jueves, 9 de abril de 2026

ENCÍCLICA PATRIARCAL PARA LA SANTA PASCUA

 



Nº Prot. 279

 

+ B A R T O L O M É

POR LA MISERICORDIA DE DIOS

ARZOBISPO DE CONSTANTINOPLA-NUEVA ROMA

Y PATRIARCA ECUMÉNICO

A LA PLENITUD DE LA IGLESIA:

GRACIA, PAZ Y MISERICORDIA DE CRISTO, RESUCITADO EN GLORIA

* * *

Honorabilísimos Hermanos jerarcas y benditos hijos en el Señor:

Habiendo llegado con ayuno, oración y solemnidad al día radiante y festivo de la Santa Pascua, cantamos y glorificamos la Resurrección universalmente salvadora de nuestro Señor, Dios y Salvador Jesucristo, que marca claramente la victoria de la vida sobre la muerte, renueva toda la creación y le abre a la humanidad el camino de la deificación mediante la gracia. La Iglesia de Cristo conserva la experiencia pascual en su vida litúrgica, en las luchas de los Santos y los Mártires de la Fe, en el impulso escatológico del monaquismo, en la proclamación del Evangelio hasta el confín de la tierra, en la teología y en las artes eclesiásticas, en el buen testimonio de los fieles en el mundo, en la cultura del amor y la solidaridad y en la inamovible certidumbre de que el mal no tiene la última palabra en la historia. 

La Resurrección del Señor se vive como una libertad otorgada por Cristo que inspira, alimenta y fortalece las potencias creadoras de la persona humana y la buena batalla en favor de todo lo que es verdadero, noble, justo, puro, amable, laudable, todo lo que es virtud o mérito, al tiempo que nos recuerda a todos que el camino hacia la Resurrección está inseparablemente unido a la Cruz. Este vínculo ha preservado al pueblo de Dios de identificarse con el espíritu de este mundo, librándolo a la vez del aislamiento estéril y de una espiritualidad privada de dinamismo y de un espíritu de esperanza. La vida de los fieles en el Cristo crucificado y resucitado sigue rechazando hoy en día toda narrativa ajena al ethoscristiano como una moral de los débiles” supuestamente manifestada en la humildad, en el perdón, en el amor sacrificial, en el ascetismo, en las palabras de Cristo (No hagáis frente al que os agravia) y en otros principios y disposiciones que pertenecen al núcleo mismo de nuestra identidad. Nada puede estar más lejos de la verdad que esta interpretación del ethosdel Cristianismo, que es el del amor sacrificial que no es egoísta”, un amor entretejido de valentía, audacia y autenticidad existencial. La Pascua es un himno a esta libertad fe que actúa por el amor, que no es un logro nuestro, sino una gracia y un don de lo alto, y que se vive en los Santos Misterios de la Iglesia y en el misteriodel servicio al prójimo; de hecho, el amor a Dios no es en modo alguno compatible con el odio hacia los demás seres humanos”.

La Iglesia de Cristo -la sal de la tierra, la luz del mundo, la ciudad puesta en lo alto de un monte, la lámpara puesta en el candelero- ofrece un testimonio activo en el mundo, ante las señales de los tiempos, de la gracia que ha venido y de nuestra esperanza. El mensaje de la Cruz y de la Resurrección resuena hoy como un Evangelio de paz, reconciliación y justicia. La guerra, el odio y la injusticia son lo opuesto a los principios cristianos fundamentales, por cuya realización y establecimiento reza y trabaja cada día el pueblo de Dios. A la luz de la Resurrección, suplicamos a Dios por las víctimas de la violencia de la guerra, por los huérfanos, por las madres que hacen luto por sus hijos y por todos los que llevan en su cuerpo y en su alma los efectos de la crueldad y la insensibilidad humana. La exclamación “¡Cristo ha resucitado!es un rechazo y una condena de la violencia y el miedo y una invitación a vivir una vida de paz. La guerra provoca lamentos y muerte, mientras que la Resurrecciión conquista a la muerte y otorga incorruptibilidad.

 

Ante las imágenes diarias de la crueldad de la guerra, la Iglesia alza su voz y proclama la sacralidad de la persona humana -de toda persona humana concreta que viva en cualquier parte del mundo- y el deber absoluto de que se respete esa dignidad, y nos llama a ser conscientes de nuestro propio valor, a honrar al Prototipo, a reconocer el poder del misterio y a entender por quién murió Cristo”. La Resurrección del Señor es la restauración del ser humano a su llamada eterna. Como principio de otra vida eterna, sana las relaciones que generan distanciamiento y establece la paz que supera todo juicio, una paz que trae reconciliación y pacificación al mundo.

Inspirado por Dios, el Santo y Gran Concilio de la Iglesia Ortodoxa, cuyo décimo aniversario celebramos este año, subrayó el deber de la Iglesia de animar a todo lo que de verdad sirva a la causa de la paz (Rom 14,19) y abra las puertas a la justicia, la fraternidad, la verdadera libertad y el amor mutuo entre todos los hijos del único Padre celestial, así como entre todos los pueblos que conforman la única familia humana”.

La Santa Pascua es la plenitud de nuestra civilización espiritual, el núcleo mismo de nuestra piedad. La Resurrección del Señor es también nuestra propia resurrección en la era presente, y al mismo tiempo una prefiguración y pregustación de la resurrección universal de todos los seres humanosy de la renovación de la creación entera. Iluminados por la luz radiante del rostro del Cristo resucitado, y glorificando con salmos, himnos y cánticos espirituales el santísimo Nombre del Príncipe de la Paz, que está con nosotros todos los días, hasta el final de los tiempos, os deseamos una bendita Resurrección y un tiempo pascual lleno -como cada día de vuestra vida- de dones divinos, elevando la proclamación universal de gozo: ¡Cristo ha resucitado! ¡Verdaderamente ha resucitado!

 

En el Fanar,

Santa Pascua de 2026

 

+ Bartolomé de Constantinopla,

fervoroso suplicante por todos vosotros

ante Cristo resucitado de entre los muertos.