miércoles, 18 de febrero de 2026

HOMILÍA CATEQUÉTICA para la apertura de la Santa y Gran Cuaresma

 


HOMILÍA CATEQUÉTICA

para la apertura de la Santa y Gran Cuaresma

 

+ BARTOLOMÉ

Por la misericordia de Dios Arzobispo de Constantinopla-Nueva Roma

y Patriarca Ecuménico

A la plenitud de la Iglesia

la gracia y la paz de nuestro Señor y Salvador Jesucristo, y de nuestra parte oración, bendiciones y perdón.

***

 

Honorabilísimos hermanos Jerarcas y benditos hijos en el Señor:

 

Llenos de sagrada emoción, entramos una vez más por la benevolencia de Dios en la Santa y Gran Cuaresma, la arena de la lucha ascética, tiempo de ayuno y arrepentimiento, de humildad y oración, de vigilancia espiritual y amor, con los ojos de nuestro corazón dirigidos a la Cruz vivificante del Señor, que nos guía a todos a la Santa Pascua abriéndole las puertas del Paraíso a la raza humana.

Este bendito período que se abre ahora ante nosotros constituye una oportunidad para abrazar una vez más la verdad del ascetismo según Cristo y su inseparable asociación con la realización eucarística de la Iglesia, cuya misma expresión y dimensión son iluminadas por la luz y el gozo de la Resurrección. El espíritu de ascetismo no es un elemento extraño introducido en la fe cristiana ni resultado de la influencia de ideologías dualistas externas a la Iglesia. El ascetismo es otra forma de definir la existencia cristiana, pues la conecta con la confianza absoluta en la Divina Providencia, con la inagotable alegría espiritual de una vida dedicada a Cristo, con la trascendencia y la donación de uno mismo, con el amor caritativo y el respeto a toda la creación.

El ascetismo no es cuestión de decisiones voluntarias y particularidades subjetivas, sino de sumisión a la regla y a la “experiencia católica” de la Iglesia. Ha sido descrito como un acto “eclesiástico” más que “individual”. La vida en la Iglesia es indivisible. El arrepentimiento, la oración, la humildad, el perdón, el ayuno y las obras filantrópicas están interconectados y entretejidos. En la tradición ortodoxa, el ascetismo no es un fin en sí mismo, pues eso solo conduce a una sobreestima del esfuerzo individual y alimenta la tendencia a la justificación propia.

La Gran Cuaresma es el momento adecuado para experimentar la Iglesia como lugar y modo en que se revelan los dones de la gracia divina, siempre como anticipo del gozo de la Resurrección del Señor, piedra angular de nuestra fe y horizonte radiante de “la esperanza que hay en nosotros”. Por inspiración divina la Iglesia honra el Sábado de los Lácteos la sagrada memoria de hombres y mujeres santos que brillaron en el ascetismo, pues son el apoyo y los compañeros de viaje de los fieles en esta larga carrera. En la arena de la lucha espiritual contamos con la benevolencia del Dios Uno y Trino que está con nosotros, con la protección de la Santísima Madre de Dios y Madre de todos nosotros y con las intercesiones los santos y mártires de la fe.

El sano ascetismo cristiano es participación del ser humano en su plenitud (como unión de espíritu, alma y cuerpo) en la vida en Cristo, sin minusvalorar la materia y el cuerpo y sin una reducción manquea de la espiritualidad. Tal y como se ha escrito, el ascetismo cristiano es en última instancia una lucha, “no contra el cuerpo, sino a su favor”; tal y como afirma el Geronticón: “Se nos ha enseñado a no destruir el cuerpo, sino las pasiones”.

Desafortunadamente -y de una manera injusta-, el ascetismo cristiano ha sido tachado por algunos pensadores contemporáneos de ser una negación del disfrute de la vida y una restricción de la creatividad humana. ¡Nada más lejos de la realidad! El ascetismo es la fuente y la expresión de la verdadera libertad, pues nos libra de lo material, del apego a la posesión de las cosas y especialmente del ego, de la “búsqueda de uno mismo” y de la “posesión de nuestro ser”.

¿Qué puede ser más verdadero que el éxodo de la cautividad del “derecho individual”, la apertura y el amor a nuestro prójimo, el “buen cambio” interior y la firmeza en el cumplimiento de los mandamientos de Dios? ¿Qué puede ser más creativo que el ayuno concebido como actitud integral de vida y expresión del espíritu ascético y eucarístico de la Iglesia, como “lucha común” y no “hazaña individual”? ¿Qué puede ser más sorprendente desde el punto de vista existencial que el arrepentimiento y la conversión interna como dirección vital hacia la verdad y hacia un descubrimiento renovado del poder de la Gracia divina, de la profundidad de la vida en Cristo y de la esperanza de la vida eterna?

Es verdaderamente impresionante que, cuando el carácter cristiano primigenio de la Santa y Gran Cuaresma como período de preparación para el Santo Bautismo en la Divina Liturgia de la Resurrección fue sustituido por el “‘ethos’ de arrepentimiento”, siempre persistió su experiencia como un “segundo bautismo”. Por este motivo, el período de ayuno y arrepentimiento no tiene un carácter sombrío. Nuestra himnodia habla de la “primavera del ayuno”, y la teología llama a la Gran Cuaresma “primavera espiritual” y “período de gozo y luz”. Todo esto adquiere una atemporalidad y un significado especial frente a la confusión antropológica de nuestro tiempo y las nuevas enajenaciones arraigadas en la civilización contemporánea.

Con estos sentimientos y pensamientos, y recordando a todos los hijos de la Santa y Gran Iglesia de Cristo del mundo entero que el Sábado del Himno Acatisto se culminarán las celebraciones del 1.400 aniversario de aquel día del año 626 en que, como forma de agradecimiento a la Theotokos por haber librado a Constantinopla de un peligroso asedio, se cantó el Himno Acatisto en la sagrada Iglesia de las Blanquernas, os deseamos a todos un período tranquilo de ayuno con ascetismo y paciencia, con agradecimiento y doxología.

Que todos nosotros, expresando la verdad con amor y santificados en el Señor, transitemos este camino hacia la plenitud del gozo en su radiante Resurrección.

Santa y Gran Cuaresma de 2026

+ BARTOLOMÉ de Constantinopla

Fervoroso suplicante por vosotros ante Dios