseos de aspirar a la cumbre de la más alta perfección , se habían consagrado a Dios en uno de los monasterios de aquella ciudad, donde su vida inocente servía de ejemplo a todos los religiosos. Aunque los tres eran diferentes en la edad, y en la profesión, con todo, unidos en la fe y en los piadosos sentimientos, determinaron de común acuerdo hacer una pública confesión de Jesucristo ante el tribunal de los infieles, condenando a un mismo tiempo la abominable ley de Mahoma, cuyo delito tenían por irremisible los Agarenos.


San Eulogio, que escribió las Actas de estos dos ilustres mártires en el libro tercero de su Memorial, no nos dice la causa que les movió para una resolución tan generosa, o bien porque en aquel documento sólo recopiló los gloriosos triunfos de los que padecieron por la fe en Córdoba; o bien porque su ánimo era escribir más despacio las Actas despues que cesase el furor de la tempestad, cuyo tiempo no tuvo por haber fallecido en ella; o bien porque siendo el mayor elogio de un cristiano el martirio, le pareció suficiente, que con este testimonio se daba el más auténtico testimonio de todos cuantos pudiese recomendar la vida de los maestros de la religión cristiana.


Sea el motivo el que fuese, es lo cierto que Elías, Pablo, e Isidoro pusieron en ejecución su nobilísimo pensamiento, a pesar de las rigurosas prohibiciones mahometanas: confesaron públicamente a Jesucristo, declararon contra el falso Mahoma, y contra las ridículas patrañas de su ley, haciendo ver a los árabes que perecían irremisiblemente , dejándose conducir por las necedades de su Alcorán. No necesitaban los moros de una confesión tan solemne para proceder contra los cristianos, a quienes miraban como enemigos capitales de su secta, y graduando aquel celoso acto por uno de los delitos más enormes, se arrojaron llenos de furor sobre los tres héroes; y sin dar tiempo para que se formasen los procesos judiciales acostumbrados en semejantes casos, los decapitaron precipitadamente en el día 17 de Abril del año 856. No satisfechos los bárbaros con este castigo, clavaron en tres palos los cuerpos de los tres mártires a la vista de la ciudad, para aterrar a los fieles con aquel afrentoso espectaculo, y pasados algunos días los arrojaron al río Guadalquivir, con el perverso intento de que en tiempo alguno pudieran los fieles tributarles la veneración debida.



Fuente: catolia.com

17/04 - Simeón el Santo Mártir y Obispo de Persia


San Simeón, llamado "Bar Sabas" que significa "hijo del batanero", fue nombrado obispo (Catholicos) de Seleucia-Ctesifonte, en Persia, a raíz del cese del obispo anterior en el 324. Simeón, sin embargo, pronto fue relegado a la función de asistente: debido a la falta de confirmación de la sentencia de destitución, se desconoce si comenzó a ejercer realmente como obispo titular.


Cuando en el 340 el rey persa Sapor II restableció la feroz persecución contra los cristianos, no dudó en elevar los impuestos al doble y declarar el cierre de todos los lugares de culto, instigado por los los Magos, guardianes de la religión persa, y los judíos, que también los envidiaban. Tomando nota de la pobreza de la mayoría de la gente, Simeón se negó a recoger el dinero requerido, por lo que fue detenido.


Conducido luego ante al rey, se negó a postrarse ante él o adorar al dios sol; esto fue un pretexto para que las autoridades lo encarcelaran, y junto a él a un centenar de personas. Simeón logró reconquistar a la fe cristiana a Ustazades, eunuco de la sala real además de educador del propio soberano, quien luego también padeció el martirio.


Simeón, junto con el centenar de compañeros (obispos, sacerdotes y miembros de diversas órdenes), estuvieron largo tiempo en prisión, hasta que finalmente —después de ver degollar ante sus ojos a todos sus hermanos en la fe y la prisión, a los que animaba con gran ardor— fue decapitado el Santo y Gran Viernes.


Se dice que 1.150 Mártires fueron asesinados; una multitud innumerable de cristianos perdieron la vida en toda Persia durante esta persecución, entre ellos los Santos Acépsimas, José y Etalas (conmemorados el 3 de noviembre). En ediciones del Martirologio se mencionaban explícitamente los nombres de algunos de los compañeros en el martirio de Simeón: los sacerdotes Abdhaykla y Hananya, y el oficial real Pusayk.

jueves, 15 de abril de 2021

16/04 - Santa Engracia y los dieciocho Mártires de Zaragoza


Diocleciano había subido al trono imperial (285-305), alfombrando su camino con la sangre de Aper. Bravo militar de origen dálmata, Diocleciano se hizo proclamar emperador en Calcedonia. La muerte de Carino en el campo de batalla de Margus le dejó como único jefe del Imperio. Soldado favorito de la fortuna, manifestó siempre tener un espíritu lleno de recursos, una voluntad fría e implacable y un plan de reformas concreto y lógicamente ordenado.

Adepto ferviente del paganismo, a la vez por convicción personal y por razón de Estado, el emperador se afrontó muy pronto con el problema acuciante del cristianismo.

El cristianismo, gracias al decreto de tolerancia de Galieno en 260, había realizado grandes progresos no sólo entre la población civil, sino también en las legiones y en los castros. Diocleciano vio en ello una dualidad moral en el Imperio, y, una vez conseguida la unidad territorial, política y administrativa, se propuso conseguir la uniformidad religiosa. Dadas sus convicciones paganas, la religión de Cristo debía sucumbir ante la religión del Estado. Cuatro decretos sucesivos emanados del poder imperial, en 303 y 304, ordenaron una persecución general en todo el mundo romano. El intento de descristianización empezó por el ejército. En cuanto al elemento civil, el emperador eligió los prefectos más sanguinarios para que persiguieran y acosaran a los cristianos en cualquier rincón del mundo en que se encontraran. Y los ángeles en el cielo entrelazaron con flores purpúreas infinitas coronas que cayeron sobre las cabezas resplandecientes de los atletas de Cristo, lo mismo en el Oriente que en el Occidente, igual en Egipto que en Roma y que en las dos Españas.

A España vino como prefecto Daciano. El regó con torrentes de sangre todas las vegas de la Iglesia española. Conforme iba pasando por las ciudades de la España tarraconense, las vidas más puras y delicadas iban cayendo a sus pies. Empezó por Gerona. Siguió por Barcelona, en donde fue recogida entre la gavilla de las espigas cristianas el alma purísima de Eulalia; continuó por Tarragona, y llegó a Zaragoza. En esta ciudad el tajo era inmenso. En sus enormes brazadas cortó Daciano la vida del diácono Vicente y del obispo Valerio. Por entonces cayeron también los innumerables Mártires de Zaragoza, cuyos restos calcinados formaron las santas masas, la nívea pella de predestinados que esperan en el templo de Engracia el día de la reivindicación final.

Por aquellos días agostadores llegó Engracia a Zaragoza. Venía de Brácara, la noble ciudad de Gallaecia. Hija florida de un noble hispanorromano, iba hacia el Rosellón en cortejo nupcial al encuentro de su prometido, que en aquellas tierras vivía, Antes de emprender el viaje, en el que le servían de cortejo dieciocho caballeros de su familia, recibió entre sueños un aviso de que sería Zaragoza la ciudad de su abrazo feliz.

Cuando llegó a esta ciudad y se enteró de la encarnizada persecución que en ella sufrían sus hermanos, los adoradores de Cristo, comprendió el misterio. Ella era la novia destinada para las bodas eternas con el Cordero. Se presentó delante de Daciano y le reprochó su impiedad.

—Juez inicuo —le dijo—, ¿tú desprecias a tu Dios y Señor que está en los cielos y exterminas con tanta crueldad a sus adoradores? ¿Por qué os empeñáis tú y otros malvados emperadores en perseguir a los cristianos porque no adoran vuestros ídolos, templos de los demonios?

Engracia no iba sola; la acompañaban, como pajes de una reina, los dieciocho apuestos caballeros de su séquito: Luperco, Optato, Suceso, Marcial, Urbano, Julio, Quintiliano, Publio, Frontón, Félix, Ceciliano, Evencio, Primitivo, Apodemio, Maturino, Casiano, Fausto y Jenaro. En los rostros de los caballeros se reflejaban los mismos reproches emitidos por la boca de Engracia, y en su silencio condenaban también la crueldad de Daciano.

El presidente, hombre sanguinario y soez, no resistió las palabras de Engracia ni el silencio de sus compañeros y los mandó azotar duramente a todos ellos. Al compás del chasquido del látigo y el desgarrar de las carnes se alzó la más pura de las sinfonías, que penetró en los cielos e hizo sonreír de gozo a los ángeles de Dios. Engracia dirigía el coro de las alabanzas al Señor.

Pensó Daciano que, vencida la entereza de Engracia, flaquearían sus compañeros, y en su presencia ató el delicado cuerpo de la doncella a la cola de unos caballos y la arrastró por las calles de la ciudad. Cuanto más punzantes eran sus dolores y más se desgarraba su cuerpo en flor más cantaba a Jesucristo y más detestaba a los ídolos y dioses imperiales, y más se robustecía la fe de los caballeros a la vista de la entereza de la virgen.

El juez imperial no dejaba piedra sin remover para llevar a sus víctimas a una abjuración o a una apostasía. Viendo que por los tormentos no arredraba a la intrépida virgen propuso seducirla con promesas. "Ya que no podemos vencer con la dureza, venzamos con halagos", se dijo. Y puso delante de sí a la doncellita, a quien rodeaban sus compañeros corno al pistilo los pétalos de la flor.

—Oye, jovencita —le dijo—, ¿por qué unes la vanidad a tu nobleza? ¿No dejarás tu error si tu sangre real se une en matrimonio con uno de los gallardos príncipes que florecen en el Imperio? Lejos de ti el proseguir en tu desvío y en el desprecio de nuestros apuestos donceles. ¿Vas a despreciar una vida brillante y soñadora por cegarte en las fantasías de esa gentuza arrastrada?

—¡Pobre sacrílego! —replicó Engracia—. Haz a tus hijas esa proposición. En cuanto a mí, si no me venciste con los tormentos, no esperes atraerme con tus hechizos malvados. Mi causa es clara. Seré esposa de Cristo. Ni tus suplicios ni tus halagos conseguirán otra cosa que unirme y estrecharme más íntimamente al Esposo de mi alma. Yo soy enviada por Él para increparte por tus crímenes e indicarte que ceses en la persecución si no quieres sentir sobre tu cabeza la ira de Dios.

Al presidente se le encendieron los ojos y con voz quebrada y sarcástica agregó:

—Por tus consejos, ¡oh niña simpática!, debo darte las merecidas gracias.

Llamó a los verdugos, y en su presencia, y delante de los dieciocho caballeros bracarenses, la mandó desnudar y atormentar. Los garfios se agarraban en sus carnes ya desgarradas por los azotes anteriores y por el arrastre por las calles empedradas de la ciudad. Varios surcos abiertos por los ganchos dejaron al aire libre sus entrañas palpitantes. Ya no había cuerpo donde herir. Le cortan los pechos y a través de las heridas abiertas se veía latir dulcemente el corazón de la esposa de Cristo.

Luperco no se pudo contener ante aquella crueldad usada contra la mártir de Dios y exclamó en nombre dé los demás compañeros:

—Juez cobarde, ¿por qué persigues con esa saña al pueblo cristiano? ¿Por qué atormentas tan cruelmente a la virgen Engracia? ¿No podías probar en nuestros cuerpos varoniles la resistencia de tus garfios y dejar ya de deshilar la seda del cuerpo de la doncella? Si te han molestado sus palabras, su confesión es la nuestra. Si ella merece la muerte, también nosotros debemos morir; pero si nosotros seguimos con vida también ella debía continuar viviendo.

Daciano los mandó retirar de su presencia y ordenó que los degollaran fueran de la ciudad.
Cuando Engracia los vio salir hacia el martirio, desde la púrpura de su sangre en que estaba envuelta, les dijo:

—Hermanos amadísimos, volad gozosos al martirio, camino de la vida eterna. Vais no a la muerte, sino a la vida; no al tormento, sino al triunfo. La misma palma del martirio nos unirá a todos en la gloria.

La orden del presidente fue ejecutada al momento. Los mártires de Cristo recibieron sus coronas a las orillas del Ebro.

Cuando comunicaron a Daciano que su orden estaba cumplida, miró a Engracia y le dijo:

—¡Oh tierna virgen, ¿qué esperas si ya sientes sobre ti todos los tormentos y sabes que tus compañeros han sido decapitados? Blasfema de Cristo, adora a los dioses y cesará el tormento y te presentaré un esposo.

A lo cual respondió, intrépida, la mártir de Cristo:

—¿Piensas que voy a adorar las piedras y a renegar del Criador del cielo y de la tierra?

No sabiendo Daciano cómo atormentarla ya, mandó que le hincaran un clavo en la frente, y, envuelto su cuerpo en un vivo dolor, fue arrojada en un lóbrego calabozo para que se pudriera viva.

El poeta Prudencio le cantó un siglo después como si la estuviera contemplando en el lóbrego calabozo que él piadosamente visitó, sin duda: "A ninguno de los mártires aconteció que habitara en nuestras tierras quedando aún en vida; tú eres la única que permaneces en el mundo, sobreviviendo a tu propia muerte.

Hemos visto parte de tu hígado arrancado y apresado aún a lo lejos en las tenazas comprimidas, ya tiene la muerte pálida algo de tu cuerpo, aun cuando estás viva”.

El cuerpo de la Santa fue sepultado honrosamente por el obispo Prudencio en una urna de mármol, uniendo a él las cenizas de los dieciocho compañeros. "Póstrate conmigo, generosa ciudad, ante los sagrados túmulos", cantaba el poeta Prudencio. Y Zaragoza, llena de fervor, se postra todavía en la cripta de la parroquia de Santa Engracia, donde duermen el sueño de los justos los restos de la virgen Engracia, de sus dieciocho compañeros y las níveas masas de los innumerables Mártires.

JOSÉ GUILLÉIN


Fuente: www.mercaba.org

16/04 - Ágape, Quionia e Irene las Santas Mártires


En el año 303 el emperador Diocleciano publicó un decreto que condenaba a la pena de muerte a quienes poseyesen o guardasen una parte cualquiera de la Sagrada Escritura. En aquella época vivían en Tesalónica de Macedonia tres hermanas cristianas, Ágape, Quionia e Irene, hijas de padres paganos, que poseían varios volúmenes de la Sagrada Escritura. Tan bien escondidos los tenían, que los guardias no los descubrieron sino hasta el año siguiente, después de que las tres hermanas habían sido arrestadas por otra razón.


Dulcicio presidió el tribunal, sentado en su trono de gobernador. Su secretario, Artemiso, leyó la hoja de acusaciones, redactada por el procurador. El contenido era el siguiente: "El pensionario Casandro saluda a Dulcicio, gobernador de Macedonia, y envía a su Alteza seis cristianas y un cristiano que se rehusaron a comer la carne ofrecida a los dioses. Sus nombres son: Ágape, Quionia, Irene, Casia, Felipa y Eutiquia. El cristiano se llama Agatón."


El juez dijo a las mujeres: "¿Estáis locas? ¿Cómo se os ha metido en la cabeza desobedecer al mandato del emperador?" Después, volviéndose hacia Agatón, le preguntó: "¿Por qué te niegas a comer la carne ofrecida a los dioses, como lo hacen los otros subditos del emperador?" "Porque soy cristiano, replicó Agatón. "¿Estás decidido a seguir siéndolo?" "Sí." Entonces, Dulcicio interrogó a Ágape sobre sus convicciones religiosas. Su respuesta fue: "Creo en Dios y no estoy dispuesta a renunciar al mérito de mi vida pasada, cometiendo una mala acción." "Y tú, Quionia, ¿qué respondes?" "Que creo en Dios y por consiguiente no puedo obedecer al emperador." A la pregunta de por qué no obedecía al edicto imperial, Irene respondió: "Porque no quiero ofender a Dios." " ¿ Y tú , Casia?", preguntó el juez. "Porque deseo salvar m i alma. " ¿ De modo que no estás dispuesta a comer la carne ofrecida a los dioses?" "¡No!" Felipa declaró que estaba dispuesta a morir antes que obedecer. Lo mismo dijo Eutiquia, una viuda que pronto iba a ser madre. Por esta razón, el juez mandó que la condujesen de nuevo a la prisión y siguió interrogando a sus compañeros: "Ágape, preguntó, ¿has cambiado de decisión? ¿Estás dispuesta a hacer lo que lineemos quienes obedecemos al emperador?" "No tengo derecho a obedecer al demonio", replicó la mártir; todo lo que digas no me hará cambiar." "¿Cuál es tú última decisión, Quionia?", prosiguió el juez. " La misma de antes." "¿No poseéis ningún libro o escrito referente a vuestra impía religión?" " No . El emperador nos los ha arrebatado todos." A la pregunta del juez de quién las las había convertido al cristianismo, Quionia respondió simplemente: "Nuesto Señor Jesucristo."


Entonces Dulcicio dictó la sentencia: "Condeno a Ágape y a Quionia a ser quemadas vivas por haber procedido deliberada y obstinadamente contra los edictos de nuestros divinos emperadores y cesares y porque se niegan a renunciar a la falsa religión cristiana, aborrecida por todas las personas piadosas. En cuanto a los otros cuatro, los condeno a permanecer prisioneros hasta que yo lo juzgue conveniente."


Después del martirio de sus hermanas mayores, Irene compareció de nuevo ante el gobernador, quien le dijo: "Ahora se ha descubierto vuestra superchería; cuando te mostramos los libros, pergaminos y escritos referentes a la impía religión cristiana, tuviste que reconocer que eran tuyos, aunque antes habías negado los hechos. Sin embargo, a pesar de tus crímenes, estoy dispuesto a perdonarte, con tal de que adores a los dioses . . . ¿Estás dispuesta a hacerlo?" "No", replicó Irene, "pues con ello correría peligro de caer en el infierno." "¿Quién te aconsejó que ocultaras esos libros y escritos tanto tiempo?" "Nadie me lo aconsejó fuera de Dios, pues ni siquiera lo dijimos a nuestros criados para que no nos denunciaran." "¿Dónde os escondisteis el año pasado, cuando se publicó el edicto imperial?" "Donde Dios quiso: en la montaña." "¿Con quién vivíais?" "Al aire libre; a veces en un sitio, a veces en otro." "¿Quién os alimentaba?" "Dios, que alimenta a todos los seres vivientes." "¿Vuestro padre estaba al corriente?" No, ni siquiera lo sospechaba." "¿Quién de vuestros vecinos estaba al tanto?" "Manda preguntar a los vecinos." "Cuando volvisteis de las montañas, ¿leísteis esos libros a alguien?" "Los libros estaban escondidos y no nos atrevíamos a sacarlos; eso nos angustiaba, pues no podíamos leerlos día y noche, como estábamos acostumbradas a hacerlo."


La sentencia que dictó el gobernador contra Irene fue más cruel que la pena impuesta a sus hermanas. Dulcicio declaró que Irene había incurrido también en la pena de muerte por haber guardado los libros sagrados, pero que sus sufrimientos serían más prolongados. En seguida ordenó que la llevasen desnuda a una casa de vicio y que los guardias vigilasen las puertas. Como el cielo protegió la virtud de la joven, el gobernador la mandó matar. Las actas afirman que pereció en la hoguera, obligada a arrojarse ella misma a las llamas. Algunas versiones posteriores dicen que murió con la garganta atravesada por una flecha.


Ante el ejemplo de estas mujeres que prefirieron morir antes que entregar la Sagrada Escritura y, ante el ejemplo de los monjes que pasaron su vida más tarde en copiar e iluminar los Evangelios, se impone un examen del aprecio en que tenemos la Palabra de Dios. Irene y sus hermanas se angustiaban de no poder leer la Sagrada Escritura día y noche. Muchos de nosotros no la leemos cada día, a pesar de que tenemos la oportunidad de hacerlo. La historia de Ágape, Quionia e Irene es una lección saludable.



Fuente: Butler Alban - Vida de los Santos

miércoles, 14 de abril de 2021

15/04 - Crescente el Mártir


La gesta de este mártir proviene del menologio del emperador Basilio I, una importante fuente que testimonia el culto de algunos mártires antiguos, y que nos serían desconocidos de otra manera. Lamentablemente, al tratarse de un documento ligado al culto, sólo secundariamente posee datos biográficos, por lo que, por ejemplo, apenas sabemos de Crescente que era un anciano de Mira, ciudad de Licia (conocida entre otras razones por ser la ciudad del gran san Nicolás), que procedía de una ilustre familia y que exhortaba a abandonar el culto de los falsos dioses y abrazar la fe de Cristo.


Puesto que no nos ha llegado el detalle de la época de su martirio, no podemos saber en qué contexto persecutorio ocurrió, pero lo cierto es que Crescente es apresado y conminado, primero de buenas maneras y luego cruentamente, a dar culto a los ídolos; pero cuanto más se le insistía, más crecía en él el testimonio de la fe verdadera. El oficial llegó incluso a pedirle que diera culto a los dioses de manera externa y que con su mente y corazón se dirigiera al Dios en el que creía, pero el mártir negó rotundamente ese proceder.


Crescente fue colgado y lacerado en los costados, pero se mantuvo firme en su confesión, hasta que se entregó su cuerpo a las llamas, y consumó el martirio, triunfando de la fuerza, la osadía y los halagos de los enemigos.



Fuente: eltestifofiel.org

martes, 13 de abril de 2021

14/04 - Aristarco, Pudente y Trófimo, Apóstoles de los Setenta


San Pudente


San Pudente era un Senador Romano muy bien conectado –un legislador ampliamente influyente en el gobierno más poderoso sobre la faz de la tierra. Pero su gran prestigio no lo ayudó cuando el tirano Emperador Nerón (54-68 d.C.) descubrió que, secretamente, se había hecho Cristiano bajo la tutela del Gran Apóstol San Pablo.


 El Senador Pudente estaba a punto de morir junto con dos de sus compañeros de Los Setenta, Aristarco y Trófimo.


En el Año 65 de Nuestro Señor, llegó finalmente el temido llamado a las puertas de la casa del Senador. Pudente era un hombre piadoso y virtuoso quien había cometido un terrible error –por lo menos según las autoridades– al recibir a dos de los Apóstoles más queridos del Señor, Pedro y Pablo, en su cómoda casa. Ciertamente, el osado Senador Pudente había ido aún más lejos: Había albergado reuniones de oración durante las cuales docenasde Cristianos se reunían para alabar a Dios Todopoderoso y aprender las enseñanzas de Jesucristo.


Cuando llevaron al Senador ante los que lo acusaban su fe era tan grande que no hizo ningún intento por defenderse. 


Sin ningún tipo de duda explicó lo que había descubierto, algo que por mucho era más valioso que la elegante túnica con que vestía cada día en las discusiones del poderoso Senado Romano. Les dijo que había descubierto la salvación y que su más grande deseo era que sus acusadores puedan ser tocados algún día por el Espíritu Santo de modo que ellos puedan participar de la experiencia gloriosa de alabar al Unico Dios Verdadero del Cristianismo.


El humilde espíritu Pudente estaba tan dedicado a Cristo que San Pablo y los otros Doce Apóstoles Originales lo habían escogido para ser parte de “Los Setenta” –un grupo más grande de discípulos que habían sido preparados para llevar la Buena Nueva del Cristianismo hacia el mundo entero.


Lleno de celo y valentía, el carismático senador había probado ser un evangelizador muy efectivo durante  algunos viajes misioneros realizados con San Pablo a la largo de la región que rodeaba la Antigua Roma. 


Mencionado brevemente por San Pablo en su Epístola a Timoteo (II Timoteo 4, 20-21), Pudente era uno de un grupo de amigos cercanos del Apóstol quienes estaban destinados a morir con él ante la orden de Nerón, el que odiaba a los Cristianos. 


Cuando llegaron a arrestarlo el valiente Pudente no se resistió. Tampoco negó, durante los interrogatorios, que él se había reunido con los “conspiradores” Cristianos… o que algunas de las reuniones se hubieran dado lugar en su propia casa.


Muy pronto los guardias llegaron por San Pablo, quien estaba destinado a ser ejecutado por causa de su Salvador (aunque San Pablo fue probablemente decapitado, antes que crucificado, según la mayoría de estudiosos de ese período), ellos también arrestaron al fiel Senador y lo decapitaron al mismo tiempo en que moría el gran San Pablo.


Otros dos miembros de Los Setenta también perecieron en ese día fatídico.


San Aristarco


Es mencionado brevemente en la Epístola a los Colosenses (4, 10) de San Pablo, así como en su Epístola a Filemón (v. 24), había servido con distinción como Obispo de Apamea en Siria y había ayudado a traer muchos  conversos para Jesús. Como nativo de la provincia Griega de Tesalónica, San Aristarco había viajado muchísimo con San Pablo en sus expediciones hacia Efeso, Macedonia, Grecia y aún a la región Judea de Palestina. Este discípulo fiel no protestó ante su sentencia y desnudó su cuello voluntariamente bajo el hacha de su verdugo, el mismo día en que San Pablo dio su vida, en el año 65.


San Trófimo


Un tercer miembro de Los Setenta, San Trófimo, también es conmemorado por la Santa Iglesia en este día. Mencionado también por San Pablo en su Epístola a San Timoteo (4, 10), San Trófimo era residente de Efeso, ubicada en lo hoy en día forma parte de la moderna nación de Grecia. 


Acompañó a San Pablo en un viaje de predicación a Jerusalén y luego viajó con él a lo largo de Asia Menor durante los años previos al martirio del Gran Apóstol. Detenido por los Romanos durante la misma persecución que terminó con la vida de San Pablo, San Trófimo fue decapitado junto con los Apóstoles Pudente y Aristarco.


 Estos grandes mártires y santos tomaron el mayor riesgo por causa de Jesús. Como amigos y co-misioneros con San Pablo y San Pedro ellos entendieron que el precio por su adhesión total al Evangelio podría ser el martirio. Los tres murieron en el mismo día en la Ciudad de Roma con su gran líder y maestro, el Santo Mártir San Pablo. Sus sacrificios continúan inspirando a los Cristianos a lo largo de los siglos.



Fuente: laortodoxiaeslaverdad.blogspot.com